Muchos aún recuerdan cómo vivíamos cuando nos adelantaron la hora por el apagón del año 1992. Todos nos vimos sometidos a racionamientos de energía eléctrica de dos y hasta tres horas diarias. Incluso, dos meses después, el Gobierno tomó la decisión de adelantar 60 minutos los relojes en el país.

Hace 32 años los bumangueses, al igual que los colombianos, nos acostumbramos a levantarnos una hora antes. No lo entendíamos muy bien, pero los expertos decían que un fenómeno, al que bautizaron con el nombre de ‘El Niño’, había reducido niveles hidrológicos en más de 50 % y era necesario ‘ahorrar luz’.
Además de la sequía de ese entonces, se sumó la incapacidad de ampliar la oferta de energía, dados los retrasos en la construcción de proyectos hidroeléctricos, como El Guavio, que se tenía previsto para 1987 y en 1992 aún no estaba listo.

Todo comenzó a las 00:00 del 2 de mayo de ese año. En un abrir y cerrar de ojos, comenzamos a vivir días y noches como los de nuestros tatarabuelos; es decir, nos tocaba madrugar y nos acostábamos muy temprano.
Había que ver las botellas de Hipinto sirviendo de ‘candelabros caseros’ para ajustar sobre ellas las velas. Buscábamos troncos o leñas que nos servían para encender los fogones. También resurgieron las estufas de gasolina, regresaron las pipetas de gas y nos tocaba rogar para que la luz no se nos fuera a la hora del partido de fútbol o de la telenovela.
Obviamente nuestras rutinas tuvieron un insospechado giro, pues ‘sí o sí’ debíamos aprovechar el tiempo en el que el sol alumbraba para hacer todo lo que pudiéramos. Las que antes eran las 5:00 a.m. se convirtieron en las 6:00 a.m. Y obvio, si antes entrábamos a las 8:00 a.m. a la oficina, nos tocaba comenzar una hora más temprano.
Al colegio salíamos en la madrugada y retornábamos una hora antes. En ese orden de ideas, el principal ‘viacrucis’ lo vivieron los niños de las escuelas, quienes definitivamente llegaban dormidos a los salones. La tarea más difícil era para las mamás, quienes sufrían tratando de despertarlos y los vestían mientras sus ‘cachorros’ seguían en brazos de Morfeo.
Durante cerca de nueve meses intentamos cambiar nuestras costumbres, ajenos a la irresponsabilidad de los mercaderes de la energía o a los caprichos del clima.
Miguel Ángel Beltrán, quien por esa época era el gerente de Unitransa, informó en ese entonces que las empresas de transporte urbano vivieron una especie de ‘bonanza’ porque, de manera literal, sus trayectos y frecuencias pasaron de 12 horas diarias a un servicio 24/7: los conductores comenzaron a manejar los horarios de madrugada, mañana, tarde, vespertina y nocturna.
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Los sociólogos empezaron a hablar de las ‘bondades’ del apagón. Alrededor de la mesa y a la luz de las velas, la familia volvió a reunirse a la hora de la comida y, en cierta forma, pudimos consolidar lazos de amor más importantes que la economía misma.
Claro está que en las casas, las empleadas domésticas nos armaron sindicato. ¡Y no era para menos! La razón: como la lavadora se convirtió en un ‘electrodoméstico de adorno’, a todas ellas les tocó regresar a la alberca, en los solares, para lavar con agua y jabón y con sus propias manos la ropa de todos.
Las mamás compraban en el mercado lo absolutamente necesario, entre otras cosas, porque las neveras de manera literal se ‘enfriaron’ o se ‘dañaron’ con los apagones.
Mientras tanto los vendedores de plantas eléctricas de energía alterna hicieron su agosto, mientras duró “la Hora Gaviria”, como se le denominó a aquella medida.
Los negocios encendían las plantas eléctricas antes de que saliera la luz del sol y algunos las ponían en la calle; es más, sus ensordecedores ruidos competían con la voz del vendedor del almacén: “Promoción dos por uno, siga mamita, mídasela sin compromiso”.
Recuerdo cuántas páginas de quejas ciudadanas, por la contaminación auditiva, redactamos en Vanguardia.

Siempre recuerdo el ‘tic tac’ del reloj de mi casa por esas calendas, por la magia que tenía con la oscuridad y por su complicidad con el silencio; sin embargo, confieso que, en ese entonces, me parecía que sus campanadas retumbaban demasiado fuerte para mis oídos.
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A los que “flotan en el mundo imaginario de la radio”, como dijera José Luis Perales en una canción, les hicieron un programa con nombre de oscuridad muy luminoso: ‘La Luciérnaga’, el cual sobrevive todavía demostrando que incluso las tinieblas generan luz.
Quién no recuerda que con las pilas de recarga en mano, la radio se convirtió en un imprescindible acompañante de la noche.
Para todos los colombianos, incluidos los bumangueses, esta fue una época que difícilmente podremos olvidar por los arduos cambios experimentados en todos los aspectos. ¡La verdad, no le tuvimos miedo a la oscuridad y brillamos a nuestro modo!
En aquel gobierno, el de la apertura, también comenzó a regir la nueva Constitución con sus aciertos y errores, la del 91, que este año cumple 32 años.
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Resulta paradójico: Luego del apagón, vino la luz de la nueva Carta Magna: ¿Fue simultánea la oscuridad física y la claridad democrática?... ¡Cada quien saque su propia conclusión!
Además, en la Navidad de 1992, las velas, los bombillos y hasta el mismo César Gaviria, fueron los ‘años viejos’ que se quemaron en el último suspiro de aquel oscuro diciembre.
Hoy día, tras los incidentes con dos de las más grandes generadoras de energía del país, el fantasma del racionamiento parece inminente y las medidas podrían ser muy similares a las tomadas por el Gobierno del mítico apagón.
Quienes ya vivimos esa singular época podremos seguir recordando la denominada ‘fase de las tinieblas’ entre anécdotas. Y aunque las circunstancias de esa nostálgica hora eran diferentes a las actuales, es un buen momento para evocar que todos tenemos responsabilidades a la hora de ahorrar energía.
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Hoy es un buen tiempo para contarle a la nueva generación de bumangueses que hemos vivido muchas épocas oscuras; algunos hoy en edad productiva quizás recuerden que los despertaban antes de las 4:00 a.m., los metían en la regadera, los vestían con la velocidad de la inexistente luz de esa horrible ‘Hora Gaviria’ y ¡...zas!, al colegio, porque los embalses se quedaron sin agua y el clima no colaboró.
Contémosles a todos que estábamos recién egresados de la universidad y que nos tocó enfrentar algo que no nos habían enseñado en nuestras aulas.
Contémosles que aprendimos que incluso el tiempo es una convención y que lo importante es la tenacidad con que enfrentemos el trabajo y la construcción de la patria en el día a día, a pesar de la oscuridad y de las dificultades.
Contémosles que luego de nueve meses de racionamiento y oscuridad, hace ya más de tres décadas, aprendimos a apagar la luz en una comunión general que nos ayudó a entender lo que significa vivir en familia.
Los intereses generales priman sobre los particulares, o al menos así reza en nuestra Constitución del 91.
Y si bien a comienzos del gobierno de Gaviria él se catapultó con la famosa frase ‘Bienvenidos al futuro’, es probable que hoy, en pleno año 2023, también nos toque decir: ‘Bienvenidos al pasado’. ¡Amanecerá y madrugaremos!


















