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Jueves 25 de junio de 2026 - 10:25 AM

La tierra repitió su historia: los terremotos de Venezuela reviven la pesadilla de 1967

59 años después, el mismo miedo: Venezuela vuelve a temblar sobre sus viejas heridas. Bucaramanga también recordó sus 30 segundos de pánico de ese entonces.

Hace 59 años, Venezuela padeció un fuerte terremoto. (Archivo / VANGUARDIA)
Hace 59 años, Venezuela padeció un fuerte terremoto. (Archivo / VANGUARDIA)

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Hay días en que la tierra parece tener memoria. Son épocas en las que las montañas, las costas y las ciudades descubren que bajo sus cimientos sigue latiendo una fuerza impredecible. Así ocurrió ayer, 24 de junio en Venezuela, cuando dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 rompieron la rutina de millones de personas y sembraron escenas de devastación que hicieron recordar una de las páginas más dolorosas de la historia sísmica de ese país.

El primer estremecimiento llegó como una advertencia. El segundo, más poderoso, terminó de convertir el miedo en tragedia. En cuestión de minutos, edificios enteros se vinieron abajo, las redes eléctricas colapsaron, las comunicaciones comenzaron a fallar y miles de personas abandonaron sus viviendas buscando refugio en calles, plazas y espacios abiertos.

Desde Caracas hasta el Litoral Central, las imágenes mostraban una geografía herida: fachadas abiertas como si hubiesen sido cortadas por un cuchillo, montañas de concreto reducidas a polvo y familias enteras observando en silencio las ruinas de una vida construida durante décadas.

Ecos del ayer

Registros noticiosos del terremoto de 1967. (Archivo / VANGUARDIA)
Registros noticiosos del terremoto de 1967. (Archivo / VANGUARDIA)

Pero mientras las sirenas sonaban y los equipos de rescate corrían contra el tiempo, muchos venezolanos sintieron que aquello ya lo habían vivido. Porque la tragedia tenía el rostro de un viejo ‘fantasma’.

Había que retroceder casi 59 años, hasta la mañana del 29 de julio de 1967, para encontrar un recuerdo semejante. A las 8:05 de aquella mañana, un terremoto de magnitud cercana a 6,7 estremeció violentamente Caracas y el Litoral Central. Fueron apenas 35 segundos, pero bastaron para cambiar para siempre la historia de la capital venezolana.

Los edificios de Altamira y Los Palos Grandes se sacudieron como juncos bajo una tormenta. En la Catedral de Caracas, los vitrales explotaron con un estruendo que confundió a los feligreses. La multitud corrió hacia la Plaza Bolívar mientras la histórica Cruz Pontifical se desprendía de la fachada y se precipitaba al vacío. Al golpear el suelo dejó marcada una silueta que durante días fue observada con asombro y devoción por cientos de personas que buscaban respuestas en medio del caos.

Registros periodísticos de la tragedia de 1967, en Venezuela. (Archivo/ VANGUARDIA)
Registros periodísticos de la tragedia de 1967, en Venezuela. (Archivo/ VANGUARDIA)

En ese entonces, Caracas quedó atrapada entre la oscuridad, el polvo y los gritos. Los reportes finales hablaron de 236 muertos y cerca de 2.000 heridos. Decenas de edificios quedaron inhabitables y las réplicas prolongaron el miedo durante días. El epicentro se ubicó frente a las costas del Litoral Central, precisamente la misma región que hoy vuelve a sufrir los embates de una naturaleza que parece empeñada en repetir la historia.

Por eso, cuando los terremotos de este miércoles, 24 de junio, sacudieron nuevamente Caracas y La Guaira, muchos sintieron que el tiempo había retrocedido. Las mismas calles, las mismas costas y, sobre todo, el mismo terror.

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Los sobrevivientes describieron escenas que parecían calcadas de los relatos de 1967: personas huyendo descalzas en medio de la noche, padres buscando desesperadamente a sus hijos, hospitales activando protocolos de emergencia, edificios crujiendo como si fueran a partirse en dos y miles de ciudadanos esperando noticias bajo la incertidumbre de las réplicas.

Los terremotos tienen esa extraña capacidad de borrar las fronteras del tiempo. En unos pocos segundos reúnen a varias generaciones en un mismo sentimiento de vulnerabilidad. Los ancianos que vivieron el desastre de 1967 reconocieron de inmediato el sonido de los vidrios rompiéndose, el movimiento ondulante del suelo y el silencio estremecedor que llega después del último sacudón. Para ellos, lo ocurrido este miércoles no fue únicamente una emergencia nacional: fue el regreso de una pesadilla que jamás desapareció por completo.

Registros del periódico El Nacional, en el terremoto de 1967. (Archivo/VANGUARDIA)
Registros del periódico El Nacional, en el terremoto de 1967. (Archivo/VANGUARDIA)

Y así como sucedió hace casi seis décadas, la onda sísmica volvió a atravesar fronteras.

Porque la historia de aquel terremoto de 1967 también tiene un capítulo escrito en Santander. A las 5:24 de la mañana de ese mismo 29 de julio, cuando la mayoría de los bumangueses aún dormía, la tierra comenzó a rugir bajo sus pies. Fueron cerca de 30 segundos de angustia que parecieron eternos. Las personas despertaron sobresaltadas por el movimiento de las camas, el crujido de las paredes y el estrépito de los objetos cayendo al suelo.

Así registró Vanguardia el temblor del 29 de julio de 1967, en Bucaramanga, el mismo día que un terremoto también destruyó a Caracas, Venezuela. (Archivo / VANGUARDIA)
Así registró Vanguardia el temblor del 29 de julio de 1967, en Bucaramanga, el mismo día que un terremoto también destruyó a Caracas, Venezuela. (Archivo / VANGUARDIA)

En ese entonces, Bucaramanga también amaneció herida. La Catedral de la Sagrada Familia presentó grietas visibles; el edificio Turbay, orgullo arquitectónico de la época, sufrió afectaciones estructurales; y el antiguo colegio El Pilar mostró fracturas que alarmaron a las autoridades. En numerosos barrios populares las viviendas quedaron cuarteadas y debilitadas. Se estima que cerca del 20 % de las casas de sectores vulnerables registraron daños.

Sin embargo, la peor tragedia se vivió en Betulia. Allí el terremoto fue devastador. Cerca del 80 % de las edificaciones resultaron destruidas o quedaron inhabitables. Las construcciones de bahareque y tapia pisada se desplomaron una tras otra. Familias enteras tuvieron que pasar las noches en plazas, parques y caminos rurales, temiendo que una nueva sacudida terminara de derribar lo poco que permanecía en pie.

Los testimonios de la época hablaban de calles cubiertas de escombros, de campesinos escarbando entre las ruinas para recuperar algunas pertenencias y de un silencio sepulcral que se apoderó del municipio después del desastre.

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El saldo fue doloroso: ocho personas murieron en Santander, 16 más resultaron heridas en Bucaramanga y las pérdidas económicas alcanzaron los cinco millones de pesos, una suma enorme para una región que apenas comenzaba a consolidar su desarrollo urbano. Fue, para muchos, el terremoto que marcó a toda una generación de santandereanos.

Por eso, mientras Venezuela intenta hoy levantarse de una nueva tragedia, el recuerdo de 1967 vuelve a cobrar vida. Porque los terremotos no solo derrumban edificios. También despiertan memorias. Y en Bucaramanga, como en Caracas y La Guaira, todavía hay quienes recuerdan exactamente dónde estaban cuando la tierra decidió sacudir su historia y dejar una cicatriz que, casi seis décadas después, sigue abierta.

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