El Teatro Coliseo Peralta, monumento nacional y tesoro cultural de la capital santandereana, situado en la carrera 12 con calle 41, permanece atrapado entre promesas incumplidas, anuncios repetidos y una restauración que va ‘a paso de tortuga’. Bucaramanga le debe una segunda función a este histórico escenario cultural.

En la carrera 12 con calle 41 está uno de los tesoros más valiosos de la historia cultural de Bucaramanga. Quienes pasan frente a sus viejas paredes quizá no imaginan que allí, detrás de su puerta y debajo de un techo castigado por la desidia, se encuentra una parte fundamental de la memoria de la Ciudad Bonita: el Teatro Coliseo Peralta.

Su historia comenzó en 1888, cuando el emprendedor Anselmo Peralta adquirió una amplia construcción con la singular estructura de los antiguos corrales españoles del siglo XVII. Entre ese año y 1893 tomó forma esta joya arquitectónica, concebida como un espacio para el sano esparcimiento. Con capacidad para cerca de mil espectadores, el Peralta se convirtió rápidamente en punto de encuentro para una sociedad que comenzaba a descubrir nuevas formas de entretenimiento y expresión artística.

Sus muros fueron testigos de zarzuelas, obras de teatro, espectáculos musicales y acontecimientos que marcaron nuestro ayer. Allí, el 21 de agosto de 1897, gracias a un vitascopio, uno de los proyectores cinematográficos de ese entonces, se realizó una de las primeras exhibiciones de cine mudo en Colombia. Generaciones enteras se maravillaron con aquellas imágenes en movimiento que parecían magia y que, décadas después, darían paso a las inolvidables proyecciones de las películas de Charles Chaplin.

Años más tarde, la propiedad pasó a manos de la familia Garnica, que consolidó el escenario como uno de los centros más importantes de la vida artística, cultural y deportiva de Bucaramanga. Pero, como ha ocurrido con buena parte del patrimonio histórico local, el esplendor fue cediendo terreno al olvido. Tras la muerte de los hermanos Garnica, el teatro perdió protagonismo y comenzó una lenta decadencia.

Aunque fue declarado Monumento Nacional, mediante el Decreto 292 de 1975, y diferentes organizaciones, entre ellas el Club Kiwanis, contribuyeron a mantenerlo activo, el paso de los años siguió dejando huellas difíciles de ocultar.
Aun así, el Teatro Coliseo Peralta resistió. Desde 2016 funcionó allí el Centro de Documentación, un espacio especializado en artes escénicas que permitió mantener viva parte de su vocación cultural. Sin embargo, la falta de inversiones significativas y de una restauración integral siguió aplazando el rescate definitivo del inmueble.
Las lluvias y el abandono hicieron el resto. Techos deteriorados, estructuras debilitadas y muros afectados por el paso del tiempo fueron convirtiendo la preocupación en una emergencia.

Hace algunos años colapsó uno de sus costados, equivalente a cerca del 20 % del edificio. La imagen resultó dolorosa para quienes entienden que no se derrumbaba solamente una construcción, sino también una parte de la historia local.
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Desde entonces se han anunciado recursos, convenios, estudios técnicos y promesas de recuperación. Se habló de inversiones millonarias, de la adquisición oficial por parte del Municipio y de devolverle su condición de templo de las artes. Sobre el papel, todo parece ‘encaminado’. En la realidad, todo ‘avanza’ con una lentitud desesperante.

El veedor ciudadano Gerson Moreno ha sido una de las voces más insistentes en denunciar esta situación. Para él, el estado actual del Peralta “se ha convertido en un ejemplo de la falta de diligencia y del escaso interés que históricamente han mostrado las autoridades frente al patrimonio cultural”.

El valor histórico de este escenario no admite discusión. Su patio central cuadrado, rodeado por galerías de madera distribuidas en dos niveles a manera de palcos, constituye un legado arquitectónico excepcional. Son pocos los espacios de estas características que sobreviven en el país.
Por eso duele verlo esperar, atrapado entre promesas incumplidas. Los amantes de la cultura piden que las autoridades comprendan que rescatar el Coliseo Peralta no es simplemente restaurar una casona; es recuperar una parte esencial de nuestra identidad. Es ofrecer un espacio donde las nuevas generaciones puedan conocer de dónde venimos y entender que una ciudad sin memoria pierde su alma.

Cómo nos gustaría volver a ver sus puertas abiertas, sus galerías llenas de público y su escenario iluminado. Cómo nos gustaría que el teatro regresara a sus raíces, impulsando nuevamente el arte y la cultura de la ciudad.
Ojo: los pueblos que abandonan sus tesoros culturales pierden mucho más que edificios. Pierden sus recuerdos, su identidad y parte de su historia. Y Bucaramanga no puede darse el lujo de dejar morir uno de los capítulos más importantes de su memoria colectiva.













