Aunque el pasado y el presente de El Carrasco siempre han estado algo ‘sucios’, hay que decir que entre sus memorias se recuerda una simpática historia que convirtió a esa ‘montaña de basura’ en un ‘mar de plata’.

Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
Basta con trasladarnos al 6 de enero de 1999. En ese año y en plena celebración de los Reyes Magos, aparecieron unos ‘regalos’ distintos al incienso, a la mirra y al oro. En ese entonces, entre el muladar se encontraron fajos de pesos y de cheques.
¡En efecto!
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En medio de lo picaresco y lo mítico de este episodio de la vida real, unas humildes personas estuvieron a punto de convertirse en millonarias durante aquel remate de la década de los años 90, allá en El Carrasco.
Todo ocurrió así: Un volquete, de color rojo, descargó la basura del mercado metropolitano. Y los basuriegos que se ubicaban en el lugar descubrieron el botín.
El reciclador Carlos Sánchez, al desatar unas bolsa que venía arrumada entre los residuos, encontró un grueso número de billetes de 20.000 pesos.
Él y su compañero de labores Eduardo ‘Chucha’, así le decían, se apartaron del grupo que esculcaba los desperdicios para revisar tal hallazgo.
Los gritos de júbilo de los dos hombres llamaron la atención de la gente que estaba en El Carrasco, que al acercarse hacia ellos los encontró contando el dinero.
Según Eutimio Castañeda, uno de los basuriegos icónicos de la época, en el paquete se hallaron treinta millones de pesos y dos cheques que, de manera inexplicable, fueron lanzados a este relleno.
La ‘basura millonaria’ se esfumó en un santiamén. La razón: El dueño de la plata no demoró en aparecer. Hacia las 10:30 a.m. de ese mismo 6 de enero, un hombre bajito, gordo y calvo llegó hasta el lugar buscando el paquete.
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La historia sale a la palestra en estos días, cuando El Carrasco se encuentra en el ‘ojo del huracán’, tras el colapso de una de sus celdas. Además el ayer de ese lugar nos traslada a mediados de los años setenta, 1977 para ser más exactos, cuando el Municipio ideó un lugar para el depósito de los residuos sólidos.
En ese entonces, un ingeniero procedente de Canadá, George Rivoche, fue el encargado de escoger el sitio en donde se construiría el basurero: un terreno marcado por los límites entre Girón y Bucaramanga, muy cerca a Cenfer.
Se llamó El Carrasco y, a decir verdad, se inauguró con pie izquierdo pues el vertedero comenzó a funcionar sin licencias ambientales y, peor aún, sin un adecuado plan para manejar de forma adecuada los lixiviados.
Desde entonces, El Carrasco ha sido el ‘patito feo’ de la meseta. Y a pesar de que cumple una gran misión en la ciudad, su funcionamiento no ha sido el más adecuado. Incluso se ha convertido en una especie de ‘bomba de tiempo’.
Hace apenas algunos días la celda número 4 de este vertedero colapsó y nos recordó que El Carrasco sigue oliendo muy mal.
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