Hay lugares que, aunque cambien de ‘rostro’, no abandonan el alma de la ciudad. Es el caso del Pasaje Cadena.

Hay lugares que se extravían en los mapas del corazón de una ciudad, pero que viven intactos en la memoria de quienes los caminaron. En Bucaramanga, uno de esos sitios es el Pasaje Cadena.
Hoy, en medio del bullicio del Centro de Bucaramanga, entre las carreras 15 y 16 y las calles 34 y 35, pocos imaginan que bajo las capas de concreto, avisos luminosos y locales improvisados, sobrevive la historia del que muchos consideran el primer centro comercial de la ciudad.
Quien atraviese hoy ese corredor tendrá que abrirse paso entre vitrinas, mercancías y compradores apresurados. Pero hubo una época en la que caminar por allí era una delicia, un paseo, un ritual cotidiano o una invitación a recorrer la ciudad a otro ritmo.

La historia comenzó mucho antes de la inauguración oficial de 1929. A principios del siglo XX, cuando Bucaramanga todavía conservaba el aire de una villa que crecía entre calles polvorientas y casonas, un hombre tuvo una idea que parecía adelantada a su tiempo. Domingo Silva Otero empezó a adquirir, uno a uno, los predios de aquella manzana ubicada en el sector de San Mateo, sobre la antigua Calle Real.

Por entonces, el comercio funcionaba de otra manera. Las compras se hacían dentro de grandes casas familiares, convertidas en almacenes. Los clientes cruzaban zaguanes, patios y corredores para encontrar telas, víveres o mercancías traídas de otras regiones. La ciudad no conocía todavía el concepto de centro comercial. Por eso, imaginar una cuadra atravesada por un pasaje peatonal, rodeado de locales, resultaba ‘novedoso’.

Con el crecimiento urbano y el desplazamiento de buena parte de la población hacia nuevos sectores residenciales durante las décadas siguientes, la idea tomó forma. Así nació el Pasaje Cadena, inspirado en aquellos bazares orientales que concentraban comercio y vida social en un mismo lugar. Los testimonios de la época hablan de amplios corredores, iluminación natural y una arquitectura elegante que contrastaba con el entorno.

No era únicamente un sitio para comprar. Era un lugar para encontrarse. Los bumangueses de entonces cruzaban el pasaje aunque no tuvieran nada que adquirir. Era un atajo amable entre locales, un refugio del sol, un lugar donde las conversaciones, los saludos y las novedades del día circulaban junto con las mercancías.

Muchos recuerdan el sonido de los pasos sobre el piso, el eco de las voces, el olor a telas nuevas y la sensación de estar entrando a un espacio moderno, casi cosmopolita, en una ciudad que apenas comenzaba a descubrir la modernidad.
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El impulso definitivo llegó de la mano de Nepomuceno Cadena, cuyo apellido terminó dando nombre al lugar. Más tarde, Julio Vicente Cadena Roa mantuvo la administración hasta 1968, durante años en los que el pasaje se consolidó como uno de los principales referentes comerciales de Bucaramanga.

Durante décadas fue mucho más que una galería de negocios. Fue un símbolo de progreso, un punto de encuentro, una referencia urbana que aparecía en las direcciones, en las conversaciones familiares y en los recorridos obligados de quienes visitaban el centro.
Pero las ciudades cambian. Y a veces cambian tan rápido que terminan olvidando parte de sí mismas. Con el paso de los años, el Pasaje Cadena fue transformándose para responder a las exigencias del comercio contemporáneo. Nuevos locales ocuparon espacios abiertos. Aparecieron construcciones que alteraron la estructura original. Se levantaron pisos adicionales hacia el costado oriental. Surgieron sótanos. Los corredores se estrecharon. La arquitectura que alguna vez fue motivo de admiración comenzó a desaparecer detrás de remodelaciones sucesivas.

Lo que antes era un paseo peatonal amplio y elegante se convirtió en un corredor saturado donde avanzar exige paciencia.
Sin embargo, algo permanece. Hablo de los recuerdos de quienes lo conocieron en sus mejores años, en las historias de los comerciantes antiguos, en las fotografías amarillentas que aún sobreviven en algunos álbumes familiares y en esa costumbre tan bumanguesa de referirse al lugar por su nombre original, aunque las nuevas generaciones apenas sepan de dónde viene.
Después vendrían otros pasajes emblemáticos, como el Rosedal o el Aurelio Martínez Mutis, que también marcaron épocas. Pero el Cadena había llegado primero. Fue pionero cuando la palabra “centro comercial” ni siquiera formaba parte del vocabulario cotidiano de los santandereanos.

Hoy, mientras miles de personas atraviesan diariamente ese sector sin detenerse a mirar, la vieja estructura sigue allí, resistiendo bajo las transformaciones del tiempo. Tal vez ya no conserve la majestuosidad de sus primeros años. Quizá sus corredores hayan perdido amplitud y sus fachadas originales apenas sean un recuerdo.
Pero las ciudades no solo se construyen con ladrillos. También se construyen con historias del ayer. Y en la memoria de Bucaramanga, el Pasaje Cadena sigue siendo aquella calle que alguna vez sorprendió a una ciudad en crecimiento y aquel rincón donde generaciones enteras aprendieron que comprar también podía ser una forma de encontrarse.
















