Como suele suceder a quienes viven en el campo, el apego a su territorio es tan grande, que ni aún vivir en medio de la extrema pobreza los hace querer dejar su terruño. Este es el caso de Teresa y Emilio, dos adultos mayores que viven con sed y hambre como tantas familias de Los Santos.

Publicado por: Donaldo Ortiz Latorre
Luis Buñuel el cineasta, el autor de “Viridiana” y “Tristana”, una vez que pasó por Extremadura en España y al ver tanta pobreza y apreciar las condiciones en que vivían, dijo que no podía ser cierto que “se pudiera vivir así” y sobre todo que viviendo así: “No se quisieran ir, ni se quisieran salir”.
Como en los tiempos de Buñuel, esa pobreza todavía se ve y todavía hay seres humanos que viven en condiciones extremas tal cual acontece en la Mesa de Los Santos o de Jéridas, para ponerla más elegante y no ofuscar a los miles de turistas y millonarios que cada fin de semana viajan a sus casas de veraneo y clubes que están no lejos de aquí.
A 62 kilómetros de Bucaramanga, camino a las minas de yeso y de barita, sucede esta crónica. Aquí, como en las películas de Sergio Leone, para citar otro director de cine, solo hay sol, polvo, viento y soledad, sobre todo soledad. Lo único que falta para que este lugar se convierta en un escenario cinematográfico es la paca de heno que da vueltas arrastrada por el viento, porque hasta la calavera de una vaca, colgada en un chamizo, enmarca este desolado paisaje.
La señora que visitamos tiene 77 años de edad y vive con su marido de 82, en medio de las cercas de piedra, en una pequeña loma donde el agua es tan escasa que no se ven plantas y si las hay, están marchitas. No hay ni una fruta, no sabemos si las hubo, pero el agua que beben, la poca agua que llega por una manguera una vez a la semana, es un hilo moreno. Con esa agua preparan la escasa comida que tienen, que es enviada por sus hijos cada quince días. Allí viven hace cincuenta años, desde aquellos tiempos en que Emilio regresó de prestar el servicio militar en el departamento del Tolima y le puso el ojo a esa muchacha de zarcillos dorados.
Uno se pregunta por qué no se van, por qué no se fueron y la señora Teresa responde: “Nunca pensamos en irnos y ahora menos. Somos arrendatarios y esta casita de zinc no las dio el patrón. Mis hijos sí se fueron. Aquí por lo menos vivimos libres y sin problemas, no hay ruido, no hay ningún peligro, no hay carros, no nos asaltan. Cuando estoy triste camino y cuando vengo ya se me pasa. No aspiramos a nada. En una época había de todo, sembrábamos maíz, yuca y fríjol, pero desde hace tres años que no llueve todo cambió. Miren no más los animalitos”, pastando en las piedras (tiene unos camuros), sin agua y sin comida, sobreviven sacándole el último jugo a la hierba seca. “A ‘trancas y mochas’, logramos tenerlos”.
Solo habla ella, al marido cuando trata de intervenir, lo mira y este se calla. Es un matriarcado legítimo. Ella es la del ‘salero’.
Cuando le preguntamos si hay mucha gente que se ha ido, responde que sí, más de cien familias se han marchado, se están yendo por las dificultades de vivir y de criar hijos. “Yo no me iría por nada del mundo a la ciudad. Para estar sentada mirando televisión y los hijos diciéndole a uno, ‘mamá, cuidado con los carros, cuidado con los ladrones’, en fin, aquí me muero con Emilio (su marido). Eso sí, no tenemos salud y cuando nos enfermamos que son pocas veces, nos toca pedir ayuda a los vecinos (tiene un teléfono celular para recibir llamadas). Solo pasa un bus a las once de la mañana y toca caminar quince minutos”.
Teresa y Emilio tampoco se irían a la capital porque son consientes de que no tienen más propiedades que lo que llevan puesto, un par de catres, una máquina de moler sin manivela, tres sillas a las que se les sale el relleno de paja, una vajilla incompleta, una virgen y unos cuantos corotos. También un aviso oxidado del Chance, de esos en los que se marca con tiza el resultado del último sorteo.

Sin embargo, todavía están agiles y debe ser por la costumbre de no quedarse quietos. Emilio prepara el café mientras la cámara fotográfica de los intrusos apunta a ese desierto donde simulan pastorear unos camuros que no se dan por notificados de la presencia de los forasteros.
Todo es color cobrizo, hasta la resquebrajada piel de Teresa. La cámara dispara a la soledad del paisaje, mientras el calor nos asa. Nada se mueve, salvo una moto que deja a su paso una densa nube de polvo que se deposita en el pelo, en las pestañas y en la ropa.
La tienda más cercana (la única) está detrás de las siguientes dos montañas, así que hasta el dinero pierde su valor en estas breñas santandereanas, porque los alientos no alcanzan para tanto. En cambio lo que sí se encuentra cerca es una estación de gasolina para las volquetas de las minas, que han convertido la carretera en una especie de pista de rally.

Tomado el café, nos despedimos, nos deseamos larga vida como los musulmanes y prometemos volver. Se les ve la alegría y la sorpresa de la visita. ¿Cuándo alguien que no fuera de su familia los había venido a saludar?
El retorno parece una fuga del infierno o, al menos, de un campo de batalla. Edith Piaf entona a todo volumen el himno de “La Marsellesa”. Con su singular erre remarcada, la diminuta cantante (medía 1,47 como Teresa) pronuncia la sexta estrofa: “Entraremos en la cantera cuando nuestros mayores ya no estén, encontraremos sus cenizas y la huella de sus virtudes. Menos celosos de sobrevivirles que de compartir su tumba, tendremos el sublime orgullo de vengarlos o de seguirlos”.
“Allons enfants de la Patrie, Le jour de gloire est arrivé!”, machaca Piaf y tararean los cronistas. La próxima estación será en casa de Antonio Frío, el pintor de Bolívar, que quiere enseñarnos un monumento al sacerdote Camilo Torres y a los miles de víctimas que ha dejado más de medio siglo de conflicto armado interno en Colombia.
De sus cartas con el comandante Hugo Chávez y de su maíz pira rancio nos ocuparemos en otro momento.














