Bucaramanga
Martes 09 de junio de 2026 - 09:23 AM

Ceiba barrigona: El tesoro vivo que resiste en el Cañón del Chicamocha

En medio de la inmensidad del Cañón del Chicamocha, emprendimos una travesía para encontrar a las guardianas de una especie única en el mundo, pero que lucha por sobrevivir: las ceibas barrigonas.

Tres ceibas resistentes. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Tres ceibas resistentes. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

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Llevábamos cerca de 45 minutos avanzando por senderos pedregosos bajo el sol del Cañón del Chicamocha cuando levantamos la mirada. Vimos una ceiba barrigona, luego apareció otra. Y otra más. En cuestión de segundos, las montañas revelaron uno de los secretos mejor guardados de Santander.

Estábamos frente a una especie que no existe de forma natural en ninguna otra parte del planeta.

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“Miren hacia arriba” dijo Aníbal Pérez rompiendo el silencio de la caminata.

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De lejos parecían árboles extraños, distintos a cualquier otro que hubiéramos visto. Cuando nos acercábamos, empezaron a mostrar las características que las convierten en una rareza biológica.

No son gigantes como otras ceibas colombianas. Generalmente alcanzan entre cuatro y ocho metros de altura. Su verdadera imponencia está en la forma de sus troncos.

Sus raíces sobresalen del suelo como tentáculos gigantes que buscan aferrarse a las rocas. La textura de la corteza es gruesa, rugosa y agrietada.

Pero para llegar hasta allí primero tuvimos que recorrer varios kilómetros.

La jornada comenzó antes del amanecer. Mientras Bucaramanga apenas despertaba, tres realizadores audiovisuales (Camila Torres, Juan Ortega y Byron Pérez) y dos periodistas (Julio Alvarado y Margarita Castellanos) ya avanzábamos por la vía que conduce hacia Bogotá. Nuestra misión era llegar a Umpalá, un corregimiento de Piedecuesta donde sobreviven algunos de los ejemplares más importantes de ceiba barrigona que existen en Santander.

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Umpalá, tesoro escondido de Santander. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Umpalá, tesoro escondido de Santander. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Se trata de una especie endémica. Quien quiera conocerlo tendrá que venir necesariamente a estas montañas santandereanas.

Su distribución se limita a los cañones de los ríos Chicamocha, Suárez y Sogamoso, especialmente en municipios como Piedecuesta, Girón, Cepitá, San Andrés y Zapatoca.

Antes de llegar a Pescadero tomamos un desvío hacia la izquierda, rumbo al sector conocido como Quince Letras. Allí comenzó la aventura.

La carretera que conduce a Umpalá no estaba en las mejores condiciones. Era angosta, la lluvia de la noche anterior había dejado varios tramos resbaladizos y buena parte del recorrido era en ascenso.

Con termos de agua, protector solar y gorras comenzamos a caminar en medio de las montañas del majestuoso Cañón del Chicamocha. El paisaje parece como una pintura pintada a la perfección. El calor aún no era sofocante.

Las majestuosas montañas del Cañón del Chicamocha. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Las majestuosas montañas del Cañón del Chicamocha. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

En medio del trayecto apareció una pequeña serpiente color café camuflada entre las piedras. Más adelante encontramos a varios habitantes reparando un tramo de carretera afectado por las lluvias. Una imagen frecuente en algunas zonas rurales de Colombia: las comunidades arreglando las vías que utilizan todos los días.

Después de casi dos horas de caminata llegamos a Umpalá. Lo primero que vimos fue un grupo de cabras caminando cerca de la entrada del pueblo. Después cruzamos un pequeño puente y llegamos hasta el parque principal.

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Frente a él se encuentra “Nacho”, una tienda que desde hace más de cuatro décadas pertenece a Ignacio y Smith. Allí venden desayunos, almuerzos, obleas, dulces y casi cualquier cosa que un visitante pueda necesitar.

Smith, propietaria de la tienda "Nacho". Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Smith, propietaria de la tienda "Nacho". Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Tienen dos hijos y dos nietos que viven en Bucaramanga, pero ellos decidieron quedarse.

Cuando les preguntamos qué es lo que más les gusta de vivir en Umpalá, responden sin pensarlo. “Nos encanta el silencio y la tranquilidad que se siente aquí”.

Y tienen razón. Aquí no existen los trancones interminables ni el ruido de las ambulancias. Tampoco el afán permanente de la ciudad. En Umpalá el tiempo parece caminar más despacio.

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Ignacio, propietario de "Nacho". Foto: Juan Otega/ VANGUARDIA
Ignacio, propietario de "Nacho". Foto: Juan Otega/ VANGUARDIA

Pero nuestro destino aún estaba más adelante. Allí nos esperaba Aníbal Pérez, un cultivador de cacao y guía local que comenzó a acompañar visitantes cuando cada vez más personas empezaron a llegar interesadas en conocer las ceibas barrigonas.

Para él, el equipo indispensable consiste en un machete para despejar el camino y una bebida para mantenerse hidratado, eso es todo.

Aníbal Pérez, el guía local de las ceibas barrigonas. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Aníbal Pérez, el guía local de las ceibas barrigonas. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Bajo su guía iniciamos una nueva caminata. Al principio avanzamos entre árboles de cacao criollo que nos regalaban una sombra generosa. Cruzamos una pequeña quebrada de aguas cristalinas y seguimos un sendero acompañado por el canto de los pájaros.

Poco a poco el entorno cambió. Los árboles desaparecieron. La tierra se volvió más seca. Las piedras comenzaron a dominar el paisaje. Y el calor empezó a sentirse con más intensidad.

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Fue entonces cuando Aníbal nos pidió levantar la mirada. Y aparecieron ellas. Las guardianas del cañón. Seguimos avanzando hasta llegar frente a uno de los ejemplares más grandes.

“Esta es la mamá de todas” dijo don Aníbal. Y entendimos por qué estos árboles despiertan tanta admiración.

La 'mamá' de las ceibas barrigonas. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
La 'mamá' de las ceibas barrigonas. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Su tronco es enorme y abultado. Al tocar la corteza se siente áspera y resistente.

Pero lo verdaderamente extraordinario ocurre en su interior. La forma barrigona del tronco es una adaptación que le permite almacenar grandes cantidades de agua para sobrevivir a las prolongadas sequías del bosque seco tropical.

Las ceibas barrigonas son capaces de soportar temperaturas superiores a los 40 grados centígrados en algunos de los terrenos más áridos de Santander.

Además, son árboles pacientes. Aunque las plántulas pueden crecer rápidamente durante sus primeras semanas, una ceiba barrigona puede tardar entre 30 y 50 años en alcanzar la madurez. Algunas de las que hoy sobreviven en estos cañones superan los cien años de vida.

Las gaurdianas del Chicamocha. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Las gaurdianas del Chicamocha. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Sin embargo, su futuro es incierto. La especie está catalogada en peligro de extinción por el Ministerio de Ambiente y por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Las amenazas son varias: el cambio climático, las alteraciones en los ciclos de lluvia, la pérdida de hábitat, la extracción ilegal y algunas actividades ganaderas.

Pero existe un enemigo inesperado: las cabras. Aunque hoy parecen parte natural del paisaje, en realidad fueron introducidas durante la época de la colonización española.

Y tienen un impacto silencioso sobre las ceibas barrigonas. Cuando los frutos maduran y las semillas germinan, nacen pequeñas plántulas que representan el futuro de la especie. Sin embargo, muchas de ellas terminan siendo consumidas por las cabras antes de lograr desarrollarse.

Los árboles adultos siguen resistiendo. Pero cada vez nacen menos herederos.

La ceiba barrigona de cerca. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
La ceiba barrigona de cerca. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Por eso, aunque algunas ceibas han logrado sobrevivir durante más de un siglo, la regeneración natural de la especie se ha vuelto cada vez más difícil. Allí nace la importancia de su preservación.

Y así emprendimos el regreso, las ceibas quedaban atrás, inmóviles sobre las montañas. Árboles capaces de almacenar agua. Sobrevivientes de un ecosistema extremo.

Ceiba barrigona: un árbol resiliente. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Ceiba barrigona: un árbol resiliente. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

Y también un recordatorio que algunas de las mayores maravillas del mundo no están en selvas lejanas ni en parques famosos. Están aquí, en Santander. Aferradas a las rocas, resistiendo el calor, observando el paso de los años y esperando que aprendamos a protegerlas antes de que desaparezcan.

Porque si algún día las ceibas barrigonas desaparecen, el mundo entero perderá una especie. Pero Santander perderá un árbol que tuvimos el privilegio de ver nacer y crecer solo aquí.

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