La historia de aquella madrugada que arrasó casas y cambió para siempre la memoria de Girón.

Aquel 12 de febrero de 2005 el cielo no llovió: literalmente, se desplomó sobre Girón. No fue un aguacero más, fue una descarga, un diluvio que golpeó techos y conciencias.
Todo comenzó la noche del 11 de febrero y se prolongó hasta entrada la mañana de aquel fatídico sábado. Hoy, veintiún años después, basta con que caiga un aguacero persistente para que el miedo regrese intacto a la memoria de quienes vivimos aquella tormenta. Es más, hoy en la actualidad, en Girón, cuando arrecia el invierno, el corazón late distinto y la mirada se clava, inevitablemente, en el cauce del Río de Oro.
“Cuando llueve más de dos horas seguidas, yo no duermo”, confiesa Josefa Pedraza, de 63 años, sentada en el borde del rancho de tablas y latas que levantó como pudo tras la tragedia. Su memoria parece conservar todavía el barro de aquella madrugada en que el río creció con una furia desconocida y se salió de su cauce.
No fue solo el desbordamiento. Se formó una corriente alterna que abrió camino propio, bajó con violencia, buscó al Río Frío después del puente y volvió a empalmar con el Río de Oro rumbo a Chimitá, golpeando también la Zona Industrial de Bucaramanga. El agua encontró rutas nuevas, improvisadas, y avanzó sin pedir permiso.

Lo que se escuchó entonces no fueron truenos, sino el ruido de familias corriendo y despertando sobresaltadas en la oscuridad. El saldo, o mejor, las cifras del desastre, dan fe de aquel fenómeno natural: trece personas muertas -aunque muchos aseguran que los decesos superaron el centenar, pues el reporte de desaparecidos nunca se oficializó-; cinco mil viviendas arrasadas; docenas de barrios heridos por deslizamientos y cerca de 20 mil personas destechadas.

Las cifras quedaron impresas en la memoria de muchas familias desplazadas por la violencia que se habían refugiado en las riberas del Río de Oro y que finalmente nunca fueron contabilizadas de manera oficial.
Este diario cubrió, acompañó y reportó el dolor de Girón. Aquella portada, que mostraba al municipio bajo el agua, no solo registró la tragedia, sino que además sirvió para liderar la campaña ‘Dale la mano a Santander’, con la que el periódico, de la mano de empresas y una gran cadena de solidaridad, construyó apartamentos en lo que hoy se conoce como Betania, beneficiando a más de 100 familias damnificadas.

Pero el lodo, la tragedia y el dolor que se vivieron entonces se quedaron instalados en los patios cubiertos de barro, en los colchones mojados, en la ropa tendida que nunca volvió a secarse del todo.
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“Yo solo alcancé a sacar la foto de mi mamá y una cobija. Lo demás se lo llevó el río”, recuerda Argemira Marín, una de las damnificadas, quien evoca cómo toda su vida de esfuerzo quedó convertida en escombros en cuestión de minutos. Desde entonces espera un subsidio prometido que, asegura, ha sido más palabra que realidad. Su historia no es la excepción: es el espejo de muchas otras que aún aguardan respuestas definitivas.
No todos, sin embargo, tuvieron el mismo desenlace. Omar Enrique Díaz también vio cómo el agua borraba el trabajo de años, pero la solidaridad del barrio, una colecta impulsada por la parroquia y el empuje de sus hijos le permitieron empezar de nuevo. Hoy vive en una casa firme, de paredes blancas y techo seguro. “No fue fácil, pero ahora la casa no cruje cuando llueve”, dice, consciente de que levantar muros resulta menos complejo que reconstruir la tranquilidad perdida.
En inmediaciones del sector del Gallineral, en límites entre Bucaramanga y Girón, el lodo dejó a 42 familias al borde del abismo, literalmente sobre un peñasco que amenazaba con ceder.
Lucila Argüello, dirigente cívica, aún recuerda cómo esa noche golpeó puertas y lanzó gritos de alerta para evacuar a sus vecinos. “Nos salvamos porque nos ayudamos. Si cada quien se hubiera quedado esperando, estaríamos contando más muertos”, afirma, con la voz firme de quien aprendió que la solidaridad puede ser la única defensa frente al desastre.

A su lado, José Parra Briceño organizó ollas comunitarias y censos improvisados mientras el barro todavía estaba fresco. Para él, la avalancha no solo tumbó casas; también se llevó la calma de barrios enteros y dejó duelos que ningún auxilio económico puede reparar. “Muchas familias perdieron seres queridos, y eso no lo cubre ningún cheque”, insiste.
Desde entonces, ningún hogar afectado volvió a dormir del todo tranquilo. Cada nube gris es una advertencia. Cada relámpago revive la escena de aquella madrugada interminable. La memoria colectiva funciona como una alarma silenciosa que se activa con el sonido persistente de la lluvia sobre el zinc.

En los años siguientes se anunciaron obras de mitigación, muros de contención, canalizaciones y planes de reubicación. Algo se hizo, pero el riesgo persiste. El Área Metropolitana calcula que aún hay cerca de 70 barrios con algún nivel de amenaza por inundación. En Girón, 7.689 edificaciones continúan en amenaza alta y 1.800 en amenaza media. En Bucaramanga, tres sectores urbanizados en zonas inundables mantienen en riesgo a unas 11.000 personas.
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Son números fríos que, sin embargo, se reactivan cada temporada de lluvias. Detrás de cada cifra hay una familia que mira el cielo con desconfianza, una madre que prepara maletas por si toca salir de madrugada, un niño que aprendió demasiado pronto el significado de la palabra evacuación.
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José lo resume sin eufemismos: muchos damnificados terminaron engrosando los cinturones de miseria del Área Metropolitana, levantando otra vez sus vidas en terrenos inseguros ante la falta de soluciones definitivas. Para ellos, la avalancha no terminó en 2005; cambió de forma y se convirtió en incertidumbre permanente.
Hoy, veintiún años después, el 12 de febrero se pronuncia en voz baja. Hay casas donde se enciende una vela y otras donde el silencio pesa más que cualquier palabra. Los más jóvenes escuchan la historia como un relato lejano; los mayores saben que no es leyenda, sino cicatriz.
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María Isabel aún levanta sus pocas pertenencias cuando el cielo oscurece. Omar revisa canales y ventanas antes de acostarse. Lucila mantiene activo el sistema comunitario de alertas. José insiste en la memoria como herramienta de prevención. Cada uno enfrenta el recuerdo a su manera, pero ninguno lo ha olvidado.

Porque aquella madrugada no solo se desbordó el Río de Oro: también se desbordó la certeza en que el agua respetaría sus límites. Y aunque para algunos volvió a salir el sol, en Girón quedó claro que cuando el invierno arrecia no solo se inundan las calles; también la memoria y el alma de una ciudad que aprendió, a la fuerza, que el río nunca se olvida.















