n grupo de estudiantes de filosofía de la UIS asistieron el año pasado al XVI Congreso Interamericano de Filosofía en Sinaloa, México, y durante dos meses mostraron su trabajo académico y su obra de danza-teatro 'Cocorota guaicaní', acerca de la resistencia guane frente a la conquista española.

Publicado por: BRAULIO MANTILLA
En el micromercado de los tradicionales almacenes Oxxo de México, se hablaba sobre brujas, la llorona y todas esas leyendas que se heredan en las diferentes regiones, latitudes y culturas del mundo, mientras la administradora y sus empleados continuaban atendiendo a los clientes en medio de variados productos clasificados por el infrarrojo del escáner y las inquietudes y preguntas del nuevo vecino, sobre las costumbres, productos y moneda extranjera, mientras este ojeaba algunas revistas y periódicos junto a la registradora, hasta que las manecillas marcaron la hora del recogimiento.
Una semana antes, el trío de colombianos conformado por Aída Ruiz, Braulio Mantilla y Laura Juliana Núñez, después de 17 horas de viaje por tierra, y de dejar atrás a una de las ciudades más grandes del mundo, el populoso "D.F", se aprestaba a registrarse en el Congreso Interamericano de Filosofía en Sinaloa, México, y a recibir, posteriormente, cerca de quince volúmenes con las memorias del congreso y textos de los autores más destacados de la filosofía actual.
Los colombianos, estudiantes de Filosofía de la UIS, pudieron beneficiarse con los temas, los contactos, las confrontaciones y las publicaciones, y a la vez ofrecieron dos conferencias sobre Shakespeare y una desde Foucault sobre la escena, así como la presentación de una obra de danza-teatro sobre los guanes: 'Cocorota guaicaní', que días después mostraron en la famosa Unam y en la "casa del lago" de Chapultepec. Asimilaron las inquietudes académicas e interactuaron con personalidades que solo habían podido conocer a través de textos, como Carmen Trueba, Mauricio Beuchot, Jaime Labastida, Juan Carlos Ayala y Carina Yoris, y colombianos como Guillermo Hoyos y Margarita Cepeda.
Los días no pasaron en vano, y luego de visitar algunas otras regiones, entre ellas Tepoztlán, Teotihuacán, Cuernavaca y Chapultepec, se resignaron a oír continuamente ese sonido chillón que cada cierto tiempo atravesaba las noches en la bohemia local, el 'Hipódromo de la Condesa', en el DF. Era un sonido muy extraño, fuerte, agudo, que a veces erizaba la piel, pero en el micromercado Oxxo les hicieron saber que no se trataba de ninguna bruja ni cosa parecida. Llamaron al vendedor ambulante que empujaba un pequeño horno rodante, que de vez en cuando dejaba salir por su chimenea un silbido a la manera de un tren de vapor. Les sirvieron un sugestivo camote asado, "que era algo así como un tubérculo con apariencia de nada...", de color naranja, regado con leche condensada y pimienta.















