lunes 06 de julio de 2020 - 7:00 AM

Islas de San Andrés, se hunden en la desolación

Tres días antes de que finalizara 2019, en la peatonal Spratt Bight, el convite de grupos musicales más representativos de San Andrés, Providencia y Santa Catalina desfilaban frente a un mar de gente lanzando al aire sus interminables calypsos, reggaes y soccas. Eufóricos ante la multitud, los artistas vaticinaban un 2020 lleno de ritmos y vida para el archipiélago. Parecía tan fácil de cumplir esa promesa entonces.
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Sin embargo, tres meses después, todo cambió. El 22 de marzo el archipiélago quedó desconectado con el cierre de fronteras, tras cuatro días de salida masiva de turistas, cuya apurada partida dejó al 90 por ciento de la población, que depende del turismo para vivir, mirando hacia el horizonte sin saber qué hacer.

Según cuenta Juan Carlos Osorio, presidente de Cotelco capítulo San Andrés, en los últimos tres años la región había superado el millón de visitantes anuales. El año pasado fueron 1.150.000 turistas, con una ocupación hotelera promedio del 74%, la más alta de todo el país, lo que entrega a este destino el 20% de la actividad turística total del país.

Hasta que todo cesó en marzo, la ocupación hotelera alcanzaba el 76 %, con lo que parecía cumplirse aquel pregón realizado en el ocaso del año pasado.

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Hoy, en contraste, van cerca de 200 establecimientos relacionados con el turismo que cerraron definitivamente, mientras que solo los 44 hoteles afiliados a Cotelco registran pérdidas con corte a mayo de $214.000 millones. Son en total 1.200 entre hoteles, hostales y posadas los que prestan servicio en la isla, en situación similar.

Con cerca de 18.000 empleos en juego y el 60 % de la población dedicada a la informalidad, para Osorio, el archipiélago fijó rumbo, por ahora, al colapso social.

Y mientras estas cifras son el soporte concreto de la realidad que viven los sanandresanos, según dice Cleotilde Henry, raizal y presidenta de la Asociación de Posadas Nativas, existe en el aire cierta inquietud que la mayoría comparte.

“Construimos una forma de vida basada en el turismo y la difusión de nuestras costumbres y nos sentimos orgullos por eso. Pero esta situación nos hace sentir vulnerables porque no tenemos como solucionarnos los problemas. En otros momentos de dificultades nuestra vocación nos sacó adelante. Pero ahora nos sentimos un poco atados de manos”, expresa.

Entre las respuestas del Gobierno se cuentan poco más de 200 toneladas en ayudas, ingreso solidario para 3.400 hogares y $1.615 millones en ayudas..

Esto, sin embargo, contrarresta poco el riesgo en la autonomía alimentaria y el aumento en un 40 % de la canasta familiar. El archipiélago, insiste Osorio, necesita respuestas sui generis del Gobierno, por eso pide, entre otras medidas, la apertura del aeropuerto y líneas de crédito diferencial, con un año de gracia. Esto último es importante porque, según el gremio comercial de la isla, la banca hizo oídos sordos a sus solicitudes al considerarlo sector de alto riesgo.

Aún así, en allí hay quienes prefieren mirar la situación desde el lado de las oportunidades. Leiswel Godoy, director ejecutivo del clúster turístico Seaflower, piensa que este cese temporal permitirá darles un vuelco a varias prácticas que ya advertían la necesidad de cambiarse. “Durante muchos años no tuvimos en cuenta que estábamos generando impactos negativos”.

Por ejemplo, propone Godoy, es imperativo establecer de una vez la capacidad de carga en el archipiélago para reducir el impacto turístico de una zona que es desde hace 20 años Reserva de la Biósfera por la Unesco.

Y de hecho no todo ha sido negativo en la desconexión obligatoria del archipiélago. Según un informe de La Corporación Coralina, la disminución de cargas contaminantes en zonas costeras fue hasta del 100% mientras la vegetación creció de una forma incluso inesperada para autoridades ambientales.

La reapertura, sin embargo, deberá esperar, pues aunque solo hay 5 casos activos de COVID-19 y las autoridades ya postularon tanto al aeropuerto como a sus playas para los respectivos planes pilotos que se adelantan, no hay señales concisas de que el turismo regrese pronto.

La certeza que sí parecen compartir los isleños es su capacidad para tomar nuevamente las riendas de su tierra. La pregunta es, ¿cuánto se deberán hundir antes de empezar a resurgir?

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