Hace 30 años se vivió un apagón por 11 meses en Colombia por el fenómeno de El Niño, hoy se vuelve a hablar de este tema por la sequía que se avecina, los temores de la regulación de los servicios públicos por el presidente Petro y la incertidumbre del mercado por la poca seguridad de la canasta energética.

Publicado por: Miguel Orlando Alguero
11 meses duró el racionamiento de energía eléctrica, que terminó en febrero de 1993 en Colombia, con cortes de luz de hasta 10 horas diarias. Hoy, 30 años después, se reaviva en el país el ‘fantasma’ del apagón.
Entonces se aprendieron lecciones, incluso en la forma de comunicarnos y consumir información, y de ahí se transformó el sector de servicios públicos, con la creación de la Comisión de Regulación de Energía y Gas (Creg).
Ahora, los gremios de esta industria advierten la posibilidad de un apagón en caso de que la fijación de tarifas por el Gobierno Petro no se haga de manera técnica, ahora que asumió las funciones de regulación de servicios públicos. En ese sentido, los expertos insisten en la necesidad de conocer la historia y aprender de ella, para no volver a repetirla, ‘ad portas’ al fenómeno de El Niño y los incumplimientos de obras en generadoras, como el caso de Hidroituango.
¿Qué pasó hace 30 años?
La economista e historiadora María del Pilar López, doctora en Desarrollo Económico e investigadora de la Universidad de Los Andes, explica que desde los años 70 y 80 en Colombia las compañías eléctricas eran totalmente públicas y politizadas, por eso el sector energético dependía del Gobierno y una buena parte del déficit era por esta industria.
López recuerda que las tarifas eran fijadas por una junta con más criterios políticos que técnicos y con tarifas congeladas desde 1985. “El discurso del Gobierno en ese momento era (a partir) de un año en exceso de capacidad de generación, lo que se tradujo en menores proyectos de inversión y en retrasos en otros, como el caso del Guavio”.
En resumen, un sector eléctrico que dependía mucho del Estado, politizado y con mucha deuda. “Esto hizo que nuestra capacidad de generación hidráulica y térmica fuera limitada. Suplía demanda, pero no se pensaba en invertir o actualizar para expandir oferta. Incluso, el Gobierno le exigía a los operadores metas de corto plazo para mejorar indicadores financieros”.
¿Qué hicieron los operadores del sistema? La académica responde que utilizar al máximo fuentes hidroeléctricas porque tienen menos costos operativos, lo que facilitó mostrar mejores números más rápido.
“Hasta ahí todo normal. Entonces, qué desencadenó entonces el apagón del 92/93. Algo llamado el fenómeno de El Niño. Estos problemas se habían mantenido por años, pero la larga sequía hizo explotar el problema. No se ahorraron reservas de agua en épocas de sequía y la poca capacidad y uso de fuentes térmicas nos llevaron a un apagón, que solo mejoró cuando volvieron las lluvias”, rememora López.
Por su parte, Luis Eduardo Jaimes Reátiga, magíster en Ingeniería Química de Massachusetts University y profesor del programa de Ingeniería en Energía de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, narra que para el año del ‘apagón de Gaviria’, era estudiante de la UIS y le tocaba levantarse temprano cuando tenía una clase. “Supuestamente eran las 6:00 a.m., luego se volvió a las 5:00 a.m., pero realmente tocaba levantarse a las 4:00 a.m.”.
En el ámbito familiar, el profesor Jaimes recuerda que en su casa hacían reuniones donde estaban todos reunidos después de las 6:00 p.m. o 7:00 p.m., alrededor de una mesa para hablar de lo que pasaba en el país.
En su concepto, fueron tres situaciones fundamentales que llevaron al apagón: uno, por supuesto El Niño, que fue muy intenso para la época. Dos, la infraestructura eléctrica que se tenía en ese momento no poseía la capacidad para soportar ese racionamiento de las centrales hidroeléctricas, es decir, una caída promedio de 25 % o 30 % de sus embalses, y suplir esa energía.
“No teníamos esa infraestructura. Por ejemplo las térmicas no daban y no teníamos más allá de petróleo y gas, entonces la capacidad era deficiente para sustituir en ese momento a las hidroeléctricas, que son las que siempre han aportado al país la energía eléctrica. Tres, lo que pasó con la hidroeléctrica El Guavio, que incidió en esa deficiencia y fue conocido como un escándalo”, reseña el magíster.
Aprendizajes
Sobre lo anterior, Johan Mauricio Caldas, abogado y economista, profesor de la Universidad de La Sabana, señala que de esta experiencia quedaron aprendizajes.
“El apagón del 92 y 93 dejó en evidencia una mala decisión administrativa por una empresa controlada por el Estado, que violó la contratación de 72 personas. También evidenció una falta de claridad en las políticas energéticas del país, no hubo unos marcos jurídicos claros que garantizaran el servicio. Además, demostró que el Estado en algunas ocasiones no tiene las capacidades administrativas y técnicas para cubrir la demanda de servicios públicos y que es necesario darle la participación a privados para que entren a estos ejercicios”, asevera el docente.
A renglón seguido, sostiene que ese apagón reveló que los privados podrían ayudar a una prestación efectiva del servicio y trajo cambios como una política energética clara, con normas sólidas para el sector, que no dependía de los gobiernos de turno.
Todo esto, según Jaimes, demostró que el país no estaba preparado, ni el mismo Gobierno. “Después de esa crisis energética se dio a conocer más el tema del fenómeno de El Niño, que no era no era tan conocido en Colombia”.
“El país ha tenido unos embates por el fenómeno de El Niño. Y con base en la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, estos eventos climatológicos son más periódicos y consecuentes. Cuando se habla de fenómenos bastante fuertes se refiere a ‘Superniños’ porque las temperaturas del Pacífico suben un poco más de lo normal. Por ejemplo, un Niño tradicional sube hasta uno o dos grados, mientras que los ‘Superniños’ ascienden a tres o cuatro grados la temperatura de las aguas de la superficie del Pacífico”, explica el académico Jaimes.
Rememora que en el 2016 hubo fuertes picos de El Niño y agregó que, con base en sus estudios, este fenómeno se da cada diez años, pero en los últimos 40 años se ha ido reduciendo y ya se habla de periodos de siete años.
“Siguiendo el historial de este fenómeno se esperaba que entre cinco y siete años apareciera de nuevo El Niño. Entonces, si tomamos la referencia del 2016, se esperaba que apareciera entre 2021 y 2023. Lo más probable es que en este 2023 sea el año en que El Niño aparezca, porque viene precedido de un fenómeno de La Niña muy fuerte en todo el 2022. Y está comprobado que El Niño se da en la misma intensidad que La Niña y en extensión más largo”, puntualiza Jaimes.
Según predicciones del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), se estima que la fase inicial de El Niño inicie durante el trimestre de junio a agosto de 2023 y se extienda durante todo el segundo semestre del año, siendo las regiones Caribe y Pacífico las que más probabilidades tienen de presentar sequías.
“La probabilidad preliminar de que inicie este fenómeno a mitad de año es de 49 % y de que persista hasta el trimestre octubre - diciembre es de 62 %”, explicó Franklyn Ruiz, profesional especializado de la subdirección de Meteorología de Ideam.
Con estas experiencias, según el profesor de la Unab, se evidencia que las centrales hidroeléctricas no tienen un respaldo seguro de las centrales térmicas, ya que estas no dan con la capacidad por su infraestructura.
Y es que el fenómeno de El Niño tiende a reducir las lluvias con respecto a los promedios climatológicos normales, esto trae como consecuencia, en sus más altos picos de intensidad, sequías en diferentes regiones del país que afectan los embalses, donde se genera la energía eléctrica.
No el olvidar el 2016
El profesor del programa de Ingeniería en Energía de la Unab advierte que el 2016 el país también pasó por un momento crítico y casi también se va al apagón.
“A partir de ahí hemos hecho seguimiento profundo a la relación del fenómeno de El Niño con el mercado energético. Incluso se hizo una investigación para una prospectiva energética para Colombia 2050, en la que propuse a la energía nuclear como una opción para la canasta energética del país, como un respaldo”, dice Jaimes.
El docente insistió en que Colombia no tiene ese ‘respaldo energético’ porque la mayor parte de su canasta depende de la energía hidroeléctrica. Eso lo demostró el apagón del 92/93 y la crisis del 2015/2016, cuando se presentó El Niño más intenso.
De este total, el 85,98 % de la generación correspondió a recursos renovables y el 14,02 % restante a recursos no renovables.
Dentro de las renovables, la fuente de energía con mayor contribución fue la generación hidráulica (embalses) con 97,30 %, equivalente a 180.620 gigavatios-día promedio, para un aumento de 2,16 % en comparación con diciembre de 2022.
De acuerdo con las estimaciones del docente de la Unab, a Colombia en el 2016 El Niño le costó $1,7 billones.
Asegura que los hechos de la central de Hidroituango, la cual no arranca y lleva años atrasada, es una situación similar de lo que pasó con la central de El Guavio.
“Es decir, El Guavio del 92 ahora es el Hidroituango del 2023. Parece que estuviéramos en la década de los 90 o repitiendo la historia y se acerca nuevamente El Niño”, explicó el docente.
Con base en esos pronósticos, el académico Jaimes se pregunta: ¿cuánto serán capaces de resistir las centrales hidroeléctricas para poder suministrar la energía a Colombia?
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¿Qué pasa con la regulación de servicios públicos?
El abogado y economista Johan Mauricio Caldas, profesor de la Universidad de La Sabana, afirma que el hecho de que el presidente Petro asuma las funciones de regulación de servicios públicos no significa por sí mismo que se generen peligros para la estabilidad energética y que eso confluya en un apagón.
Esto “siempre y cuando este ejercicio del presidente obedezca a criterios técnicos, objetivos y que preserve la libre competencia, la autonomía administrativa de las empresas, la seguridad jurídica para los inversionistas y garantizar el servicio”. El presidente Petro debe “mantener la objetividad y la técnica a la hora de promulgar los diseños normativos para los servicios públicos”, asevera Caldas.
Natalia Gutiérrez, presidenta de Acolgen, gremio de las generadoras de energía eléctrica, insiste en que las reglas de juego deben ser claras.
“¿Por qué hablamos tanto de inversiones? En este sector las inversiones son de largo aliento, es decir, no se está pensando en la inmediatez, sino en suplir la demanda de energía de 3,5 años a 20 años. Necesitamos invertir, de aquí a 2029, entre $16 billones y $21 billones para atender el crecimiento proyectado de la demanda”, explica Gutiérrez.
Aclara que desde el 2026 en adelante el margen entre energía firme (mínima energía durante las sequías) y la demanda media estará en negativo. Esto quiere decir que, si no se tienen nuevos proyectos para entonces, se podría tener riesgo con el suministro de energía para el país.
Por eso, el académico Caldas advierte que de darse un apagón los efectos serían incalculables porque ahora la población depende mucho de la energía para sus actividades diarias, el desempeño de bienes y servicios básicos, bancarios, educación y trabajo. “Esto tendría un efecto negativo para la economía y los hogares”.
Alfredo Álvarez Orozco, director de la Facultad de Comunicación Social - Periodismo de la UPB, seccional Bucaramanga, considera que el apagón fue un momento particular para los medios de comunicación en Colombia porque modificó muchos hábitos en la sociedad y planteó nuevos productos y contenidos, que hoy en día se mantienen.
“Un hábito que cambió fue el de la escucha de la radio. En Colombia, históricamente, este medio se escucha de manera masiva en las mañanas, pero cuando llega el apagón, la mayoría de las poblaciones experimentaron racionamientos desde las 4:00 p.m. hasta las 10:00 p.m., entonces Caracol Radio en el 92, con el propósito de acompañar a las familias en esas horas oscuras, crea el famoso programa La Luciérnaga... Este se pensó en un principio solo para el apagón que terminó en febrero del 93, pero 30 años después este espacio radiofónico sigue al aire y la tarde se convirtió en una franja de mucho consumo”, indica Álvarez.
Otra modificación, según el director, fue la parrilla de programación de los canales de televisión porque la franja de mayor audiencia coincidía con los apagones. “Los dos canales de televisión pública tuvieron que transformar sus contenidos del ‘prime time’. Por ejemplo, en el 92 la telenovela de mayor rating, producida por RTI, fue En Cuerpo Ajeno, protagonizada por Amparo Grisales. Y esta telenovela se emitía a las 8:00 p.m. y cuando arranca el apagón la movieron para las 10:00 p.m.”.
Para Álvarez, es difícil que se vuelva a repetir la situación del 92/93 porque quedó en evidencia los retrasos del país en desarrollo e infraestructura. “Colombia ha avanzado en estas tres décadas y ante una crisis climática hay otros recursos y tecnologías para afrontarla”.
Energía nuclear como alternativa
El docente Jaimes reitera que Colombia no tiene seguridad energética porque esta está basada en 65 % en promedio de la generación eléctrica, que proviene de las centrales hidroeléctricas. “Esto es un avance bueno en el sector renovables, incremento del 8 %”. Y las térmicas están en promedio en 25 %, que suplen a las primeras.
“Si hay una disminución del 30 % de la generación de las hidráulicas, no tenemos la infraestructura de las térmicas para su sustituir en la actualidad y ampliar la capacidad”, proyecta el profesor de Ingeniería en Energía.
Asegura que los países que tienen su canasta energética reducida son los de alto mayor riesgo de impactos porque hay menos confianza para la generación, como Colombia o Costa Rica, que manejan hidroeléctricas, fósiles, solar, eólica y biomasa.
“Mientras que si uno mira países como los nórdicos o Estados Unidos tienen una canasta energética más completa o diversa porque tienen de todo, desde hidrocarburos hasta nuclear... Estas son menos impactadas por efectos climáticos como El Niño”.
Por tanto, Jaimes propone que Colombia en su transición piense más allá del hidrógeno y se enfoque en tener generación a partir de energía nuclear. “Esto nos daría un respaldo bastante robusto en comparación con las centrales hidroeléctricas. Por ejemplo, la de Hidrosogamoso ahora está en 800 megavatios, pero un solo reactor nuclear de última generación alcanza un gigavatio”.
El docente de la Unab dice que el área ocupada por una central es mayor al de un reactor y la confiabilidad favorece más a la generación nuclear por su respaldo a la transición por bajas emisiones.

















