Antes de convertirse en festival, el jazz en Bucaramanga fue una conversación entre pocos: discos difíciles de conseguir, jóvenes músicos buscando escenario y un almacén que terminó siendo refugio.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
La música nace sin pedir permiso: nace del amor, la alegría y también del horror. El blues nació en la tierra dura del sur de Estados Unidos, memoria de la esclavitud, pero también de la fuerza y la resiliencia negra. El jazz comparte la misma herida, pero absorbiendo también las armonías europeas y la vitalidad de Nueva Orleans. Dos lenguajes para sobrevivir y vivir con belleza: el dolor y la libertad se mezclaron para ser sonido.
Desde Nueva Orleans, a principios del siglo XX, el jazz comenzó a moverse por puertos, discos, partituras y radios. Juan Carlos Garay cuenta que a nuestra tierra llegó por el Caribe y se mezcló con otros ritmos. Enrique Muñoz Vélez, en su libro Jazz en Colombia: desde los alegres años 20 hasta nuestros días, cuenta que los músicos amantes de este sonido se abrieron paso por festivales y ciudades hasta llegar a Bucaramanga.
Eso sí, en nuestras montañas no se puso de moda en seguida: fue hasta 1999 cuando en la Universidad Autónoma de Bucaramanga se puso en marcha una Big Band impulsada por Dmytro Ryeznik: en los atriles, los estudiantes aprendían a tocar una música que terminaría por cautivar a un público fiel.
Sin embargo, ha habido en la ciudad un origen más íntimo y más de calle, una propuesta que ha liderado un fiel creyente de que Bucaramanga es una ciudad musical y culta: Henry Moros.

“Puedo hablar de la historia del jazz de Bucaramanga a partir del año 97”, dice. Fue entonces cuando llegó a la ciudad con un almacén de música dedicado a vender jazz, blues, rock, música folclórica y música clásica y que terminó volviéndose algo más: un punto de encuentro. Hasta allí empezaron a llegar jóvenes músicos y otros muchachos que estudiaban cualquier carrera, pero estaban buscando “sonidos diferentes”. En esas vitrinas había libros de jazz, colecciones enteras, discos que no eran habituales en Bucaramanga. “Empezamos a hacer como una especie de club”, recuerda Moros.
En Café Jazz se reunían a oír rock, jazz y blues, a comentar a Charlie Parker y John Coltrane, a intercambiar discos y revistas, a hablar como hablan los que sienten que están descubriendo una lengua secreta. “Era un club local”, dice, subrayando que la mayoría de quienes llegaban eran bumangueses. El jazz y el blues no era entonces una propuesta cultural venida de afuera: era una curiosidad nacida aquí, entre oyentes que querían apartarse un poco de la radio comercial y asomarse a otros mundos sonoros.
De ese club nació la idea de darles escenario a los jóvenes que ya querían tocar. Henry, gestor cultural y productor radial, veía que los estudiantes de música de la región no tenían dónde mostrar su trabajo ni encontrarse con otros músicos. Así que el festival surgió, además del gusto por el jazz, como una necesidad de circulación y visibilidad.

Moros cuenta que empezaron desde el programa radial El movimiento de la música, impulsado por la Fundación Cultural Café Jazz Producciones y que luego convocaron a muchachos de la ciudad para reunirse los viernes en el salón de música del Instituto de Cultura, en la Biblioteca Gabriela Turbay. “Veíamos cine y escuchábamos jazz en vivo que hacían los chicos”, recuerda. A veces las escenas culturales no nacen con afiches ni reflectores, sino así: con una sala prestada, una radio obstinada y unos estudiantes que todavía no saben que están inaugurando algo.
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Luego vino el trabajo de tocar puertas. Moros recuerda a Alfredo Ortiz, de Casa Cultural Solar, al Museo de Arte Moderno, a Jorge Valderrama Restrepo y a las facultades de música de la UIS y de la Unab. La idea era simple y ambiciosa a la vez: convertir ese entusiasmo disperso en festival. “Regamos la bola y rápidamente se formó el primer festival de jazz y blues de los 15 que llevamos”, dice. Antes hubo unas primeras “paradas” en el Mamb; después llegaron agrupaciones de Bogotá, un músico cubano de paso, ensayos de ciudad. Hasta que El Libro Total abrió sus puertas.
“Hicimos el primer festival, ya fue una locura”, dice Moros. Tres días. Jornadas desde las cinco de la tarde hasta la medianoche. “Quiso tocar todo el mundo. Profesionales, aficionados”. En 2009, por ejemplo, el Festival de Jazz y Blues en el parque San Pío hizo parte de la Feria de Bucaramanga, con cerca de mil espectadores y agrupaciones como M.O.B. Fish Trio, Mr. Clean y Sincopa Jazz Band.

“Bucaramanga tiene un público (para el jazz y el blues), así sea una inmensa minoría, pero tiene un público”. Esa minoría fue la que permitió que una música nacida en la experiencia afroamericana de Estados Unidos encontrara aquí una esquina propia.
“Vemos que hay un movimiento que se puede decir constante”, dice hoy Moros al hablar de los jóvenes talentos que siguen apareciendo. Después de tantos años, esa puede ser la definición más justa: una constancia. Un sonido improbable que, contra todo pronóstico, encontró quién lo escuchara.

Una memoria del jazz en Bucaramanga entre universidades, bares y públicos pequeños
Para el músico Camilo Olivares, hablar del jazz en Bucaramanga implica entrar en una historia fragmentaria, construida más desde la memoria de los músicos, melómanos y gestores que desde archivos formales. No hay, advierte, una fecha exacta ni un registro definitivo sobre la primera agrupación, el primer solista o la primera orquesta de jazz que llegó a la ciudad.
Pero en esa reconstrucción, Olivares identifica algunos momentos clave. Uno de ellos se remonta a la década de los ochenta, después del terremoto de Popayán de 1983. Según recuerda, la afectación sufrida por la Universidad del Cauca llevó a que algunos profesores extranjeros vinculados a la formación musical llegaran a Bucaramanga y se integraran a la Escuela de Música de la UIS. Entre ellos menciona a Janusz Kopytko y Andrzej Lehoczki, maestros polacos que, desde la música académica, también abrieron caminos para el estudio del jazz entre músicos locales.
“Con ellos también empezó a darse el estudio del jazz a los músicos que estaban en esa época estudiando. Muchos músicos pasaron por los grandes contrabajistas que hoy hay en día en la ciudad y que están en la línea del jazz fueron alumnos tanto de Janusz como de Andrzej”, afirma.
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Aunque la historia local del género tiene zonas difusas, Olivares recuerda versiones sobre visitas tempranas de figuras internacionales. Una de ellas sería la del guitarrista Laurindo Almeida, asociado al bossa nova y a lenguajes cercanos al jazz, quien habría pasado por Bucaramanga en los años sesenta y se habría presentado en el Teatro Unión.
“Se habla de un guitarrista de este movimiento del bossa nova llamado un señor Laurindo Almeida que llegó a finales, perdón, a finales de los 50, a principio de los 60, aquí en Bucaramanga y se presentó en el Teatro Unión”, cuenta.
Otro nombre que aparece con fuerza en esa memoria es el de Gary Burton, vibrafonista, director de orquesta y educador estadounidense, cuya presentación en la ciudad durante los años setenta permanece como un episodio casi mítico entre conocedores.
“Gary Burton, que es un vibrafonista del jazz, músico, director de orquesta, educador, estuvo aquí en la ciudad de Bucaramanga y aunque no lo crean se presentó en el Teatro Anáhuac”, recuerda Olivares.
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A partir de los años noventa, el movimiento empezó a tomar una forma más visible. El Festival de Piano, los talleres universitarios, los seminarios de jazz y la presencia de músicos nacionales e internacionales fueron ampliando el espectro de formación y circulación. En ese periodo, según Olivares, llegaron a la ciudad artistas y maestros como Germán Sandoval, Pacho Dávila, Lloyd Marie Parson, Óscar Acevedo, Gonzalo Rubalcaba y Antonio Arnedo.
“Ahí como tal empieza ya a darse esa plataforma para que músicos de jazz empezaran a hacer presencia en la ciudad y empezar a los músicos de la ciudad a interesarse en hacer empezar a crear también este movimiento”, dice.
La consolidación de los programas de música de la UIS y la Unab fue decisiva. Para Olivares, esas dos instituciones permitieron que el jazz dejara de ser solo un gusto de oyentes especializados y comenzara a convertirse en una práctica formativa, con estudiantes, docentes, talleres, ensambles y proyectos propios.
“Con las dos facultades o con las dos escuelas de música de las dos principales universidades importantes de la ciudad, el jazz toma un revuelo muy muy pero muy muy fuerte”, sostiene.
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Pero la escena no se construyó únicamente desde las aulas. También tuvo una vida nocturna y alternativa. En los años 2000 aparecieron espacios como Dixie, Café Jazz y Amus Jazz Cava, donde los músicos podían tocar, presentar repertorios propios y encontrarse con artistas que venían de otras ciudades o países.
“Los músicos ya están interesados, tienen sus propios proyectos, algunos se van a Bogotá a seguir estudiando, otros tienen la oportunidad de salir del país a seguir formándose”, relata.
Olivares también destaca experiencias educativas como AMUS, Aula Moderna de Música, y el Centro de Estudios Musicales de Bucaramanga, CEMB, dirigido por los maestros Irina Sasha y Alexander Solomenyuk. Estos espacios, dice, ayudaron a fortalecer una escena que ya tenía semillas sembradas y que empezó a conectarse con circuitos nacionales e internacionales.
“Eso avivó y ya la semilla estaba regada, estaba plantada y hoy en día ya el movimiento del jazz en la ciudad es muy muy muy interesante y muy importante”, afirma.
Para el músico, el reto de Bucaramanga no está solo en formar intérpretes, sino en sostener escenarios, públicos y circuitos de circulación. El jazz, recuerda, no siempre se mide por multitudes, sino por la persistencia de comunidades capaces de escucharlo, estudiarlo y mantenerlo vivo.














