La caricatura es un arte honesto. Advierte siempre al lector que su contenido es imaginación, creatividad, fantasía, quimera, invención, burla, que todo allí es exagerado, por lo tanto, inexistente.

Publicado por: DOMINGÓ
¿Será por esa honestidad que últimamente quieren censurar este arte diáfano, especialmente los políticos? Sin la exageración no puede existir caricatura, y todos sabemos que lo exagerado no puede darse por cierto. La caricatura distorsiona la apariencia física y las situaciones contextuales, desfigura la comprensión que creemos realista del mundo, para ubicarnos mentalmente en otro ángulo de conocimiento, más real o distinto que nuestros propios juicios, producto de las tensiones de poder, sean estas religiosas, políticas, ideológicas o filosóficas. Así que la naturaleza de la caricatura o su código de lenguaje, entre otros, es la honestidad, además de la exageración de lo real, a través del humor, que nos acerca a comprender el mundo, por fuera de las más serias convicciones que le dan sentido a nuestra existencia. Posiblemente por ello algunas caricaturas nos perturban, y esto es entendible, ya que nadie nos prepara para situaciones de incertidumbre.
Sentimos con algunas caricaturas que nuestras bases morales quedan minadas por algo inexistente (es risible, pero es así); reaccionamos con sentido enojo y dolor por algo que nos advirtieron, que correspondía al mundo de lo irreal o a la exageración. Sin darnos cuenta, lo que no nos gusta refleja lo que más tememos: la verdad. Así, este arte, cuyo interés no es la realidad tal como la concebimos, o contar la verdad como suponemos se debería contar, nos acerca a ella dolorosamente.
De esta manera, la caricatura es más una invitación a la reflexión que un veredicto absoluto sobre cualquier tema o creencia. La caricatura nos invita a dudar del poder, cualquier poder; desmantela lo que suponemos que es sagrado, para revelarnos a través de la risa aquello que no vemos y que puede ser dañino para la sociedad. La duda estimulada por la caricatura nos libera y nos lleva a buscar un conocimiento nuevo de las cosas; por ello la caricatura se convierte en una guía traviesa que nos conduce por ese camino de la duda necesaria, la que permite poner en cuestión nuestros sentidos o las certezas deductivas, para encontrar finalmente, y, si lo permitimos, una mente autoconsciente capaz de definir criterios propios y de cambiar realidades que limitan nuestra propia existencia y la de los demás. La caricatura es entonces un reto lacerante y alegre a nuestra inteligencia. Oponerse de forma extraviada a ese desafío muestra más nuestros miedos, la débil estructura de nuestras creencias o el rechazo al pensamiento, y sin pensamiento e inteligencia las sociedades no se desarrollan ni alcanzan beneficios para sus propios sistemas sociales, como la democracia, o simplemente para el individuo que la compone.
Posiblemente este aspecto de lenguaje y otros elementos sígnicos contextuales de este arte burlón expliquen una tendencia latente en la sociedad que hoy se expresa de forma arrogante. La censura del arte de la caricatura. Individuos y sectores sociales se preguntan cada vez más por los límites de este arte satírico. Sienten que cada caricatura los ofende, dependiendo del lugar de creencia en que se encuentren ubicados. Es así como en los últimos tiempos en Colombia representantes de algún poder institucional o sencillos ciudadanos han intentado censurar el arte de la caricatura; son los casos de Matador, caricaturista de El Tiempo, y Diego García, de Vanguardia Liberal.
En cualquier caso, el intento de censura expresa un estado actual de la sociedad colombiana, su débil capacidad para convivir en medio de la diversidad de pensamiento y de creencias en que la razón o el pensamiento parecieran vencidos; un evidente déficit de valores democráticos o la incapacidad de debatir ideas distintas, remplazando esta actividad de la inteligencia por un paraíso de infinitas complacencias que no afecten especialmente a los más poderosos. ¿Y de los límites y ofensas de la caricatura qué? Pues es muy claro que la caricatura no puede tener límites expresivos, ya que la exageración, la risa, el sarcasmo o la fantasía no los tiene: los caminos del pensamiento no pueden tener límites; la duda tampoco. Así que un caricaturista no puede autocensurarse ni aceptar la censura. Lo que sí puede, si lo desea, es tener su sistema ético o moral ajustado al tipo de sociedad en que se expresa, o sus criterios propios, y tener la capacidad de leer esa sociedad para ayudarla a avanzar hacia mejores lugares en medio de las tensiones de la diversidad cultural o política y fortalecer la democracia y la libertad, sin pretender que sus criterios son dogmas universales que rigen para los demás caricaturistas, y mucho menos para sus lectores. Cada sociedad se merece el arte que es capaz de disfrutar. Si una sociedad rechaza el pensamiento, y solo quiere complacencias, hay que ayudarla con más caricaturas.














