Camilo Umaña encontró en la siquiatría una manera de comprender el alma humana y en la pintura otra forma de expresar su sensibilidad. A sus 40 años de ejercicio profesional, este médico bumangués sigue convencido de que escuchar a las personas también es un arte.

Publicado por: Alberto Donadío
Camilo Umaña, que este año cumplió 40 años ejerciendo la siquiatría, dice que su infancia fue una vida mágica en que por las noches veía los gansos migratorios que pasaban por encima de Bucaramanga.
Fue una infancia mágica porque en su casa había libertad de oir discos de música clásica, jazz, mambo y música colombiana y leer todos los libros y la Enciclopedia Salvat, y una historia del arte con fotos en blanco y negro y la revista Life, y escuchar radio de onda corta.
Su infancia fue mágica -recuerda- porque los fines de semana la familia subía a La Payacuá, la finca que su papá tenía en la Mesa de los Santos, y él veía sin telescopio La Vía Láctea y se preguntaba cómo vivirían allá.
También fue mágica su infancia porque en La Aurora, donde vivía en una casa del Inscredial, la tienda del barrio era de don Domingo Pinto, que tocaba el contrabajo en una orquesta de Bucaramanga y a veces lo dejaba a él encargado de la tienda mientra ensayaba el instrumento.
Y fue mágica su infancia porque otro vecino, el técnico alemán y piloto de guerra Ingo Nanen, tenía un tren con paisajes. “En esa casa conocí Legos traídos de Alemania”, rememora.
“Antes de los 8 años mi vida fue mágica, hasta que se murió mi papá”, anota el médico siquiatra y pintor Camilo Umaña Valdivieso. “Una noche una hermana me despertó: Camilo párese y venga y bese a su papá que se murió”. Fue el 10 de noviembre de 1966, hace 60 años.

“Le besé la frente. En el Cementerio Central cuando vi el cajón y el ladrillo caí en cuenta que se murió. Entré en una depresión infantil durante 6 meses. No me acuerdo nada de esos 6 meses. Mi depresión fue amnesia”, afirma.
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“Me lo pasaba en el cuarto mío detrás de la puerta diciendo soy un huérfano. Un día mi hermano Carlos Alberto me dijo: Camilo, deje de molestar que aquí todos somos huérfanos”, señala.
Gustavo Umaña Carrizosa murió a los 47 años. Se cree que falleció de infarto. “Mi papá pintaba, tomaba fotos, diseñaba muebles, le decían Geniol por ingenioso”.
En 2021 a Camilo Umaña le descubrieron un aneurisma. “Como los aneurismas son hereditarios, es probable que mi papá se murió de un aneurisma”, dice.
El papá de Camilo Umaña era administrador del almacén Simda, que vendía muebles y electrodomésticos en la calle 36 con carrera 16. También vendían vasos irrompibles. “Mi papá lanzaba los vasos desde el mezzanine para demostrar que eran irrompibles”, indica su hijo. “Mi papá pertenecía a la alta sociedad sin dinero”.
Cecilia Valdivieso quedó viuda con varios hijos de 8 a 19 años: Gilberto, María Teresa, María del Pilar, Gonzalo, Carlos Alberto, José Gabriel y Gustavo. Camilo era el menor. Ella era modista, siguió cosiendo toda su vida para sostener la familia y también daba clases de modistería. “Me crié mirando a mi mamá trabajar”, anota Camilo. “Se acabaron las idas a La Mesa, se vendió la finca, se vendió el carro. Mi mamá dividió la casa en dos e hizo un apartamento que se arrendó”.

Mucho tiempo después, cuando ya había sacado adelante a sus hijos, Cecilia Valdivieso dio clases gratis de modistería. Fue una promesa que hizo si una hija superaba un embarazo muy difícil. Con la ayuda del Woman´s Club de Bucaramanga dictó clases en el barrio Mutis. Las alumnas eran siempre mujeres, pero en una ocasión se inscribieron “dos señores señoras”, como se los describió ella a su hijo Camilo. Eran dos gais. Cecilia Valdivieso falleció en 2020 a los 101 años.
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De niño a Camilo le decían hambre, porque pedía comida en las casas de los amigos. “Mi mamá me cargaba una lonchera con bocadillo, pan y banano”, recuerda.
Al morir el padre, Camilo pasaba vacaciones donde parientes o amigos, como en la finca La Repisa de Edmond Saaibi, entonces el cardiólogo estrella de Bucaramanga. “Me adoptaron en vacaciones. Tuve papás prestados”.
Umaña estudió en el Colegio de la Salle y luego en el Instituto Caldas. A los 12 años empezó a pintar. Como no tenía plata fue donde Alfonso Penagos, de Penagos Hermanos, el suegro de su hermana, y le pidió trabajo en vacaciones. Trabajó en el kárdex y aprendió a hacer inventarios. Luego ayudó en la sistematización de la empresa, con computadores Wang. Tenía plata para pintar y comprar libros. En la librería Iris compró a los 14 años el libro La psicopatología de la vida cotidiana de Sigmund Freud. “No entendí un cebollo. Lo leí tres veces y dije: voy a ser siquiatra”, recuerda. “Para ser siquiatra había que estudiar medicina. Por eso estudié medicina”.
A los 16 años empezó a estudiar medicina en la UIS, pero ya había empezado a pintar. Copiaba cuadros de Degas y de Van Gogh. “Eran mis profesores de arte”, afirma. En el bachillerato su profesor de técnicas de pintura fue el maestro Jorge Mantilla Caballero. En 1979, a los 22 años, ganó La espátula dorada con un cuadro que tenía un título muy largo: Pero encuentro que no todos somos herederos del silencio y seguimos preguntando quiénes somos. “Mi mamá no quería que yo llevara el cuadro, temía que yo dejara la medicina”, dice Camilo Umaña. “Estaba en la duda de ser artista o siquiatra. Tuve una epifanía, seguir siquiatría y la siquiatría me iba a alimentar la pintura. Tengo 100 cuadros guardados”.
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Graduado como médico en 1982 se marchó a Bogotá a estudiar siquiatría. Regresó a Bucaramanga en 1986 a ejercer la profesión. El comienzo fue difícil. Los pacientes entraban al consultorio y decían: “Usted es un sardino, usted no sabe nada, usted está muy joven”. Camilo Umaña se dejó la barba para ganar credibilidad con los pacientes. También empezó a trabajar como siquiatra del Hospital González Valencia. Allá estuvo 16 años.
Luego publicó escritos sobre salud mental en Vanguardia. Una vez llegó un niño de 9 años de Pamplona con trastorno obsesivo compulsivo al consultorio. Le había pedido al papá que lo llevara donde el doctor Camilo Umaña. Le explicó que había leído un artículo suyo en Vanguardia.
Camilo usaba en el consultorio corbatas de Lucille Ball, Clark Gable, Bugs Bunny, Scooby Doo y otros. Una vez viajó a un congreso en Washington y entró al país por Texas. El funcionario de inmigración vio donde era la sede del congreso y le dijo que a dos cuadras había un almacén especializado en corbatas como las que él usaba.
Hoy este veterano siquiatra ve unos 25 pacientes al día. No sabe cuántos ha tratado en 40 años, pero se puede calcular que han sido 240.000 consultas. “Antes no paraba para almorzar”, observa. También lleva 38 años viajando a Barrancabermeja como médico de Ecopetrol. Y fue uno de los fundadores de la clínica siquiátrica Isnor, Instituto del Sistema Nervioso del Oriente.
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Afirma: “Cuando uno sale de médico sale entrenado para estudiar medicina. Cada paciente es un reto. Uno tiene que ser muy humilde. Como siquiatra cada paciente es un reto emocional y humanístico para entender qué necesita el paciente. Yo vivo feliz con mi profesión. Los pacientes me dicen: usted es el que me ha sacado adelante, usted sí me escucha, usted sí me para bolas, usted no sabe la cantidad de personas que usted ayuda con su trabajo”.
Umaña es siquiatra de segunda o tercera intención. Es decir, al paciente ya lo vio otro siquiatra antes.
Concluye: “No me equivoqué haciendo arte. El haber nacido sensible, curioso y haber desarrollado humildad me permite ser mejor artista”. El Congreso Mundial de Siquiatría, que se realizará en Cartagena en noviembre de 2027, le pidió a Camilo realizar el afiche del evento.
En sus breves 37 años de vida Vincent van Gogh escribió: “Cuanto más lo pienso, más siento que no hay nada más verdaderamente artístico que amar a las personas”. Es una frase que le viene al siquiatra y pintor Camilo Umaña como anillo al dedo.
















