Repase la historia de Jorge Ernesto Ramoa, referente del Atlético Bucaramanga.

Es el más argentino de todos, pero algunos insultos le salen con el acento santandereano; su especialidad en el fútbol: echarse los equipos al hombro y voltear resultados adversos; su mayor orgullo, donde su familia está fuera de concurso, fue jugar con Diego Armando Maradona.
Para él, Boca Juniors es como su mamá y el Atlético Bucaramanga se convierte en su esposa, por eso, entre risas, sostiene que sí se puede amar a dos mujeres y dos equipos a la vez.
En la cancha de césped de la sede Campoalegre de Cajasan, en la vía que comunica a Bucaramanga con Piedecuesta, quedamos que conversar con uno de los ídolos de Atlético Bucaramanga: Jorge Ernesto Ramoa.

Lo encontramos sentado a un costado del campo, con sudadera, zapatillas, gorra y camiseta, como entrenador que se respete, conversando con otro director técnico del partido del fin de semana anterior del equipo Delfines, al que dirige e intenta trasladarle su conocimiento como jugador y timonel.
Al vernos, sacó a relucir su amabilidad, se terminó el cigarrillo, al único que no ha podido gambetear, y nos contó detalles de su vida, siempre ligada a un balón de fútbol.
Por muy Buenos Aires
A los cinco años, como cuenta su mamá, el pequeño Jorge dormía abrazado a un balón y, si por error de regalo le daban un carrito u otro juguete, el mal genio afloraba porque el obsequio esperado era una pelota de fútbol.
El balón de transformó en el mejor amigo del ‘Coco’, como cariñosamente le dicen. Se crió en una cuna humilde, pero en la que nunca faltaron los buenos valores, esos que se han ido perdiendo.
La calidad de su pierna izquierda lo convirtieron, muy rápido, en promesa del fútbol, porque marcaba diferencia incluso jugando con niños mayores, a los que dejaba sembrados con un par de enganches o un repentino freno, para que siguieran de largo.
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Jorge nació el 9 de octubre de 1962, en Paternal, el barrio de la cancha de Argentinos Juniors, donde debutó Diego Armando Maradona como profesional. Varias veces lo llamaron para sumarse al ‘Bicho’, pero su padre, muy astuto, le dijo, allá ya tienen el 10 y es Diego.
Jorge, en parte, estuvo a la sombra de Maradona desde muy niño. Siempre lo admiró, desde que lo vio jugar por primera vez, él con 10 años y el astro del fútbol Mundial con 12.
El destino los uniría años después en Boca Juniors, donde Maradona comandó el título de 1981 de la Liga de Argentina y Ramoa era emergente.
A Jorge lo invade la nostalgia de aquellos años, al sostener, sin ningún tipo de dudas que: “el honor más grande de mi carrera es haber jugado al lado de para mí el más grande jugador de todos los tiempos”.
El ‘reproche’ que mantiene 40 años después
Pero estar al lado de Maradona también le significó ser suplente, no había de otra, y después ya sin ‘El Pelusa’, que fichó por el Barcelona de España, vivió una frustración que 40 años después aún le carcome la cabeza.
Pocos tienen el valor de reconocer errores o aceptar que no llenaron las expectativas, pero Ramoa hace parte de un reducido equipo donde no hay temor en admitir, por ejemplo, que no fue capaz de retribuir esas expectativas que depositaron en él, y terminar simplemente como gran promesa de Boca Juniors y del fútbol argentino.

En ‘El Xeneize’ no logró brillar, salvo algunos encuentros, pero sí le cumplió el sueño a su padre, quien luego de su estreno le confesó que se podía morir tranquilo porque lo vio jugar con la camiseta de Boca, el club de sus amores.
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El renacer futbolístico de Ramoa
Luego de varios años lejos de la titularidad en Boca, encuentra el renacer futbolístico en Estudiantes de Buenos Aires, de la Segunda División.
Allí, ya más maduro, tuvo seguramente los mejores años futbolísticos de su carrera.
En Colombia, el poderoso América de Cali de la década de 1980 se interesó en él y lo fichó. Con el dinero, Estudiantes pudo construir la tribuna oriental de su estadio, un dato no menor, porque allá las huellas de sus golazos y jugadas antológicas no se borran con el paso del tiempo.

Fue a préstamo al Pereira en 1987 y en 1988 aterrizó en el Atlético Bucaramanga, que se ha convertido en una escuadra dulce para los argentinos, entre ellos Américo Montanini, Norberto Juan Peluffo, Roberto Pablo Janiot, Hugo Sgrimaglia Miguel Oswaldo González, Juan Carlos Díaz y Fabián Sambueza.
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Inmediatamente, su calidad salió a relucir y a punta de goles, asistencias y gambetas enamoró a los hinchas búcaros. El equipo no clasificó a fases finales y él tomó un nuevo rumbo, luego de que el América lo cediera al Unión Magdalena.
En ‘El Ciclón’ también se lució y, vistiendo la camiseta samaria, se dio cuenta que su lugar en el mundo estaba en Bucaramanga.
“Vine a enfrentar al Bucaramanga y desde que llegué al aeropuerto, el recibimiento de la gente fue muy lindo, me pedían fotos; cuando llegué al hotel había muchísima gente, me esperan para saludarme, para tomarse una foto, lo mismo en el estadio, cuando salí a la cancha los hinchas me aplaudían, entonces ahí realmente me di cuenta que yo había dejado algo en Bucaramanga y sentí la conexión con la gente”, indicó Jorge, mientras no pierde detalle del entrenamiento de la categoría Sub-20 de Delfines.

Pasó a Millonarios, sin demasiado suceso y regresó al club ‘auriverde’, donde escribió páginas gloriosas con su prodigiosa pierna izquierda, que lo catapultaron al rótulo de ídolo.
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Se convirtió en ídolo de Atlético Bucaramanga
Se especializó en echarse el equipo al hombro en los momentos difíciles, varias remontadas comandó, en buena parte, porque con el entrenador ‘Tucho’ Ortiz adquirió mayor ímpetu para ser líder y no solo aportar en ataque, sino también en marca, tirándose al piso para recuperar el balón, como un ‘5′ más.
Ese rol de caudillo se evidenció cuando fue jugador y director técnico a la vez.
Goles a Cúcuta, Nacional, Millonarios, América y a todos los grandes aún están en la memoria de los hinchas de aquellos años, quienes han transmitido de generación en generación las gestas de Ramoa y esa efectividad para convertir de tiro libre y hacer goles olímpicos.

Como aquella heroicidad de 1995, cuando un año antes ‘El Leopardo’ descendió, pero él rechazó ofertas de otros clubes y se quedó para dejar al club en la máxima categoría.
Jorge, quien confiesa que su fútbol era muy parecido al de Juan Fernando Quintero, pero con más gol, no pierde la esperanza de volver al Bucaramanga, al que sueña con dirigir; mientras tanto se sigue preparando y analizando partidos en Tiro de Esquina, donde ahora es el 10 del comentario, al lado de los relatos de Arturo Pineda: una dupla que acapara la sintonía en los duelos del ‘Leopardo’.
Distingue que sus mejores socios en la cancha fueron Jesús ‘El Kiko’ Barrios y Pedro Manuel Olaya.

Si de jugadores santandereanos se trata, para él Sherman Cárdenas y Miguel Balaguera han sido los mejores, tomando cierta delantera el surgido en Floridablanca.
Américo Montanini, el ídolo máximo del Atlético, se convirtió en un amigo y figura paternal, prueba de ello la camiseta que Jorge le regala, en la obtención del título de la B en 1995.
Se conmovió con la primera estrella del Atlético Bucaramanga y se le llena la boca de orgullo cuando habla de su esposa, dos hijos y nieta, quienes son los mejores goles de su vida.

Así mismo, el sentimiento lo aturde con el cariño que le transmite el hincha del Bucaramanga, a quien espera brindarle más alegrías como entrenador, oportunidad que aguarda para más adelante, porque ahora entiende que de la mano de Leonel Álvarez el club va por buen camino, incluso, para su exquisito paladar futbolístico le agrada más que el conjunto de Rafael Dudamel, el artífice de la primera estrella.














