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Viernes 15 de mayo de 2026 - 01:00 AM

El arte de la guerra

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Julian Gewirtz lo señalaba para The New York Times a raíz de la visita de Estado de Donald Trump a China (ver aquí): mientras que Washington está atrapado en una lógica corta de ciclos electorales, encuestas y rentabilidad política inmediata, Pekín da muestras de una mirada que atraviesa las décadas y se piensa a sí misma desde la perspectiva de todo un siglo.

Estados Unidos, en otras palabras, actúa como una potencia que necesita victorias visibles y rápidas; China, como una civilización política paciente y dispuesta a esperar. Y en esa diferencia puede hallarse la razón de que China, en el siglo XXI, llegue a la cumbre del poder mundial.

Como lo recuerda Gewirtz, no es casual que, en medio de la guerra comercial con Estados Unidos, los medios estatales chinos hayan recuperado el célebre ensayo de Mao Zedong escrito en 1938 durante la invasión japonesa, esto es, Sobre la guerra prolongada.

Allí Mao defendía una idea que hoy parece orientar nuevamente a la dirigencia china, a saber, que el adversario más fuerte puede imponerse en el corto plazo, pero no necesariamente en el horizonte largo.

Resistir, acumular capacidades, evitar la confrontación prematura y desgastar lentamente al rival constituye, para China, no tanto un signo de debilidad como una forma superior de racionalidad estratégica.

Detrás de todo, hay una lógica profundamente emparentada con la tradición estratégica clásica china. En El arte de la guerra, escrito hace más de dos mil años, se lee que «los guerreros expertos se hacen primero invencibles y luego esperan la vulnerabilidad del enemigo». Asimismo, que la victoria depende de saber «cuándo se puede pelear y cuándo no».

La prioridad, antes que lanzarse al ataque, consiste en construir una posición de fuerza tan sólida que el desgaste del adversario termine produciendo, tarde o temprano, las condiciones de su propia derrota.

Más que buscar confrontaciones espectaculares o triunfos inmediatos, China ha asumido que la hegemonía se conquista lentamente, desarrollando autonomía tecnológica, expandiendo capacidades industriales, consolidando influencia global y aguardando pacientemente el agotamiento de Occidente.

Acumular fuerzas es su único interés ahora. No en vano, durante las últimas décadas, Pekín ha invertido de manera sistemática en infraestructura, capacidad industrial, inteligencia artificial, energía, educación científica, cadenas de suministro y autonomía tecnológica para construir las condiciones materiales de una hegemonía sostenible y difícil de derrotar.

Incluso en medio de su desaceleración económica, China continúa ampliando su influencia comercial y diplomática en Asia, África y América Latina, mientras fortalece silenciosamente sus capacidades militares y reduce su dependencia de Occidente.

Los Estados Unidos de Trump, por el contrario, parecen cada vez más inclinados a confundir espectáculo con fuerza. Buena parte de su política exterior contemporánea oscila entre gestos grandilocuentes, guerras costosas, confrontaciones mediáticas y victorias simbólicas pensadas para el consumo interno inmediato. No viven el presente; el presente los vive a ellos.

Mientras China construye capacidad estructural, Washington parece atrapado en la necesidad permanente de producir impacto visual y rédito político instantáneo. Y ahí reside uno de los síntomas más profundos de su declive: una potencia que privilegia la teatralidad de la hegemonía por encima de las condiciones materiales que realmente la sostienen.

Uno puede acusar a Mao Zedong de muchas cosas: autoritarismo, fanatismo ideológico, brutalidad política e incluso responsabilidad directa en algunas de las mayores catástrofes humanas del siglo XX. De lo que difícilmente se le puede acusar es de haber sido un pensador ingenuo del poder.

Mao comprendió con notable claridad que los conflictos decisivos entre civilizaciones y potencias rara vez se resuelven mediante golpes inmediatos o victorias fulminantes. Su intuición fundamental fue que, en determinadas circunstancias históricas, la resistencia prolongada puede transformarse lentamente en superioridad estratégica.

Ciertamente, aunque la China contemporánea ya no sea la China revolucionaria de Mao, buena parte de su dirigencia conserva intacta esa comprensión del tiempo, la paciencia y el desgaste como dimensiones centrales de la política mundial.

Ahora bien, China todavía está lejos de ser invencible, pues enfrenta una desaceleración económica, una crisis demográfica y profundas tensiones internas. Por otro lado, que la democracia estadounidense esté en crisis no quiere decir que el imperio norteamericano no pueda transformarse en una fuerza aún más poderosa en el futuro.

Con todo, China es la única de las dos potencias que ahora muestra una orientación estratégica relativamente coherente, subordinando el corto plazo a objetivos históricos más amplios.

Estados Unidos, en su lugar, da cada vez más la impresión de una potencia dispersa, atrapada en la improvisación política y en una lógica de inmediatez que le dificulta mirarse desde la perspectiva de un horizonte duradero.

No es que China ya haya ganado, sino que, mientras Pekín sabe hacia dónde quiere dirigirse, Washington, con su actual dirigencia, perdió toda su carga de futuro; esa parece ser, así pues, la diferencia decisiva.

Nota: Como nota al margen, resulta especialmente fascinante otro reciente artículo de The New York Times dedicado a la figura de Xi Jinping (ver aquí). Allí se describe cómo Xi parece concebirse menos como un dirigente político moderno que como una suerte de «rey filósofo» en continuidad con la antigua tradición imperial china. Más allá de lo que pueda pensarse del régimen chino, el contraste con buena parte de los liderazgos occidentales contemporáneos es revelador.

Mientras muchas de nuestras «democracias» están produciendo dirigentes cada vez más atrapados por la lógica mediática, el show, la improvisación y el corto plazo electoral (es decir, que se comportan prácticamente como imbéciles), China, con Xi, proyecta la imagen de un poder que asocia el ejercicio del gobierno con la sabiduría, el pensamiento y cierta conciencia de la gravedad histórica que implica conducir una civilización.

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