viernes 17 de febrero de 2017 - 11:42 AM

Estos son los muertos olvidados de Bucaramanga

Al costado oriental del Cementerio Central, existe una necrópolis que data del siglo XIX. Sus difuntos pertenecieron a las familias más prestigiosas y adineradas de Bucaramanga. Pero sus tumbas están hoy olvidadas y un proyecto vial amenaza la supervivencia de varios de sus panteones.
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Las ruinas de las que fueron tumbas imponentes, la piedra y el granito de cemento teñidos por el moho de sus sepulcros y panteones son lo único que les queda a los muertos que ocupan el patio de una casa ubicada frente al Parque Romero, a pocos pasos del Cementerio Central en Bucaramanga. Durante 1880, los allí sepultados compraron con acciones un lote para la perpetuidad. Un seguro para una muerte sin despojos.

Envuelta en un lúgubre romanticismo europeo del siglo XIX, la pequeña necrópolis tiene una reja forjada que resguarda las cenizas de una estirpe noble y adinerada que empezó a morir desde el 13 de octubre de 1888, año en el que falleció su primer residente: el doctor Antonio María Rincón. Hombres que fueron protagonistas de la sociedad bumanguesa del Estado Soberano de Santander.

El Cementerio Particular es la única construcción no remodelada que data del siglo antepasado que sobrevive en medio del bullicio de la modernidad de la ciudad. Ese que es producido por el tráfico, las ofertas por megáfono de frutas y los murmullos de un joven de la calle que camina de prisa y discute con alguien que solo él puede ver. La propiedad del predio está hoy en litigio, por lo cual quienes afirman ser sus dueños prefieren no hablar sobre la historia de este predio.

Un hombre de avanzada edad que vende chicles y cigarrillos tiene prácticamente “escriturado” un pedazo sobre esa calle, frente a la reja del Particular. El abuelo no menciona palabra. Él es un testigo mudo de lo que ha sucedido en ese sector, al menos eso dicen. Desde la acera de esa cuadra, entre los barrotes de la reja del cementerio se puede ver algunas tumbas saqueadas. Otras están en buen estado y llevan flores, aunque marchitas. Unas son testigos del inexorable paso de los años, que como espejo le muestran al curioso observador lo que pasa cuando la muerte transita de la añoranza al olvido.

Los caminos del cementerio están tapizados de hojarasca. Y gran parte del fosal está cubierto de árboles y palmeras traídas especialmente para ese lugar, las cuales tienen también una historia propia, pues se compraron creyendo que eran las llamadas ‘Mil pesos’. Sin embargo, botánicos de la Universidad Industrial aseguran que las ahí plantadas no son ‘Mil pesos’, sino otro tipo de una especie que está por extinguirse; son únicas en Bucaramanga.

Muchos de los dueños de estas tumbas son almas a las que terrenalmente se les arrebató el nombre de sus lápidas, así como sus floreros de mármol y todo lo que en su adorno tuviera valor. Quizás sus descendientes también estén muertas o de pronto desconocen que tienen a un familiar en ese cementerio abandonado.

En medio de sobras de comida, recipientes de icopor, bolsas, periódicos y matorrales sobrevive este cementerio. Así, tristemente, un referente histórico, prueba del desarrollo urbano de Bucaramanga, se pierde en medio del caos. Sus habitantes conformaron la gesta migratoria que se dio desde el exterior hacia Santander en el siglo XIX. Alemanes, daneses, franceses e italianos que hicieron familia y constituyeron clanes familiares y redes de sociedades comerciales cerradas. “Pero, en últimas, lo muertos son muertos, ni huelen ni ven”, dice un transeúnte al que se le pregunta acerca del estado del lugar.

A pesar de lo anterior, bien o mal, durante 200 años, los residentes del Cementerio Particular han tenido un sepulcro hasta ahora inamovible. Diferente a la suerte que tuvieron sus vecinos, los muertos del Cementerio Universal, muchos de ellos enviados a fosas comunes del Cementerio Municipal, desterrados por el progreso.

El negocio

El Cementerio Particular fue la última morada de quienes no se adaptaban al molde de la sociedad católica recalcitrante de la época. Así lo previeron caballeros como el expedicionario sueco Waldemar Hanssen, quien llegó a Santander a sus 21 años con un título de actuario, acompañado del Secretario, también sueco, Christian Peter Clausen. Los dos hicieron negocios relacionados con la manufactura de sombreros y luego, unidos con Emile Koop, hermano del fundador de Bavaria, crearon la Cervecería Clausen, también llamada, que funcionaba en la Hacienda La Esperanza.  

Entre los primeros accionistas estuvieron también los empresarios de la banca y minería como Tobías Valenzuela y Gustavo Volkman; además del afamado comerciante de quina, Manuel Cortissoz, y otros comerciantes y empresarios de la época tales como Lorenzo Larsen, Eusebio Cadena y Víctor Paillié, fundador de la compañía Mina Hidráulica de Suratá y Río de Oro, entre otros. Muchos de ellos aún están ahí.

Christian Peter Clausen fue el encargado de promover la compra de ese terreno, de 58 por 83 metros, en el barrio entonces conocido como El Hospital, por las Chorreras de Don Juan. El predio fue comprado a Trinidad Parra de Orozco, esposa del cartagenero Nicolás Genaro Orozco, hija y heredera del comerciante de quina Juan Crisóstomo Parra. Ella es la misma señora que donó el lote del Cementerio Católico y su reja. El valor fue de $700. Fabio Villegas forjó la verja, la cual no ha sido cambiada y se preserva hasta el día de hoy.

¿Una muerte sin despojos?

Los cuentos de la ciudad afirman que cuando Emilio Garnica estaba midiéndose su sarcófago en forma de tabaco, sacó su revólver y se mató de un tiro en la cabeza. Otros mitos dicen que se mató la noche del día en el que se probó el tabaco. Que su hijo Luis Emilio, quien también se suicidó, lo hizo con la misma bala recalzada. Historias que no son ciertas, según uno de sus familiares, Jairo Garnica. “Lo cierto es que su hijo sí se suicidó con la misma arma con la que se quitó la vida su padre”, afirma.

El caso es que padre e hijo están en el Cementerio Particular. En todo caso, Emilio Garnica, el creador del Circo Garnica y fundador de la fábrica de tabaco El Buen Tono, no pensó que las acciones que había comprado para una muerte sin desarraigo, un siglo después, ‘caducarían’. Garnica había construido un panteón para él, un masón de la ciudad, y su familia dos años antes de su suicidio. Aseguró una muerte digna sin atropellos de la Iglesia. Por eso Emilio Garnica le dejó un mensaje a su sepulturero en su epitafio: “sepulturero: te pido no me muevas de aquí”.

Con el proyecto de la prolongación de la carrera 13, cinco piezas de ese cementerio, entre tumbas, mausoleos y sepulcros, desaparecerían, ya que la vía pasaría por ese predio. Y aunque el proyecto está paralizado, hay un debate en cuanto a la pérdida del patrimonio cultural e histórico que representaría.
A esas voces de rechazo se une Jairo Garnica, quien le pide al alcalde Rodolfo Hernández que le dejen a Emilio Garnica lo único que la ciudad guarda de él y su legado, ya que todo su trabajo fue demolido y destruido, como el Teatro Garnica y el edificio en tapia pisada más alto de la época, con tres pisos, que estaba ubicado en la carrera 17 con calle 34, y que en su terraza tenía un reloj, vigilado por la imponente figura de una sirena.

La tumba de Emilio Garnica es la más excéntrica de esta necrópolis. La gente le tira monedas, deseos escritos en papeles, joyas de oro y plata, como paga por recibir favores del más allá. El altruismo siempre caracterizó en vida a este adinerado cirquero, boxeador y malabarista.

La afrenta

Eran épocas de persecución política a muerte y fanatismo religioso en Colombia. El Cementerio Particular o de Extranjeros, como también fue llamado, fue establecido a pocos pasos de otro que sepultaba sólo a cadáveres de almas que reunieran tres características: ser católicas, nacionales y conservadoras.

Sólo hasta 1870, el Gobierno tomó el control de los cementerios. Pero, curiosamente, un año después del cambio, en el Cementerio Central o Católico no se había enterrado al primer extranjero o que profesara una religión distinta a la católica. Hasta que un foráneo protestante murió y sus exequias se realizaron allí, hecho que produjo el vociferante repudio del párroco Romero, quien calificó la inhumación como una profanación al camposanto. Desde ese momento el cura prometió que acompañaría los entierros sólo hasta la entrada del cementerio. Y lo cumplió.

Esta es la razón por la cual estos adinerados nacionales y extranjeros, de librepensamiento, se hicieron a una morada final para la perpetuidad.
Hoy son los difuntos olvidados, los muertos de nadie o, quizá son de Bucaramanga, de su legado, de su historia.

 

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