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Lunes 27 de julio de 2026 - 05:39 AM

Ese día algunos murieron dos veces: hace 33 años, un carrobomba causó horror en Barrancabermeja

Un vehículo con 100 kilos de dinamita en el baúl, fue interceptado por la Policía en Puerto Araújo, Santander. Nadie ha dicho para qué sería, pero venía para Bucaramanga.

Las lenguas de llamas obligaron a pedir ayuda al Departamento de Contraincendios del complejo industrial de Ecopetrol. Entre todos consiguieron controlarlas, pero nadie podía apagar el desconcierto, el drama, el desasosiego.
Las lenguas de llamas obligaron a pedir ayuda al Departamento de Contraincendios del complejo industrial de Ecopetrol. Entre todos consiguieron controlarlas, pero nadie podía apagar el desconcierto, el drama, el desasosiego.

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A las diez y cuarenta y cinco de la mañana del miércoles 10 de febrero de 1993 el calor empezaba a levantarse como la hornilla a la que recién le ponen el fósforo para encender la estufa. El mismo sopor de siempre, que parece cocer a baja intensidad los residuos que de vez en cuando eructa esa tierra oleosa donde de manera permanente huele a aceite quemado, a gasolina y río, sí, porque el Magdalena jamás se hadejado robar su protagonismo en Barrancabermeja.

A esa hora, un Chevrolet Impala modelo 1960 esperaba con el capó abierto en un taller de mecánica. Era un clásico, un automóvil viejo, pero arreglado, que había recorrido cientos de kilómetros llevando escondido un rugido capaz de partir la historia del puerto, de cualquier lugar en el mundo.

Horas antes, sobre la carretera que conduce al corregimiento El Centro, aquel Impala, de placas AB-1523, sufrió una avería mecánica cerca del kilómetro 11. Son tantos vehículos los que deambulan por allí que aquella varada era más que normal: ocurre todos los días en las carreteras del Magdalena Medio: un vehículo detenido, hombres preocupados con la necesidad de una grúa, escudriñándole el alma a aquel portento mecánico con más de 30 años de rodadas encima.

Hasta que consiguieron el remolcador. El automóvil fue halado hasta Barrancabermeja. Un desarreglo más que no generó sospechas. Era apenas otro carro averiado entrando a una urbe acostumbrada al ir y venir de camionetas petroleras, buses, motocicletas y camiones cisternas.

Su destino fue el Taller Fullton, entre el sector conocido como As de Copas y Tiburón.

Allí, bastó con la estacada del guinche para que los mecánicos comenzaran a hacer lo que mejor sabían: escuchar -como médico con estetoscopio en el pecho de un enfermo- el ruido del motor, buscando el origen de la falla, revisando cables, aflojando tornillos, mirando debajo del chasis. Alguien descubrió un corto circuito en el sistema eléctrico. Después apareció una pequeña llama. Luego algo humeó atrás. Nadie gritó.

Todavía era un incendio de esos que suelen apagarse con una manta, un balde de agua o un extintor.

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Para evitar que el fuego alcanzara el taller, empujaron el automóvil hasta la zona de lavaderos.

Fue el último esfuerzo de quienes intentaron salvar un carro sin saber que en realidad se acercaban a un tronido infernal: el estallido de aproximadamente cincuenta kilos de dinamita.

Pasaba un sepelio

Ya no hubo tiempo para comprender. La explosión se sintió como el bramido de un dinosaurio rex, la bocanada de un volcán.

El bufido atravesó cuadras, hizo temblar ventanas, levantó una nube de polvo, hierro, ladrillo… fuego. Durante unos segundos nadie entendió qué pasó. Después comenzaron los gritos.

Justo en ese instante por el frente del taller atravesaba un cortejo fúnebre camino al cementerio municipal.

La muerte, que ya viajaba en ataúd, se encontró con otra que llegó agazapada en un automóvil.

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Los dolientes fueron alcanzados por la onda explosiva. Algunos cayeron sobre el pavimento. Otros quedaron aturdidos entre vidrios, láminas retorcidas y humo. El sepelio se convirtió en una despedida de guerra. Doble entierro; aquel muerto ‘murió’ dos veces.

Los mecánicos desaparecieron entre los escombros. Los vecinos corrieron sin saber hacia dónde ni por qué. Quienes estaban más lejos escucharon primero el trueno. Los de más cerca sintieron el golpe del aire antes del sonido, como el resoplido de un gigante invisible.

Cuando el hongo de humo empezó a disiparse apareció la dimensión de la tragedia: diecisiete personas habían muerto. Veintisiete más estaban heridas.

Había cuerpos en hileras, como un apocalipsis zombi.

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Los hospitales comenzaron a recibir ambulancias, camionetas particulares y vehículos improvisados para transportar heridos. En el Hospital Integrado San Rafael los médicos dejaron de preguntar nombres y empezaron a evaluar respiraciones.

En la Clínica Primero de Mayo del Seguro Social y en la Policlínica Ismael Darío Rincón de Ecopetrol las salas de urgencias se llenaron de quemaduras, fracturas, amputaciones y cuerpos cubiertos de polvo gris revuelto con hemoglobina, todos tenían un tenue color carmesí.

Uno de los pacientes fue remitido a Bucaramanga con fracturas, quemaduras y una esquirla incrustada en un ojo.

Mientras tanto, los bomberos combatían las flamas que amenazaban con extenderse por el sector. Las lenguas de llamas obligaron a pedir ayuda al Departamento de Contraincendios del complejo industrial de Ecopetrol. Entre todos consiguieron controlarlas, pero nadie podía apagar el desconcierto, el drama, el desasosiego.

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Las primeras listas empezaron a circular escritas a mano. En ellas no aparecían solamente nombres. Había oficios: soldadores, conductores, pintores, tuberos, mecánicos, un lavador de carros, un carpintero… un muchacho de quince años que ayudaba en trabajos de soldadura. Un niño de nueve; hasta un hombre sin nombre, registrado apenas como N.N.

También estaban Raúl Carpio Agudelo, dueño del taller; su hijo Omar Carpio Galván, y Teresa Mejía, la secretaria que aquella mañana había ido a trabajar.

Cada nominación vociferada por los medios que bullían con la ‘chiva’, llevaba la catástrofe a alguna casa que esperaba noticias. Una madre. Una esposa. Un hijo. Un vecino que todavía confiaba en que hubiera un error en la lista. Para algunos sí, para otros no.

Los hospitales corrían recibiendo pacientes, las autoridades llegaban al sitio de la tragedia.

El comandante de la Quinta Brigada, Ricardo Emilio Cifuentes Ordóñez, recorrió los restos del taller junto con funcionarios civiles y militares. El alcalde Elkin Bueno Altahona -en una de sus primeras veces como mandatario porteño- convocó un consejo extraordinario de seguridad y decretó duelo municipal.

La explosión se sintió como el bramido de un dinosaurio rex, la bocanada de un volcán. El bufido atravesó cuadras, hizo temblar ventanas, levantó una nube de polvo, hierro, ladrillo… fuego.
La explosión se sintió como el bramido de un dinosaurio rex, la bocanada de un volcán. El bufido atravesó cuadras, hizo temblar ventanas, levantó una nube de polvo, hierro, ladrillo… fuego.

¿Por qué tenías que morir?

Hubo de todo en ese momento donde poco se piensa, solo se reacciona, pero nadie tenía respuestas. ¿Quién había llevado aquel carro? ¿A quién iba dirigido? ¿Por qué terminó explotando precisamente allí? Y hasta el más doloroso de todos los cuestionamientos, el que hace un allegado ante la inexplicable partida trágica de uno de los suyos: ¿por qué tenías que morir?

Los investigadores encontraron una primera respuesta parcial. Todo indicaba que el automóvil no había llegado al taller para detonar en ese lugar. La avería de mecánica obligó a detener el recorrido y el corto circuito activó de manera accidental la carga explosiva.

Si esa hipótesis era cierta, el Taller Fullton nunca fue el objetivo. Fue una estación inesperada en el camino de la tragedia.

Ese mismo día coincidían en Barrancabermeja el presidente de Ecopetrol, Juan María Rendón Gutiérrez, y el ministro de Educación, Carlos Holmes Trujillo. Esa urbe, acostumbrada a convivir con la tensión política y sindical, despertó con una agenda institucional y terminó la tarde contando muertos.

Las voces de rechazo llegaron desde todos los rincones. La Iglesia pidió que el crimen no quedara impune. Los sindicatos condenaron el atentado. Ese mismo día Monseñor Darío Castrillón asumía como Arzobispo Metropolitano de Bucaramanga, ‘compitiendo’ en las portadas regionales con el dolor barramejo.

La Cámara de Comercio habló de una guerra insensata. Las organizaciones sociales reclamaron el derecho a vivir sin miedo.

Nadie defendió la explosión. Todos lamentaron el dolor, hasta César Gaviria Trujillo, quien llegó a la Presidencia de la República, preciso, con los padecimientos que pareciéramos no superar jamás. Con los años, muchos recuerdan únicamente la cifra: diecisiete muertos, veintisiete heridos.

Pero las ciudades nunca lloran por cifras. Lloran por los nombres. Por el soldador que salió temprano de su casa. Por el niño que pasaba en el momento equivocado. Por el mecánico que creyó estar reparando un carro.

Por la secretaria que abrió el taller como cualquier mañana. Por quienes acompañaban un entierro y terminan formando parte de otro.

Aquella explosión no solo destruyó un taller de mecánica. También reiteró un estigma del que no se ha podido desprender esa tierra preñada de riqueza. El país.

Ese día, Barrancabermeja supo con certeza que el terror también podía llegar disfrazado de avería mecánica, remolcado por una grúa, con un capó abierto y la apariencia inofensiva de un viejo Chevrolet Impala que parecía necesitar un arreglo, cuando en realidad llevaba escondida la muerte.

Esa evocación terrorífica reapareció como el flash de una vieja cámara de rollos, como una centella que de manera repentina traza una línea instantánea en el firmamento oscuro. El destello fue similar a los cocuyos que sostenían los policías que interceptaron un Hyundai modelo 2005 a 200 kilómetros de Bucaramanga, destino final de los 100 kilos de dinamita repartidos en 600 tacos de Indugel, también ocultos en el baúl.

La bitácora de aquellos dos viajeros solitarios señalaba que debían entregar la encomienda del diablo en el único lugar donde a veces la brisa huele a cannabis: el Parque Centenario de Bucaramanga.

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