Cultura
Sábado 24 de septiembre de 2011 - 12:00 AM

Las trampas de la fe

Decidí, entonces, recibir la propuesta escénica como cualquier espectador promedio que tan solo recuerda el famoso verso de la poetisa: “Hombres necios que acusáis…”.

Las trampas de la fe (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)
Las trampas de la fe (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: CLARA M. GUERRERO

A fin de cuentas, una obra de teatro debe ser completa y autocontenida, es decir, todo lo necesario para apreciar sus valores debe estar presente en la función, pues el público –en especial el público bumangués– no tiene más que una oportunidad para interpretar el hecho teatral.

Al entrar al auditorio, me alegró encontrar una ambientación sonora y olfativa que nos sumergía en el ambiente de la pieza. El incienso y la música dodecafónica nos hablaron de un espacio católico, sagrado, pero a la vez misterioso, peligroso y confrontante

Esta percepción fue confirmada por la imagen escénica del templo piramidal sugerido con cuerdas de cuyo centro colgaba una cruz de madera, además de la decoración triangular dentro de un rectángulo sobre el piso. Juana Inés –en traje de monja– estaba sentada en el centro de este espacio con una tira de papel blanco que salía de su boca en la que se veían caracteres indescifrables dibujados en color rojo; ‘Los pecados de Sor Juana Inés’, así se titula esta imagen. 

Debo confesar que quizá no habría llegado a esta definición si primero no hubiera conocido el blog del Teatro Tierra en el que identifican de este modo tal composición. Mi aplicación previa fue recompensada con el placer de descifrar esta intrincada simbología.

De manera que, concluyo ahora, esta apertura indicaba que la obra giraría alrededor de los pecados de la escritora. Evaluando la función me doy cuenta de que así fue. 

De pequeña, Juanita quería aprender a leer; primer pecado. Su abuelo le enseñó y por lo tanto cuando Juana estuvo en edad de merecer, no mereció; segundo pecado. (Antes de sentarme a escribir este comentario, encontré una reseña sobre el libro de Paz que me dio algunas pistas).

Aparentemente, Juana debió haber sufrido un trauma infantil que la llevó a desarrollar un apego hacia las figuras masculinas y una inclinación en ella misma hacia lo masculino, que en su barroca época significaba –siendo mujer– hacer oficios de hombre, como leer, escribir, instruirse. 

Pecado, pecado, pecado que la obra teatral expresó en un parlamento repetido: “Quiero ser hombre” (¿o era “soy un hombre”?). En este mismo y oportuno comentario –cuyo pie de página anda perdido en la nube de Internet– se explica que Juana optó por el convento y no por el palacio pues era inconcebible una mujer casada letrada, mas no tanto una monja letrada.

Una decisión que agobió a la pobre Juana, pues en escena se debatió un buen rato entre “¿El palacio, el convento? ¿El palacio, el convento? ¿El palacio, el convento?...”

Pero sus pecados no terminaron allí. En lugar de escribir plegarias y reglamentos, Sor Juana se dedicó a escribir poemas y, por lo que el montaje teatral ilustra, a contravenir en algún modo insoportable los dogmas y las ideas masculinas reinantes. Pecado. El tribunal del Santo Oficio la llamó a rendir cuentas y le impuso silencio y, así, lo que ella creía que iba a ser su camino a la libertad, se convirtió en su cárcel. 

En la obra de teatro, Sor Juana tuvo un rapto de rebeldía en el que golpeó la cruz de madera –pecadísimo, a no ser que dicho golpe haya sido un accidente escénico–, como manera de expresar su inconformismo hacia ese dios que no trabajaba con ella. Dios, en respuesta, le mandó la peste y Sor Juana Inés de la Cruz descansó de su conflicto de mujer masculinizada. 

El diseño escénico del Teatro Tierra fue impecable. Cada aspecto técnico estuvo muy bien cuidado y respondía a una justificación dramática precisa, a diferencia de otras obras de este festival en que las luces –en especial– se prenden y se apagan porque sí, porque están allí y hay que darle “efecto” a la escena. 

No me detendré mucho en este aspecto que todos los asistentes pudieron percibir y que es lo que más se menciona sobre los montajes dirigidos por Juan Carlos Moyano.

En cuanto a la actuación de Clara Inés Ariza, puedo decir que fue limpia, correcta, pero no emocionó. Me he preguntado mucho por qué una actriz de la categoría de Ariza no logró conmoverme en este aspecto primario de la comunicación teatral. 

Vi a Clara en ‘Los ejércitos’ y en aquella ocasión logré establecer una conexión duradera con sus personajes. Mi análisis es que la responsabilidad de esta frialdad no es enteramente suya, sino que también tiene que ver con la dramaturgia de ‘Los ritos del retorno o las trampas de la fe’. La obra se centra –diría que exclusivamente– en la búsqueda intelectual de Juana, en su deseo de instrucción, de conocimiento, y deja prácticamente de lado el resto de expresiones humanas: de niña, Juana no juega; de mujer, Juana no ama; condenada, Juana no sufre; en la muerte, Juana no teme. 

Esta Juana Inés es un ser estoico e indefinible que todo lo racionaliza; su distancia emocional produce una distancia proporcional en el espectador que le impide establecer empatía con el personaje.

Es mi conclusión que esta obra del Teatro Tierra no está diseñada para el público general, pues hace referencia a un contexto histórico, literario y crítico que no forma parte intrínseca de la cultura de nuestra sociedad. 

Un completo disfrute de ‘Los ritos del retorno’ requiere un conocimiento de la obra de Paz, de Sor Juana Inés y además de Eduardo Galeano, un cuerpo literario demasiado amplio, incluso para buena parte de la porción educada de nuestra ciudad. 

Adicionalmente, el enfoque erudito y aséptico del montaje –aunque suavizado y matizado con bellas imágenes visuales– restringe la participación del público y dificulta su vínculo con la puesta en escena.

Publicado por: CLARA M. GUERRERO

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