El del vidrio es un antiguo arte del cual el maestro bumangués Daniel Castillo es heredero; sus obras, que hacen gala de un gran talento y sensibilidad, han traspasado fronteras y se exhiben en colecciones de países como Canadá y Estados Unidos.

Publicado por: DOMINGÓ
Desde la noche de los tiempos viene la magia del fuego y la arena. En efecto, es magia fundir arena en altas temperaturas y obtener vidrio, ese material que se deleita con la luz y que se alía con la imaginación y el talento humano para plasmar las fantasías y las verdades más lumínicas que podamos concebir. Este es el caso del artista maestro vidriero Daniel Castillo, que expone su más reciente obra, titulada ‘Fuego y arena’, en el MAMB hasta el 3 de septiembre de 2016.
Daniel Castillo es un artista bumangués con más de treinta años de experiencia, heredero del fuego y la arena, cuyo talento y sensibilidad se funden con la historia de este arte antiguo. Su pasión artística se muestra renovada y vital en esta exposición que nos acerca a nuevas formas de concebir este arte. Todo es fusión aquí: vidrio y metal establecen un acuerdo de diferencias a través de la geometría, produciendo los más bellos resultados. El vidrio se expresa con sus propiedades lumínicas y bellos colores, y los metales enmarcan –a través de un lenguaje geométrico preciso– los destellos cinéticos de la luz. Toda una lección de arte –pero también de esperanza y diálogo a partir de las diferencias– es lo que el maestro Castillo nos ofrece, especialmente en estos tiempos donde pareciera que la oscuridad estuviese dominando nuestras vidas cotidianas, llevándonos por los abismos de la discriminación. Cada material conserva su naturaleza intacta y la libertad vuela más alto y es más lumínica en estas obras.
‘Fuego y arena’ es un presagio de anhelo, de armonía frente a los espíritus fríos que llenan esta tierra de gélidas miradas y resentimientos insondables. Pareciera que Vulcano, el dios del fuego y los volcanes de la mitología romana, mantuviese un pacto secreto con el artista para fundir con arena la posibilidad de atrapar los rayos de luz que atraviesan los cristales de color, sin perder su esencia incandescente: la verdad de los tiempos históricos a través de la transparencia como un valor necesario para construir sociedades más armónicas y en paz.
El vidrio revela en estas obras no solo su esplendor sino también su naturaleza, dura y frágil a la vez, y de la mano del maestro entra en el mundo de la expresión geométrica representando justo el plano intermedio entre lo visible y lo invisible, un símbolo indudable de la sabiduría, de esos poderes entregados por la naturaleza a la especie humana. Es la alquimia del tiempo –o como diría Louis Cattiaux en ‘El Mensaje Reencontrado’, “Volvámonos puros y transparentes como el cristal y los rayos divinos nos iluminarán y nos fecundarán plenamente”–. Estas obras son también un recordatorio de lo frágil que puede ser la vida, llena de color, fantasía, sueños esperanzadores, pero que puede romperse en el instante menos pensado.
Esta es una exposición necesaria, que en buena hora nos trae el MAMB, y es importante visitarla para encontrarnos con reflexiones urgentes, pero esencialmente, para ver a través del cristal de estas bellas obras cómo duerme el sol y muchos soles distintos, en el aliento misterioso de los reflejos y los pequeños rayos de luz que iluminan instantes de nuestras vidas. Para apreciar y valorar eso: nuestras vidas y sus instantes.














