El pasado 6 de septiembre se cumplieron doscientos años de la publicación de la Carta de Jamaica, escrita por Simón Bolívar, uno de los documentos más importantes de la historia política e intelectual americana.

Publicado por: CAMILO GARCÍA
Esta carta, que Bolívar le dirige a un comerciante inglés llamado Henry Cullen, tiene el propósito central de llamar la atención de las autoridades del naciente imperio inglés para que se decidan a apoyar el proyecto que él mismo pretende liderar de conseguir la independencia política de los pueblos americanos de la corona española, proyecto que, como se sabe, en efecto dirigió y logró con éxito unos años después en cinco cinco naciones suramericanas. Carta en la expone dos razones que considera decisivas que justifican planamente la independencia de estas naciones del poder español. La primera, se refiere a la ruptura por parte de la Monarquía del contrato social supuestamente pactado entre la Corona española y los descubridores, conquistadores y pobladores de América en tiempos de Carlos V en los comienzos de la formación del Imperio en América según el cual estos tenían derecho a dirigir los nuevos territorios mientras la Corona se reservaba únicamente el alto dominio, como si se tratara de una propiedad feudal. Este contrato, según Bolívar, fue roto por la Corona –especialmente por la nueva dinastía de los Borbones– al imponer “leyes expresas que favorecen exclusivamente a los naturales del país originarios de España en cuanto a empleos civiles, eclesiásticos y de rentas en detrimento de los criollos, los naturales que se han visto despojados de la autoridad constitucional que les daba su código”.
Y la segunda razón se refiere a la política represiva adoptada por la Regencia, primero, y por Fernando VII, después de volver a asumir sus poderes absolutos en abril de 1814, respecto a las “juntas” americanas que se habían proclamado “independientes” tras las sucesiones de Bayona dadas por la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII a favor de Napoleón en mayo de 1808 y la posterior disolución de la Junta Suprema Central a principios de 1810, sustituida por una Regencia. Según Bolívar, esta política represiva había convertido a España de madre patria –que en la Constitución de 1812 había reconocido al menos en teoría a los criollos como españoles en igualdad de derechos que los peninsulares en madrastra–. Antes, afirma Bolívar, “todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España, pero ahora sucede lo contrario… y se nos quiere volver a las tinieblas… ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos”.
Bolívar además sostiene en su Carta que la mejor forma de organizar los Estados de la diferentes naciones americanas que surjan después de obtenida la independencia política es la republicana; se opone de modo frontal a los que pretendían en la época, que eran bastantes, que estos nuevos Estados americanos se deberían organizar bajo formas monárquicas porque estas no garantizarían en su opinión la preservación del bien común que debe ser la tarea esencial de todos los gobernantes de una nación. En cambio, las repúblicas al fundarse en el imperio abstracto e impersonal de las leyes, tal como Bolívar lo concibe siguiendo a su maestro Montesquieu, son las que ofrecen mejor la posibilidad de asegurar este objetivo.
También Bolívar habla en su Carta con mucha propiedad y conocimiento profundo de causa de las condiciones favorables y desfavorables que tienen los diversos pueblos americanos en su lucha por alcanzar su definitiva independencia política de España. De los chilenos dice, por ejemplo, que son los que mejor están preparados para establecer una república libre, estable y prolongada, porque “están llamados por la naturaleza de su situación, por sus costumbres inocentes y virtuosas, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república”. Los peruanos por lo contrario no lo están porque sus vidas están dominadas por el poder del oro y por el deseo de mantener esclavos, dos enemigos frontales de un república libre. Y de los mexicanos, en especial de los dirigentes de su lucha independentista, alaba la inteligencia y la habilidad que han tenido al haberse “aprovechado del fanatismo con el mejor acierto, proclamando la famosa Virgen de Guadalupe por reina de los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión, que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta”.
Y de la Nueva Granada –actualmente Colombia y Ecuador– y Venezuela, su tierra natal, espera y anhela que se constituyan en una solo y única república que lleve el nombre de Colombia, en honor a Colón, que tenga presidentes vitalicios, que tenga un cámara legislativa cuyos miembros sean elegidos por voto popular y otra de carácter hereditario que le ofrezca estabilidad política en caso de que se presenten graves conflictos políticos entre diferentes sectores de la sociedad, y que tenga además un configuración centralista y no federal. Dice Bolívar: “La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo (…) Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey, habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo, de libre elección, sin otras restricciones que las de la cámara baja de Inglaterra”.
En este párrafo Bolívar resume su pensamiento político que no solo defendió con máximo empeño y decisión toda su vida, o, mejor, los quince años que le quedaron de vida, sino también que le sirvió de guía inmodificable en todas las decisiones políticas y proyectos de ley que propuso como primer presidente de la república independiente de la Gran Colombia, integrada por las actuales Colombia, Venezuela y Ecuador, y que se comenzó a configurar a partir de 1819 después de la batalla de Boyacá. Propósito grande y lúcido que se sostenía en la idea de que era muy natural integrar políticamente en un mismo Estado republicano a pueblos que además de compartir un mismo espacio geográfico tenían costumbres culturales y rasgos étnicos muy parecidos o comunes; condiciones que les daba la fuerza suficiente para permitirles formar una república no solo libre sino también “grande y gloriosa”. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no pudo asegurar la duración de esta república unificada que anhelaba más que diez años; en 1830, el mismo año de su muerte, esta república unitaria se desintegró definitivamente cuando los venezolanos dirigidos por su caudillo José Antonio Páez y los ecuatorianos por Juan José Flores decidieron separarse de la actual Colombia.
Pero este párrafo también pone de presente con gran claridad las insuficiencias y las limitaciones de su pensamiento político. Su propuesta de que en esta nueva república libre se promulguen unas normas jurídicas que permitan un presidencia vitalicia, propuesta que algunos presidentes actuales de América Latina han hecho suya, y sobre toda su propuesta de una cámara legislativa de carácter hereditario, inspirada en la organización parlamentaria legislativa inglesa, se orientan a asegurar que algunas personas puedan ocupar y ejercer los cargos supremos del poder político más tiempo del razonablemente deseable, puedan “perpetuarse” en el poder; y al ocurrir esto ocurre algo que tal vez Bolívar no percibió con claridad: que estas personas terminan imitando o pareciéndose a los monarcas que la instauración de la república destrona y suprime. Por eso estas dos propuestas de Bolívar en el fondo contradicen o niegan uno de los principios esenciales en los que se funda una república liberal en que, por lo demás, siempre creyó: el de la temporalidad limitada de todos los que ocupan sus cargos de dirección. Contradicción de la que tal vez no fue suficientemente consciente; y si lo fue, la pasó por alto, animado por el afán poderoso de asegurarle estabilidad e integridad, duradera, prolongada y permanente a esa república libre y unitaria formada por las actuales Venezuela, Ecuador y Colombia que tanto quiso y anheló.















