El pasado 6 de julio se cumplieron 108 años del nacimiento de Frida Khalo, y el próximo 13 de julio se cumplirán 51 años de su muerte. La vida de Frida Khalo, como se sabe, estuvo atravesada de principio a fin por el sufrimiento.

Publicado por: CAMILO GARCÍA
A los seis años de edad sufrió una poliomielitis de la que nunca se curó completamente; enfermedad que la condenó a vivir los años de su infancia en una situación de soledad que siempre la entristeció. En 1925, cuando tenía dieciocho años, sufrió el hecho más traumático y doloroso de su vida, el de sufrir la fractura de su columna vertebral en tres partes, fracturas en dos costillas, en la clavícula y en el hueso púbico. Su pierna derecha se despedazó en once partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina. Debido a este grave accidente tuvo que someterse durante el resto de su vida a treinta y dos operaciones quirúrgicas, a diferentes procedimientos de “estiramiento” y a ponerse diversos tipos de corsé. Fue durante el largo tiempo de su convalecencia cuando Frida Khalo decidió entregarse definitivamente a la pintura. Lo hizo no solo porque la amaba y había descubierto que tenía un gran talento creador, sino también porque se percató de que podía y debía convertirla en el testimonio supremo de su vida desagarrada que a partir de este momento comenzó a vivir. Propósito que en efecto realizó hasta su muerte. Por eso cuando el escritor André Breton, fundador del movimiento surrealista, sostuvo en 1938 en un ensayo sobre su obra pictórica que era surrealista, ella se opuso a esa opinión diciendo que no lo era: “Nunca pinté mis sueños; pinté mi propia realidad”.
En efecto, en su cuadro La columna rota, que pintó en 1944, muestra en el interior de su cuerpo sostenido por un enorme corsé su columna despedazada, que despedazó en gran medida su vida, hasta llevarla poco a poco a la muerte a la temprana edad de cuarenta y siete años. Con su triste mirada y con las lágrimas que bañan su rostro expresa la gran pena y la tristeza que este hecho le ocasionó; y con los clavos en todas las partes de su cuerpo refuerza de manera contundente el dolor que siempre padeció en todo su ser por este motivo. Es difícil encontrar en la historia de la pintura un autorretrato del propio dolor más sentido e intenso que este.
Pero, además, Frida Khalo no solo sufrió por este motivo. Como consecuencia del accidente del bus sufrió daños en los órganos sexuales-reproductores, que le impidieron gestar hijos. Este hecho le ocasionó también una gran pena porque siempre anheló traer al mundo nuevos seres humanos de su sangre, que le dieran prolongación natural a su existencia; dar nueva vida a otros seres humanos que fueran parte de sí misma, así como le daba vida con su labor creadora a imágenes artísticas de sí misma, de su vida sufriente. Esta experiencia frustrante y dolorosa la reflejó en su cuadro La cama volando, de 1932. En él se pintó acostada en una cama de hospital –el hospital Henry Ford de Detroit– con la sábana manchada de la sangre del feto que acababa de abortar y sobre su vientre ligeramente hinchado sostiene con su mano izquierda tres cuerdas rojas que parecen venas con las que se enlazan seis objetos alusivos a la sexualidad y a la frustración que sentía por este pérdida vital indeseada. Con la sangre derramada en la sábana no solo se fue la vida en gestación de un hijo, sino con él también algo esencial de la propia, el deseo que alimentaba gran parte de su vida de prolongarse naturalmente en la vida de un hijo.
Frida sufrió también mucho a causa de los permanentes actos de infidelidad que llevaba a cabo su amado esposo, el gran muralista Diego Rivera. Actos de infidelidad que ella, sin embargo, con el tiempo también practicó con diferentes hombres y mujeres. El que más la afectó fue el tuvo con su hermana Cristina. Este dolor lo plasmó en el lienzo que pintó en 1937 Recuerdo o El corazón. En él muestra el enorme vacío que sintió al enterarse, y lo refleja en un hueco que atravesó por una vara a la altura de su pecho; un pecho que ha dejado de albergar a su gran corazón, fuente de su gran amor, porque ha caído al suelo y se encuentra junto a sus pies tirado.
Estas infidelidades que no podía soportar la llevaron separase de él en 1939; separación que duró poco tiempo porque dos años después volvieron a casarse. Si bien con este paso Frida dejó atrás un motivo de sus sufrimientos, encontró uno nuevo, el de separase de quien sentía y consideraba la otra mitad de sí misma, de la persona que complementaba su existencia natural precaria y adolorida. Dolor que reflejó en uno de sus más famosos cuadros, Las dos Fridas. En él se muestra como mujer dividida en dos personas diferentes, una mexicana con un corazón sano, lleno de vida y de amor, y la otra europea, con un corazón seco y “marchito” del que brota un hilo de sangre que detiene con una tijera en su vestido blanco. Es este el corazón desgastado el que le dejó su separación. Lo había gastado amándolo intensamente; pero este gasto solo le sirvió para desgastarlo y deteriorarlo. Así como el accidente del bus le rompió en varias partes su columna vertebral, soporte y eje de su cuerpo, estos episodios de su vida afectiva le rompieron su corazón, el sostén y el eje central de su amor.
Pero, a pesar de sus padecimientos y dolores, Frida Khalo fue una mujer extraordinariamente vital que amó la vida, su vida, de manera intensa y profunda. Y la mayor prueba de su amor a la vida fue que tuvo el valor de convertir los motivos de sus sufrimientos en los motivos centrales de sus creaciones artísticas. Pues así pensó que les podría hacer frente con coraje al tenerlos frente de sí en las imágenes con que los representaba en sus lienzos. Pero, al hacerlo, también deseó algo más importante: el poder “darles muerte”, extirparlos de su vida, o, por lo menos, aliviarlos y hacerlos soportables; es decir, poder vivir la ilusión de hacer irreales sus dolores atrapándolos en las bellas imágenes del arte que creó. Por eso el arte no fue para Frida Khalo el medio con el que retrató bellamente su vida adolorida, sino también la mejor arma que encontró para afirmar su anhelo de liberar algún día su existencia de esos dolores que la asediaron sin cesar.















