Hoy recordamos cuando la tierra sacudió a Pereira, en 1995. En ese entonces, la capital del Risaralda vivió otro gran terremoto.

El fuerte sismo de esta mañana, que estremeció a Chocó y dejó grandes estragos en Pereira y en otras regiones del país, hizo regresar a la memoria colectiva aquella tarde del 8 de febrero de 1995, cuando la tierra también se sacudió y dejó una herida que 26 años después todavía permanece en el recuerdo de los pereiranos.
Empecemos por decir que hoy, a las 7:34 de la mañana de este lunes 10 de agosto, la tranquilidad de millones de colombianos se rompió de golpe. Primero fue el movimiento de las paredes, luego el balanceo de los objetos, el ruido de las estructuras y, finalmente, el instinto: salir a la calle.

En Pereira, el susto de hoy se sintió con particular intensidad. Habitantes de distintos sectores abandonaron viviendas y edificios en busca de espacios abiertos, mientras comenzaban a conocerse reportes de afectaciones en algunas edificaciones.

El movimiento de hoy, cuyo epicentro fue ubicado cerca de San José del Palmar, en Chocó, tuvo una magnitud preliminar de 7,4 y fue registrado a una profundidad que los primeros reportes oficiales situaron alrededor de los 80 kilómetros.

Por unos minutos, Pereira volvió a mirar hacia el suelo. Y con ese miedo que no necesita explicación, regresó también un recuerdo que permanece guardado en la memoria de la ciudad: el terremoto del 8 de febrero de 1995.
El recuerdo trágico de ayer

En 1995, eran la 1:40 de la tarde de aquel miércoles. Pereira estaba en plena jornada laboral. Las calles tenían su movimiento habitual y miles de personas estaban en sus casas, oficinas, comercios y lugares de trabajo. Nada hacía pensar que, en cuestión de segundos, la ciudad iba a vivir uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente.
Entonces la tierra comenzó a moverse. El sismo del 8 de febrero de 1995 tuvo una magnitud de 6,4 Mw. El Servicio Geológico Colombiano registra el epicentro en el Valle del Cauca, una profundidad de 71 kilómetros y una intensidad máxima de 8 en la escala EMS-98. Pereira fue, sin embargo, la ciudad donde se concentró la mayor cantidad de víctimas y heridos, especialmente por el colapso de construcciones ubicadas en el sector de la cuenca de la quebrada Egoyá.
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La escena que quedó en la memoria fue la de una ciudad que, de repente, dejó de ser la misma. Las personas salieron corriendo de sus casas y edificios. Las calles se llenaron de ciudadanos que buscaban un lugar seguro. El polvo, los escombros y los gritos se mezclaron con el desconcierto de quienes intentaban saber qué había ocurrido con sus familiares.
El terremoto no golpeó solamente a Pereira. También produjo afectaciones en diferentes municipios del Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y Chocó. Armenia registró daños en mampostería y el movimiento fue sentido en lugares tan distantes como Bogotá y Popayán.
Las cifras fueron dolorosas. Los balances históricos registran decenas de personas fallecidas y centenares de heridos; el Servicio Geológico Colombiano señala que la mayor parte de las víctimas se produjo en Pereira.
Después del ruido vino el silencio
Pero un terremoto no termina cuando deja de moverse la tierra. Después viene el silencio. El de quienes esperan noticias de sus familiares. El de las familias que buscan una casa que ya no pueden habitar. El de los rescatistas que remueven escombros con la esperanza de encontrar una vida. El de quienes pasan la primera noche lejos de sus viviendas porque ya no se sienten seguros bajo un techo.
En 1995, miles de personas resultaron afectadas y muchas perdieron sus viviendas. Los organismos de socorro tuvieron que desplegar equipos médicos y establecer puestos de atención. Algunos pacientes fueron trasladados por vía aérea debido a los daños en las zonas afectadas. También se habilitaron refugios temporales en escuelas y campamentos, mientras comenzaba una reconstrucción que no solo implicaba levantar paredes, sino recuperar la confianza de una población golpeada por el miedo.
En Pereira, además, quedó una lección que ha acompañado a varias generaciones: un terremoto puede durar segundos, pero sus consecuencias pueden permanecer durante años.
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Treinta y un años después
Esta mañana, cuando la tierra volvió a estremecer a Pereira, muchos de quienes vivieron aquel febrero de 1995 sintieron algo más que un movimiento sísmico.
Sintieron memoria. Para quienes entonces eran niños, adolescentes o adultos, el sonido de las estructuras crujiendo, el movimiento de las lámparas, el desplazamiento de los muebles y la carrera hacia la calle pudieron tener un eco conocido.
Treinta y un años después, el miedo tiene otra edad, pero conserva la misma forma. La ciudad ha cambiado. También sus edificaciones, sus normas de construcción, sus sistemas de atención de emergencias y la capacidad de las autoridades para responder ante este tipo de fenómenos. Pero hay algo que no cambia: la vulnerabilidad de una sociedad frente a una naturaleza que no avisa.
El sismo de esta mañana volvió a recordarlo. El movimiento tuvo su origen en Chocó, pero se sintió en amplias zonas del país. En Pereira, donde el terremoto de 1995 dejó una de las cicatrices más profundas, la tierra pareció abrir por unos instantes una puerta hacia el pasado. Los ciudadanos volvieron a las calles, miraron hacia sus edificios y buscaron con los ojos aquello que más importa después de un temblor: saber que los suyos están bien.
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Y cada vez que la tierra vuelve a moverse con fuerza, Pereira recuerda aquella tarde del 8 de febrero de 1995, cuando en apenas unos segundos comprendió que la tranquilidad también puede desaparecer bajo los pies.
Hoy, 31 años después, la ciudad volvió a mirar al cielo, a las calles y a sus edificios con la misma pregunta que quedó suspendida desde entonces: ¿Y ahora qué?
















