Esta sección es de la comunidad. Aquí usted puede contar y denunciar esas situaciones que afectan a su barrio. Queremos escuchar sus voces y ayudar a visibilizar lo que ocurre en sus sectores. Si tiene algo que contar, escríbanos al siguiente correo electrónico: eardila@vanguardia.com

A simple vista, la calle 55, entre carreras 14 y 16, podría parecer un tramo cualquiera de un sector que lleva tiempo esperando obras y nuevas vías. Pero basta caminar unos metros para que la escena cambie: viviendas vacías, bolsas de basura arrumadas en las esquinas y fachadas que parecen haber quedado congeladas en otra época.
Allí, donde la calle conecta con la antigua vía perimetral que conduce hacia la antigua salida al Mutis, el abandono terminó volviéndose parte del paisaje.

Mientras avanzan las negociaciones de los predios que se necesitan para las futuras obras viales, los vecinos dicen sentir que quedaron metidos en una especie de “limbo urbano”: ni se van, ni las obras llegan, ni los inmuebles vacíos reciben la atención que necesitan.
“Nosotros no nos queremos ir”, dice Don José, un residente del sector que mira con preocupación cómo, poco a poco, algunas de las casas vecinas fueron quedándose sin habitantes. La suya sigue ahí. Está habitada, cuidada y abierta, como un pequeño bastión de normalidad en medio de una calle que, cuando cae la noche, parece otra.
Don José y otras familias de buen nombre que llevan años haciendo vida en la zona tienen que convivir todos los días con escenas que nunca escogieron: personas en situación de calle que buscan dónde resguardarse, consumidores de sustancias que encuentran en las construcciones abandonadas un lugar para permanecer y rincones que terminan convertidos en botaderos improvisados de basura.
Una cuadra más abajo aparece uno de los primeros lunares. Es una casa desocupada y a la intemperie. Unos metros después aparece otro inmueble cerrado, con las paredes agrietadas y las señales de un deterioro que ya no se puede disimular.

Son al menos ocho viviendas o predios que permanecen prácticamente a su suerte. Algunos están cubiertos de maleza; otros acumulan desperdicios y varios muestran señales claras de abandono. Lo que alguna vez fueron hogares, patios y espacios de familia hoy son refugios de consumidores de drogas alucinógenas.
Publicidad
La caminata continúa y aparecen basuras a los lados de la vía, lotes cerrados y terrenos de engorde.

La calle termina cargando varios problemas al mismo tiempo: abandono físico, sensación de inseguridad, consumo de sustancias alucinógenas, suciedad y espacios que van perdiendo, poco a poco, su condición de barrio residencial. El deterioro no llegó de un día para otro. Se fue metiendo despacio, lote por lote, puerta por puerta, hasta convertirse en parte de la rutina.

Y mientras los adultos miran con desconfianza hacia los callejones y las fachadas vacías, por allí también caminan estudiantes. El tramo es paso obligado para quienes se movilizan hacia la Ciudadela, donde funcionan varias instituciones educativas. A ciertas horas, niños y jóvenes atraviesan una zona en la que los vecinos dicen sentirse cada vez más expuestos.

Hay vecinos que no piensan abandonar el barrio, precisamente porque allí está buena parte de su historia. Pero mientras unos predios esperan ser adquiridos para las obras proyectadas, las familias que permanecen en la zona tienen que cargar, entretanto, con las consecuencias de los inmuebles vacíos y del abandono.
Por eso la denuncia de la comunidad apunta a una pregunta clara: ¿qué pasa con estas cuadras mientras se cierran las negociaciones y llegan las obras? Los residentes no están diciendo que no se necesite mejorar la infraestructura vial. Lo que reclaman es que la espera no termine convirtiéndose en una condena para quienes decidieron quedarse.

Piden que alguien se ocupe de los inmuebles desocupados, que haya control en los puntos donde se presentan consumos de sustancias, que se hagan jornadas de limpieza, que aumente la vigilancia y que se adopten medidas mientras llega la transformación prometida.
Publicidad

Al terminar el recorrido, la calle 55 deja una imagen difícil de pasar por alto. Entre las carreras 14 y 16 todavía hay una comunidad que vive, estudia, trabaja y camina todos los días en medio de un escenario urbano que parece haberse quedado esperando. Cada lote vacío cuenta una parte de la historia; cada casa cerrada suma una preocupación; cada bolsa de basura y cada rincón convertido en refugio recuerdan que el abandono no afecta solamente a los predios: también alcanza a quienes siguen viviendo allí.
Don José lo resume desde la puerta de su casa: él no está pensando en irse. Quiere seguir viviendo donde ha construido su historia. Pero también quiere algo mucho más sencillo: que su calle vuelva a ser un lugar por donde las familias puedan caminar cuando cae la noche sin sentir que, mientras esperan las obras, el abandono les terminó ganando la partida.
















