El exalcalde de Bogotá, Jaime Castro, publica sus memorias en el libro “Manojo de Recuerdos”. Reproducimos anécdotas con Gabriel García Márquez, a quien conoció siendo secretario jurídico del presidente Misael Pastrana Borrero.

Publicado por: Alberto Donadío
“Un día me llamó Rafael Naranjo Villegas, secretario general de la Presidencia y me dijo: “Lo invito a un almuerzo con García Márquez”. En la mesa éramos cinco: Fernando Gómez Agudelo, Fernando Restrepo Suárez, Naranjo Villegas, García Márquez y yo. Ya él era un célebre novelista, con una clara posición política de izquierda y su novela Cien Años de Soledad se vendía por todo el mundo. Al final, a la hora del café me dijo:
“Me encabrona que aquí haya presos políticos y quiero donar el premio que me ha dado una universidad extranjera para una ONG que les ayude y preste un servicio de defensoría. Mis amigos me dijeron que no lo hiciera, que estaba loco, que el Gobierno no reconoce la existencia de presos políticos en el país. Mi pregunta es, ¿Le darías personería jurídica a una organización con ese propósito?
Si reúne los requisitos legales yo firmo -le respondí.
Si firmas, el Gobierno reconoce que en el país hay presos políticos -añadió él.
-En Colombia no hay presos políticos -aclaré yo. Hay detenidos porque cometieron delitos políticos, según definición del Código Penal. Preso político es aquel que es detenido por sus ideas, sin fórmula de juicio. En cambio, detenidos por la comisión de delitos políticos son quienes han cometido, pongamos por caso, el delito de subversión y son capturados.
-¿Entonces firmas?
-Claro que firmo.
-El presidente te puede desautorizar -comentó Rafael Naranjo.
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No ocurrió nada de eso. El presidente no me desautorizó y García Márquez no fue declarado loco. Desde ese día fuimos amigos, y compartimos muchas horas y nos contamos muchas historias, que de algún modo nos “emparentaban”, como su llegada a Bogotá, diez años antes que yo, con el mismo propósito: una beca para terminar el bachillerato.

Años más tarde, después del atentado que me hizo el M-19 en 1986 me ausenté del país. Una mañana recibí una llamada de Mercedes Barcha, esposa de Gabo, en la que me dijo, después de los acostumbrados saludos entre nosotros:
-Gabo se comunicó esta mañana desde La Habana y me pidió que te llamara y te dijera: Ya se arregló tu problema.
-¿Cuál problema? -pregunté yo.
-Ah, eso no lo sé, él no me dijo. Y yo no se qué tienen ustedes entre manos -me contestó Mercedes.
-¿Cuándo regresa Gabo a México?
-En una semana -me respondió. Se despidió y colgó.
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Una semana después yo fui a México. Quería hablar con García Márquez. Y entonces me contó que una noche, en La Habana, sostenía una larga conversación con la gente del M-19. Fidel Castro, que acostumbraba a llegar a la casa del escritor a la medianoche y quedarse conversando con él hasta el amanecer, estaba presente. En un momento del diálogo tuvo que ausentarse para atender una llamada, y al regresar al salón, la conversación había subido de tono, pues García Márquez les había dicho: “Ustedes cometen un crimen atentando contra Jaime Castro”. Sin mediar palabra, Fidel lo secundó: “Yo estoy de acuerdo con Gabriel. Nada contra Jaime Castro. Lo conozco. He conversado con él. Es un demócrata que quiere la paz”. Alguien del grupo se atrevió a preguntar: ¿Es una orden? “Sí”, respondió golpeando la mesa con el puño. “¡Es una orden!”.

Mi fraternal amistad con Gabo, que me había llevado a Estocolmo a la recepción del Premio Nobel como uno de sus invitados, me daba un nuevo fruto, el regreso a Colombia.
Concluida la Asamblea Nacional Constituyente, se presentó casi a renglón seguido la elección de alcalde para Bogotá. Una encuesta incluyo mi nombre en una lista liberal de posibles candidatos. Éramos seis: Antonio Galán, Enrique Peñalosa, Saulo Arboleda, Jorge Muñoz, María Paulina Espinosa y yo.
Por esos días García Márquez llegó a mi oficina:
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- Supe que estás de candidato para la alcaldía. Me parece muy bien, porque tú eres el que más sabe. Te quiero apoyar y contribuir a tu campaña. Pero no me pidas que asista a cocteles, ni a salir en fotos. Tampoco voy a firmar manifiestos de intelectuales brindándote el apoyo. Tampoco te voy a dar plata.
- Me tomas por sorpresa. Gracias por tu oferta de ayudarme, pero no veo qué cosas distintas puedas hacer.
- Si no sabes qué necesitas, no mereces ser alcalde. ¿Qué pasa con la publicidad? ¿Hay algún afiche, hay algún lema?
- Carlos Duque trabaja en un afiche -dije yo.
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- Llamemos a Duque ahora mismo -propuso Gabo.
- El afiche avanza despacio. Está demorado, fue el comentario de Carlos Duque.
- Mira, Carlos. Hoy es martes, el próximo viernes viajo a México, de modo que el afiche debe estar el jueves, en la tarde. Te esperamos, con lo que tengas.
El jueves en la tarde apareció Carlos Duque con su afiche: “Jaime Castro el alcalde mayor”. ¡Ese es el afiche!, sentenció García Márquez. Si se suprime “el” se puede agrandar el texto, dijo alguien. ¿Qué opina, Gabo?
-A mí no me pregunten. Yo no soy profesor de gramática -exclamó.
Ese fue el afiche: “Jaime Castro el alcalde mayor”.
No me apoyaron los jefes políticos de la ciudad. Fue derrotada la clase política y la maquinaria electoral. Una campaña intensa en la que no pesó tanto lo que dije en esos 40 días, sino lo que había hecho en 20 años de vida pública.















