El pasado 20 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Memoria Trans. Activistas y personas trans buscan visibilizar la transfobia que viven. Según la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans este año han muerto 40 personas de esta comunidad en hechos violentos en el país. Crónica de una noche con ellas.

Publicado por: Juan Carlos Gutiérrez
Pasan de las diez de la noche. Ellas, a esta hora, son bañadas por la luz que cae de las farolas públicas de la calle 33, una vía que de a poco pierde el continúo tráfico de carros y motocicletas. Solo queda un retrato despoblado del pavimento y algo de basura acumulada en rincones. Ellas esperan desde la prisión de una carne. Solitarias. Se sienten forasteras, pero nacieron acá. Aguardan por sus clientes entre sus febriles laberintos de cemento y sábanas sin memoria, que no son otra cosa que los recovecos de los cuartos de mala muerte, algunos malolientes, del centro de Bucaramanga, donde no se niega un insulto y siempre hay un grito de violencia que desvela.
Su verbo nocturno lleva unas cuantas horas encendido. Son pocas las palabras que ellas dicen honestas. Aún es temprano. Son pocas las palabras honestas que ellas escuchan de sus llamados clientes. Al fin de cuentas al dinero no le importa la virtud. ¿Qué significa esa palabra a estas horas en Bucaramanga? Nada, admitirán ellas horas después, en el primer bostezo de la madrugada del martes.
Una se destaca entre ellas. Se exhibe caminando calle abajo. Tiene una belleza diferente a lo que las personas definen como belleza. Su rostro parece palidecer de primer golpe. Los rasgos macizos de su cara confunden a pesar del maquillaje, pero sus pupilas brillan. Titilan. Intensamente buscan un cambio de luces desde un carro o una moto, que no aparecen todavía. La noche está lenta. Todas ellas buscan ese destello, preludio para recibir algo de dinero. El andén lleva su olor. El de varias de ellas para decir verdad. No se confundan, no es la fragancia de un perfume. Es el olor de la corriente de aire helado que se interpone entre el mundo real y sus caóticas vidas. Un mundo que pierde colores, porque la discriminación nunca extravía su brutal puntualidad. La calle es su territorio, y como tal, nunca es fácil.
Lea también: La Noche Vive: Al son de la noche
Ella, particularmente este lunes en la noche, tiene un viejo vestido negro ajustado a esa línea delgada en que se convirtió su cuerpo, casi esquelético. Flaca como el silencio. Lleva puestas unas medias del mismo color oscuro, en mallas grandes y un rojo vivo de labial enciende sus labios de huracán, poco carnudos, pero dispuestos para sus clientes.
Como perros vagabundos, los ojos les ladran desde el interior de los carros, cuyos conductores esperan el cambio de luces del semáforo de la carrera 21. Otros, además de esculcarlas con la mirada, aúllan con insultos y ellas reciben una agresión física. Hace menos de un mes un motociclista hirió con un cuchillo a una de ellas. Le dejó una lesión en un brazo.
- ¡Por marica!
Se escuchó en la calle después, arancel de odio que permanece siempre como si nada, a la sombra de lo histriónico que son sus ademanes cuando se hacen sentir. De las falsas risas que gritan a ratos. De las mañas que tienen para robar a novatos clientes. De la puesta en escena para recibir compañía cuando las enfermedades de trasmisión sexual no se notan. Todo un velorio a la honestidad, necesario para sobrevivir en las noches de una de las cuadras más peligrosas de Bucaramanga.

Un rostro desconocido aparece por la boca de la calle. Es un sujeto que camina encorvado. Una de ellas habla con él. Inicia una negociación. Tal vez sea verdad que el corazón mueve el mundo. Pero aquí eso es mentira. Es mejor inventar historias. Armar una fantasía por el dinero que se intercambia. Si les preguntan, cualquiera de ellas quiere un suspiro de tranquilidad, un poquito de amor verdadero, mar de serenidad para ser felices, como los protagonistas de las novelas que ven en Youtube en las tardes aburridas, a la espera que caiga la noche. Pero no hoy. No este mes. No en este tiempo. No este año. Necedad pensar de ellas que pueda ocurrir eso de enamorarse. Solo risas quedan de imaginar que alguien las ame de verdad, con eso llamado sinceridad. Esto es la calle. Eso es para otras mujeres. Es mejor buscar algo de marihuana para esa caminata que las llevará hasta las dos o tres de la mañana. La melancolía pierde la paciencia cuando se busca bazuco. Esta calle no es más que selva ruda para embriagarse. Parece que todo está perdido, y solo estamos a una cuadra del parque Antonia Santos.
Volviendo a ella, la mujer delgada del vestido negro, hace poco más de una hora que salió de su habitación. Vive en uno de esos inquilinatos que bordean la avenida Quebradaseca, por donde se pagan 20 mil pesos por noche (una sola persona) y el administrador cierra la puerta de metal con candado de la pieza cuando la residente abandona la pensión, que no es más que una vetusta casa. Él se queda con la llave en caso de que no se aporte la cuota diaria. Allí lleva unos tres meses, pero dice que pronto se mudará. No ahonda en las razones, pero deja entrever conflictos con sus vecinas de inquilinato, con las que comparte la calle también. La tienen aburrida, dice cambiando de tema. Si ella quiere subir compañía debe pagar cinco mil pesos de más al administrador.
Lea también: Fotogalería: Sonidos del pasado
De su habitación anda unas cinco cuadras hasta su esquina. Conoce el camino que recorre todas las noches. Lo sabe tan bien que se le extravió el sendero que conduce al cielo bonito que le contaron de niña que era la vida. Lo admite. No tiene problema en reconocer malas decisiones, al fin y al cabo son suyas. Que se joda el mundo, porque ella ya lo está. Aunque extraña a su mamá, quien vive en una casa en el Norte de Bucaramanga, no volverá a compartir de su techo. Esta es su vida. Esta es su suerte perdida.
Ella sigue caminando la calle 33. Baja y sube por el andén, sosteniendo un pequeño bolso. De pronto, de la nada mira a un hombre con ojos felinos que la observa detenidamente en el andén opuesto. La posición de su cuerpo cambia. Él la mira. Luego la busca para hablarle. Recorren unos metros y se acomodan en las sombras que da la entrada de un almacén cerrado. A este punto de la noche una cosa es la pista de baile, con sus reglas para atraer clientes como bichos extraviados, y otra, muy distinta, el espíritu de la bailarina, que en este caso es el de una mujer que se siente sola en un cuerpo que no la entiende.
Volviendo a la puesta en escena, ella parece una gata de piernas delgadas y cabello teñido de color naranja. Con su mirada busca atraer. El gusto por el cuerpo es faro entre tinieblas de pobreza y múltiples necesidades. Otra de ellas, metros adelante, tal vez más espontánea, presume su cuerpo sin timidez. Alardea de sus nalgas. La piel que ellas exhiben bate la noche, que se presenta engañosamente tranquila para cualquiera que les pregunte:
- ¿Cuánto cuesta un rato?

Al otro lado de la calle acaba de parar una patrulla de la Policía. No es una requisa rutinaria, tampoco es una agresión, de las varias documentadas, a su derecho a movilizarse y trabajar en la calle. Un uniformado se baja y busca a una de ellas. Ríe con ella. La mujer parece seguirle la charla. Le pide que con voz coqueta le envíe un mensaje a otra persona que se entiende que está de cumpleaños. Hasta allí todo bien, solo que parece que el favor responde a una broma contra el festejado, por el tono de burla de los uniformados al enviar el saludo. No se alcanza a ver si es solo audio o lleva video. Pasan unos minutos. Los policías se marchan.
Muchos santos
La habitación, de la mujer del traje negro y perfil de viento, es pequeña. Allí duerme buena parte del día. Tiene una vieja cama, tres estantes donde guarda algunas de sus cosas personales. Unas paredes desteñidas color verde claro. En los muros hay clavadas un par de puntillas donde permanecen colgados vestidos. Un televisor ‘barrigón’ de los antiguos, que ahora presenta un capítulo de Los Simpson. La pequeña habitación está revestida de varias imágenes pequeñas y grandes de la Virgen María y de algunos santos, que aparecen en estampitas de diferentes tamaños, puestas de manera vertical junto a las paredes, en un piso de baldosas viejas, que ya perdieron su color rojizo de sus primeros años.
En esta península contraída de estampitas de santos, tejida por fervorosos matices que le imprimen las luces titilantes de las veladoras encendidas, ella, a fuerza de rezos, flanquea la desesperación y las alegrías de sus días, en la soledad que dejan los hombres que por minutos recibe en este lugar. Entre los santos que pueblan ese piso está San Juan, la ‘India Rosa’ con una oración para tener paz y amor; Don Juan Tabaco, también conocido como: Don Juan Federico Ramírez, integrante de las cortes populares de los Don Juanes con capacidad de ayudar en cualquier problema terrenal; un ‘Jesús Justo’; una imagen de San Marcos de León, a quien se le invoca salud, dinero y belleza. También aparece una foto de la Virgen de Guadalupe y del Santo Niño de Atocha, a quien la cultura popular le encomienda problemas que parecen imposibles de resolver. Esta legión de imágenes le imprime un aire diferente al lugar. Extraño, tal vez, porque incluso ella tiene una imagen de un santo en el baño con una pequeña veladora.
Le puede interesar: La “primera vez” después de mucho tiempo: ¿Cómo no arruinarlo?
- Les rezo todos los días. Lo aprendí de pequeña con mi mamá y ahora que vivo sola sigo pidiéndoles. Todos pedimos lo mismo. Paz, dinero, belleza. Amor no, porque todos los hombres son unos ‘perros’. Esta vida tiene muchos hombres dañados...
Lo dice vociferando su frustración por amores perdidos en el pasado, al que es necesario rociarle el fuego de los alucinógenos para que ardan con mayor fuerza.
- Marihuana consumo todos los días. ‘Perico’ y pastillas de vez en cuando. Me hacen sentir relajada...
Luego admitiría que el licor le ayuda cuando empieza a sentir los fuertes dolores del desprecio que recibe a diario en la calle, los insultos que se le pegan como hollín fastidioso y esa tristeza inconmensurable de estar sola, cuando no quiere estarlo. De sentirse una extraña, cuando no lo es. Ella, a pesar de lo que le gritan, es bella. Es una mujer. Antes de volver a salir a la calle se arregla el maquillaje. Se acomoda el vestido. Enfatiza en el labial. Luego camina nuevamente de esa habitación a su esquina. Se pierde en los encajes de sombras de la noche.

Víctimas fatales
- Ellas soportan una vida muy complicada. No hay día que no reciban insultos. Hasta les lanzan piedras. Todo por estar en la calle. Las asesinan. En los últimos años me han matado a siete de ellas. Sus procesos judiciales están abandonados, están en la impunidad...
Lo dijo Diana sentada en el andén de la calle 33 con carrera 21, desgranando esta noche entre culpas. Enfatiza con indignación que somos una sociedad para nada tolerante. La conocen como ‘Madre Chinchilla’, es líder de las mujeres transgénero en Bucaramanga. Transgénero o trans es un término utilizado para identificar a las personas cuya identidad y expresión de género se diferencia de las que están típicamente asociadas con el sexo que les fue asignado al nacer.
‘Madre Chinchilla’ tiene 67 años. Décadas atrás fue una trabajadora sexual transgénero, pero con los años se dedicó a defender sus derechos. Es una activista respetada. Ahora las asesora, las cuida, las aconseja, les ayuda a realizar sus exámenes médicos y acceder a medicinas para sus enfermedades y obtener preservativos, es una voz con autoridad, regaña, incluso les ofrece albergue en su casa, mientras ella subsiste del comercio informal en el centro de la ciudad.
Mientras habla ‘Madre Chinchilla’ se escuchan a los lejos los espectrales sonidos de la Bucaramanga noctámbula que muchos quieren ocultar. Pasa de pronto una persona que ella reconoce. Se saludan. Esa persona, dice, era una de las mujeres transgénero más impactantes de la ciudad años atrás, pero la droga la consumió totalmente. Ahora la ven pasar de tienda en tienda, pidiendo un par de monedas. La noche a esa hora trae también a una mujer migrante y sus dos hijos menores de 10 años. Acaban de llegar y se acomodan debajo de una viga sucia en una esquina cercana. Dormirán allí. A la mañana siguiente ella se dará cuenta, con tristeza, que le robaron las dos maletas, con los documentos de identidad de los pequeños y buena parte de su ropa. El viento del exilio sacude una vez más a la mujer, mientras ella no ofrece resistencia a la desesperación.
Las mujeres de la calle se acercan a saludar a ‘Madre Chinchilla’. Se unen a la charla como quien busca el calor de una hoguera en una noche sin afanes. Una de ellas hoy cumple 24 años. No hubo torta, ni regalos. Quiere clientes. Busca dinero para una operación estética. Ella recordó que el pasado 20 de octubre se encendió una veladora en la esquina de la carrera 20 con calle 33 en memoria de Lina Marcela Jiménez Granados, de 26 años.
- A ella fue la última que mataron [2019]. La calle es difícil mi amor. Me da rabia. Por trabajar en la calle no significa que somos menos...
Lea también: Huellas en los huesos: El rescate de dos víctimas de la guerra
Lina Marcela era una trabajadora sexual. A las 3:15 de la madrugada un hombre, que se movilizaba en una moto la llamó. Ella se acercó. Tan pronto la tuvo al frente, sin pronunciar palabra, le clavó un cuchillo en el pecho. Llegó sin signos vitales al hospital. También en dos semanas se cumplirá el aniversario de la muerte de Gina Mar Cobos ocurrida el 11 de diciembre de 2015.
- Yo la monté al taxi. Herida me decía que no la dejara morir. Le respondía que aguantará. Me dijo que le dijera a la mamá que la quería mucho, pero no aguantó, se murió antes de llegar al hospital...
Testigos señalaron que Gina estaba en la esquina de la calle 33 con carrera 20, hasta donde llegaron dos hombres en una motocicleta. El parrillero se bajó y le rapó el celular a una de las mujeres con quien ella estaba y escapó. Dos minutos más tarde, los mismo sujetos regresaron, el parrillero se volvió a bajar de la moto pero estaba vez fue directamente hasta donde estaba Gina y le propinó una puñalada en el pecho, otra el cuello y una más en la cabeza. El agresor emprendió la huida. En medio de la reacción de la Policía, fue capturado el presunto autor del crimen, mientras que su cómplice logró huir dejando la motocicleta abandonada a pocas cuadras del sitio de los hechos.
Victoria Fernández es la primera mujer trans en ocupar un lugar en la Alcaldía de Bucaramanga. Espera graduarse de filosofía en la UIS y en la actualidad se concentra en fortalecer la construcción de una política pública para poblaciones LGBT, es decir, poblaciones con identidades y orientaciones de género sexualmente diversas.
- Colombia tiene una deuda con la población LGBT. Es una población históricamente vulnerada. Esta población sufre unos niveles de violencia grandísimos. Es frecuente la violencia contra las mujeres trans en Bucaramanga. Históricamente, cuando nos hablan de mujeres trans creemos que hay dos caminos. Son prostitutas o son peluqueras. Las mujeres más agredidas son las que ejercen el trabajo sexual. Son agredidas, por ejemplo, por sus clientes. Esos casos los viven también las trabajadoras sexuales subgénero. Pactan una cosa y sucede otra en la habitación. También hemos conocido casos de hombres, quienes después de beber, su deporte es salir a golpear a mujeres trans. La violencia de género tiene la particularidad que la mayoría no la denuncia por miedo a la estigmatización y la discriminación. Es lamentable.
‘Madre Chinchilla’ se marcha. Cada una de ellas vuelve a recorrer sus rutas infernales. A ellas las tachan de todo, pero a sus clientes de nada. Muchos se estacionan con sus carros de alta gama y esperan pasar desapercibidos con sus vidrios polarizados, como sus vidas ocultas. Ellas se suben a los vehículos y viajan de catre en catre hasta que sale el sol. Destino extraño. Al amanecer regresan entre calles polvorientas. A veces reciben de alguien una dulce sonrisa. Un amable momento. Agoniza la madrugada. Llegan a sus camas. Se recuestan. Acomodan una cobija para cubrirse. Cierran los ojos. Quizás hoy sueñen con algo mejor, porque al despertar volverán a esas aguas turbias de las noches de Bucaramanga.














