Basura, vandalismo, estructuras desmanteladas y refugios improvisados. Así están las cinco estaciones de Metrolínea que la Alcaldía de Bucaramanga prometió recuperar con una inversión cercana a los $ 13.000 millones. Casi seis meses después del anuncio, la transformación no aparece y el abandono sigue ganando terreno.
Lo que debía convertirse en una recuperación histórica de la infraestructura de Metrolínea hoy se parece más a otra promesa que se quedó en el camino. Vanguardia recorrió las estaciones de Quebradaseca, Chorreras, San Mateo, La Isla y Provenza, las cinco que la Administración municipal anunció que serían intervenidas con una inversión cercana a los $ 13.000 millones, y encontró un panorama desolador: basura, grafitis, vidrios destruidos, estructuras metálicas arrancadas, suciedad, desorden, en fin...

En algunas, lo que alguna vez fueron estaciones destinadas a movilizar pasajeros hoy son poco más que estructuras vacías. Espacios convertidos en refugios improvisados, dormitorios y hasta sanitarios para personas en situación de calle.
A comienzos de febrero pasado, durante la presentación del esquema transitorio del sistema, el gerente de Metrolínea, Emiro Castro Meza, aseguró que las cinco estaciones serían intervenidas de manera simultánea y que a más tardar en septiembre de este año estarían recuperadas.
La promesa era ambiciosa: estaciones bonitas, limpias, seguras y dotadas de cámaras. Pero septiembre está a la vuelta de la esquina y, en el recorrido realizado por Vanguardia, lo que aparece ante los ojos de los usuarios es exactamente lo contrario. (Lea además: Entre grafitis, basura y vandalismo: así agonizan las estaciones de Metrolínea)
“Uno pasa por ahí y siente que nadie responde por esas estaciones. Eso está abandonado completamente”, es una de las quejas que se repite entre quienes diariamente deben transitar por estos sectores.
Antecedentes
¡Hay que decirlo! El deterioro tampoco ocurrió de un día para otro. Durante años, delincuentes y personas dedicadas al reciclaje o al aprovechamiento ilegal de materiales han ido desmantelando las estaciones pieza por pieza. Barandas, estructuras metálicas, vidrios y otros elementos que fueron instalados con recursos públicos terminaron arrancados, destruidos o, presuntamente, en el mercado de materiales reciclables.
El saqueo ha sido tan evidente que Vanguardia documentó en enero pasado un caso en el que una persona fue registrada retirando elementos metálicos de una estación y llevándolos posteriormente hacia una chatarrería del centro. Y el vandalismo no se detuvo. En mayo, la estación de Provenza volvió a ser escenario de destrucción, con vidrios rotos y mobiliario vandalizado.
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El resultado es una paradoja difícil de explicar: mientras la Administración anuncia millones para reconstruir las estaciones, las mismas estructuras continúan siendo saqueadas y deterioradas.

Durante los últimos años se han planteado distintas estrategias para recuperar las estaciones deterioradas. En octubre de 2025 se había hablado de intervenirlas, reutilizar materiales y buscar alternativas para recuperar parte de la infraestructura. En marzo pasado llegó el anuncio de los $13.000 millones para cinco estaciones. Y mientras se esperan las obras, las estaciones continúan deteriorándose.
Una inversión que debería traducirse en infraestructura renovada, seguridad y mejores condiciones para los usuarios, hoy tiene como punto de partida unas estaciones que continúan mostrando las huellas del abandono. La Administración prometió cámaras, limpieza, seguridad y estaciones renovadas. Lo que encuentran hoy los ciudadanos son residuos, deterioro, estructuras destruidas y desolación.

El Municipio debería explicar quién tenía a su cargo su vigilancia y mantenimiento, qué controles se implementaron para evitar el saqueo y por qué, casi seis meses después del anuncio de la millonaria intervención, el deterioro sigue siendo tan evidente.
Si no se corrige el problema de fondo —vigilancia, mantenimiento, seguridad y control—, los $13.000 millones podrían terminar financiando una reconstrucción que, con el tiempo, vuelva a convertirse en ruinas.
La historia de estas estaciones no puede ser la de una nueva obra para reparar una vieja promesa. Debería ser la historia de cómo una infraestructura pública terminó abandonada, saqueada y convertida en refugio, mientras durante años las autoridades miraban hacia otro lado.
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Las estaciones que debían representar movilidad, modernidad y progreso hoy representan otra cosa: abandono. Y las ruinas están a la vista de todos. ¡Metrolínea y el Municipio tienen la palabra!

















