Publicado por: Editorial
Más que un concepto, la santandereanidad debe ser siempre una fuerza viva en el corazón, pero también en la intención de cada uno de nosotros, pues la verdadera esencia de esta raza se mide en la capacidad de superar las adversidades del presente con la misma determinación que nuestros antepasados, con principios éticos y morales invencibles como la laboriosidad, la perseverancia y el compromiso, virtudes que hemos conservado y fortalecido.
José Antonio Galán fue ajusticiado en la plaza mayor de Santafé de Bogotá por liderar el Movimiento Comunero, pero, por la manera íntegra de su proceder al reclamar impuestos justos, plantó la semilla de la dignidad regional. Siglo y medio después, Luis Carlos Galán enfrentó solo a las mafias del narcotráfico sin más armas que la verdad y el arrojo. También cayó acribillado, pero su lucha y su ejemplar carácter quedaron para siempre en la historia. Ambos encarnan el valor, la sinceridad y una empatía irredimible por el sufrimiento ajeno.
Somos los santandereanos de todos los tiempos: herederos de la rebeldía de Antonia Santos y arquitectos de un futuro marcado por la innovación. Ante las preguntas que plantea la modernidad, la respuesta de nuestra tierra sigue siendo la misma: laboriosidad y franqueza.
Esos hombres, y mujeres como Antonia Santos, Manuela Beltrán o las luchadoras de Pinchote, representan a los santandereanos de carne herida que prefirieron enfrentar, cuando doblegarse era más fácil. Su humanitarismo y su valentía nos legaron la rebeldía contra lo indigno, sea un virrey o un cartel. No necesitaron grandes ejércitos; les bastó y les sobró con la firmeza de su linaje.
No podemos nombrar aquí a los miles y millones de santandereanos que enriquecen cotidianamente nuestra identidad. El industrial que fundó su fábrica con uñas y sudor, la comerciante que negocia con mirada franca, el periodista que no negocia la verdad, el agricultor que rompe las piedras en los cañones naturales, el deportista que entrena antes del alba, el artista que pinta su tierra, el diplomático que defiende el país sin perder el acento. Todos ellos demuestran que la santandereanidad es un hecho cierto y vivo.
Sin embargo, no podemos ocultar que el mismo temperamento que nos hace indomables a veces se vuelve violento. El machismo, por ejemplo, ha mutilado talentos y enlutado miles de hogares; la franqueza mal entendida ha causado tragedias y dividido comunidades enteras; y la envidia nos ha llevado a destruir lo que pudimos construir juntos. No es traición decirlo; es honestidad santandereana.
Por eso, mirar al futuro exige deshacer esas sombras sin avergonzarnos de lo que salga a la luz. Nuestras fortalezas —la laboriosidad, la empatía, la tenacidad, entre tantas otras— pueden perfectamente vencer a los demonios internos de nuestra cultura. ¿Acaso la misma perseverancia que abrió montañas no puede erradicar la violencia contra la mujer? ¿La misma sinceridad que expulsó tiranos no puede barrer la corrupción?
El mundo moderno nos plantea preguntas nuevas sobre inteligencia artificial, crisis climática y nuevas formas de exclusión, sin fórmulas en los manuales de ciencia o historia para responderlas, pero la santandereanidad nos otorga una posibilidad de enfrentar estos desafíos con laboriosidad, honestidad y perseverancia, virtudes que no hemos perdido en ninguna fase de nuestro recorrido.
No se trata de olvidar a quienes han hecho nuestra historia, ni de admirarlos o agradecerles menos; ellos enfrentaron su propio tiempo con las circunstancias de su época y nos legaron su obra y su ejemplo. Nuestra responsabilidad en el momento actual, en honor a los hombres y mujeres que forjaron este presente, es dejar nuestras propias huellas de progreso, convivencia, unidad e innovación.
Somos, a la vez, los santandereanos de todos los tiempos: los que han recorrido nuestra historia en el pasado, los que la construyen en el presente y los que sientan las bases y trazarán las rutas del camino por recorrer. Esa sociedad y esa raza del futuro no son ajenas a nosotros hoy; todo lo contrario, somos quienes, con nuestras ideas y nuestras acciones, estamos construyendo al santandereano del siglo XXI.












