Cultura
Sábado 13 de mayo de 2017 - 12:01 AM

La pureza de la línea

La línea y sus posibilidades, su pureza, es la gran fascinación poética de Javier Pinto Gómez, este maestro santandereano que vive desde hace años en Barichara, Santander.

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Publicado por: DOMINGÓ

La interacción del volumen y el espacio como evento primordial de la escultura tiene en la obra del maestro Javier Pinto Gómez un particular enunciado: la pureza de la línea, ya que este carácter es parte destacada de la forma, incluyendo en algunas oportunidades, líneas incisas o trazas de líneas que se mueven de forma invisible, pero que estructuran la forma, y dan a la materia un lugar insospechado en el espacio, a la vez que la dotan de significados inesperados.

Con una sólida formación artística en Italia, el maestro Javier Pinto crea sus esculturas impregnado por esa luz de casi perpetua aurora, tan propia de Barichara, donde las suaves colinas de este territorio dialogan con las texturas de las piedras,que dejan al descubierto en generosas ocasiones el amarillo de la tierra, que pinta el horizonte con ese sabor que nos recuerda por momentos a Vincent Willem van Gogh, configurando un espacio esencialmente espiritual. Tal vez por ello, las obras de Javier son tan precisas y profundas a la vez, y se comprende su obsesión por la pureza de la línea, que se manifiesta en todas sus obras, ya sean de un impecable realismo o algunas esculturas abstractas en que la línea se declara visible, pero que adquiere visos miméticos según sea el espacio que ocupen.

Hasta ahora, el maestro Pinto Gómez ha realizado obras de pequeño y mediano formato, pero empezará muy pronto su aventura con esculturas de gran tamaño, y es allí donde veremos, con mayor esplendor, la calidad artística de este valioso escultor santandereano, que se deleita con los complicados métodos propios del arte del cincel, la dureza de la piedra, la delicadeza de la arcilla o del misterio del fuego, ese arcano tan propio del arte escultórico, en que la paciencia y el talento se unen y “… a fuego lento surge la luz del día, el amor, el aroma de una niebla lejana”, como dijo Neruda. Ahí entiende uno por qué al observar sus obras se experimenta una sensación trascendente que se vincula con la luz o los misterios de la vida.

El maestro Javier Pinto es de esos artistas que han buscado su expresión artística no solo a partir de la honestidad de su propio espíritu, de su talento y sus estudios, sino en una constante relación armónica, ya con el paisaje que lo envuelve, ya con la naturaleza indómita, la historia del arte, las culturas antiguas y sus manifestaciones escultóricas o la sencillez de las gentes campesinas que tanto admira. Por ello sus obras son un recorrido placentero que jamás termina, que va más allá de una simple representación conceptual llena de significados, sino que son una experiencia vital, que conmueve hasta al espectador más indiferente. Se percibe en cada obra un mundo espiritual, pero conectado con los avatares de los actuales tiempos. Es tan actual su obra, que se siente el pulso de antiguas culturas, que por su trascendencia han llegado hasta nuestros días tan frescas y con posibles respuestas que aún hoy observamos con misterio o con dudas, con algo de desconfianza, porque tal vez sentimos temor al conocimiento del pasado de culturas que no han sido eje central de nuestras actuales sociedades. Por ello, las esculturas de Javier Pinto son una invitación amable que nos llena de confianza, para que nos acerquemos placenteramente a un conocimiento que nos negamos hoy, porque parece que nuestras prioridades han cambiado y sentimos miedo de que nuestras verdades actuales sean solo el eco de alaridos de demonios agonizantes; por ello, el arte de Javier Pinto tiene la propiedad de liberarnos de esos atávicos sentimientos, y nos ofrece las posibilidades de experimentar los hallazgos sencillos y limpios de la vida y la riqueza diversa de nuestra cultura.

Publicado por: DOMINGÓ

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