Bucaramanga
Domingo 05 de julio de 2026 - 06:32 PM

Bucaramanga, ayer y hoy: el edificio que nos ‘embriaga’ de nostalgia

Hoy evocamos la historia de un edificio que se niega a desaparecer, mientras llena de nostalgia a quienes conocieron su época dorada. Hablamos de la sede administrativa de la Licorera de Santander.

Este edificio, situado en la calle 36 con carrera 18 de Bucaramanga, se resiste al olvido y ‘embriaga’ la memoria de toda una ciudad.  (Archivo / Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
Este edificio, situado en la calle 36 con carrera 18 de Bucaramanga, se resiste al olvido y ‘embriaga’ la memoria de toda una ciudad. (Archivo / Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

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Hay lugares de Bucaramanga donde el paso del tiempo se hace evidente; otros, en cambio, parecen haberse quedado suspendidos en una especie de ‘paréntesis histórico’. Esta vez, en la sección del recuerdo, comparamos dos registros fotográficos de la esquina suroccidental de la calle 36 con carrera 18, en pleno centro de la ciudad, un sector que durante décadas fue referente de la actividad comercial e institucional de Santander.

A simple vista, las diferencias entre ambas imágenes son sutiles. Han pasado varias décadas, pero la edificación continúa en pie, casi intacta, como si hubiera resistido con firmeza el paso del tiempo. La principal variación es que hoy luce parcialmente abandonada en su segundo y tercer piso, envuelta en ese tono sepia que suele acompañar a las construcciones que han dejado de cumplir la función para la que fueron concebidas.

Las intervenciones realizadas con los años son mínimas y apenas perceptibles: algunos ajustes en puertas y ventanas que pasan desapercibidos para quien transita por el sector. La esencia arquitectónica, sin embargo, permanece inalterada, como si la ciudad hubiese decidido conservar este rincón para resguardar, en silencio, una parte de su memoria.

El eco de la Licorera de Santander en la calle 36 con carrera 18. (Archivo/VANGUARDIA)
El eco de la Licorera de Santander en la calle 36 con carrera 18. (Archivo/VANGUARDIA)

En la imagen del ayer destaca un detalle que muchos bumangueses recuerdan con aprecio: el aviso del Almacén ALTEC. Ese fue un reconocido negocio de los hermanos Koch, inmigrantes alemanes que durante años fueron los representantes de equipos Siemens.

Allí se comercializaban motores eléctricos, plantas de energía, arrancadores, protectores eléctricos, cables y todo tipo de equipos industriales, convirtiéndose en un proveedor clave para empresas, industrias y talleres de la región.

Para técnicos e ingenieros, cruzar aquellas puertas era sinónimo de encontrar soluciones concretas para poner en marcha sus proyectos.

Sin embargo, el verdadero protagonista de la fotografía es el antiguo edificio de la Empresa Licorera de Santander, ELS, una institución fundamental en la historia económica del departamento.

Fundada en 1910, la ELS trasladó sus operaciones a la planta de Floridablanca años después. Tras varios años de dificultades financieras y administrativas, la empresa cerró sus puertas de manera definitiva en 1997, poniendo fin a una tradición que durante décadas estuvo ligada al desarrollo industrial de todo el departamento de Santander.

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El inmueble de este recuerdo no solo albergó la antigua licorera. Años después funcionó allí el Instituto de Crédito Territorial, ICT, entidad que durante los años 70 y 80 impulsó programas de vivienda para numerosas familias de escasos recursos. Sus oficinas fueron escenario del trabajo cotidiano de decenas de funcionarios que convirtieron este edificio en un espacio de servicio constante para la comunidad.

La fotografía actual muestra un inmueble que aún conserva en su fachada la estructura donde, en enormes letras mayúsculas, se leía con orgullo: “EDIFICIO LICORERA DE SANTANDER”. Ya no están las letras ni el movimiento constante de empleados, comerciantes y visitantes que antes daban vida al sector. Permanecen únicamente los vestigios de una época que parece resistirse a desaparecer.

Paradójicamente, el primer piso del edificio mantiene actividad comercial. Allí funciona hoy un reconocido punto de venta de ropa que recibe diariamente a decenas de clientes. Es quizá la única señal de vida en una construcción cuya parte superior transmite una sensación de abandono y silencio, en contraste con el bullicio que alguna vez caracterizó este importante sector del centro de Bucaramanga.

También el entorno cambió. En la esquina de la calle 36 con carrera 18, donde antes predominaba una circulación más sencilla de vehículos y peatones, hoy el paisaje urbano incorpora un semáforo y un moderno sistema de alumbrado público, reflejo de la transformación vial del centro de la ciudad. Son pequeños elementos que ayudan a marcar la distancia entre el ayer y el hoy.

Y, sin embargo, hay algo que permanece inalterable. Quien observe con detenimiento ambas imágenes descubrirá que la esquina conserva el mismo carácter, la misma presencia y la misma capacidad de despertar recuerdos. El tránsito es distinto, los comercios cambiaron y la ciudad creció a su alrededor, pero el viejo edificio continúa allí, como un guardián discreto de la memoria urbana.

Al observar ambas fotografías, resulta inevitable pensar que algunas esquinas guardan mucho más que ladrillos y concreto. Conservan la memoria de una ciudad que creció alrededor de sus negocios, sus instituciones y las historias cotidianas de quienes caminaron por sus andenes.

Así se ve hoy el edificio de la otrora Licorera de Santander. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
Así se ve hoy el edificio de la otrora Licorera de Santander. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

Hoy, esta esquina de la calle 36 con carrera 18 permanece en pie como un retrato del pasado: un edificio que aún desafía el tiempo, pero cuya apariencia sepia y desgastada contrasta con la vitalidad que alguna vez tuvo. Basta detenerse unos segundos frente a las dos imágenes para imaginar el ir y venir de empleados de la licorera, funcionarios del Instituto de Crédito Territorial, clientes del ALTEC y transeúntes que hicieron de este sector parte de su rutina. Entonces, la nostalgia asoma con fuerza al comprender que Bucaramanga no solo cambia, sino que también aprende a guardar su historia en las esquinas que parecen haberse detenido para siempre.

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