La artista Beatriz González, de visita en Bucaramanga, habló con Vanguardia sobre una semana llena de emociones al anunciar la donación de varias de sus obras al municipio. Este gesto refleja su deseo de preservar su legado en un lugar tan querido desde su infancia. Además, su obra será expuesta en Holanda en octubre.

Publicado por: Paola Esteban
A la maestra Beatriz González le gusta estar en Bucaramanga. Esta Semana Santa que hoy finaliza, la maestra se sumergió en su casa de juventud, en su santuario personal, donde las raíces emocionales se profundizan con el paso del tiempo. Junto con su esposo, el arquitecto Urbano Ripoll, la maestra recorre los pasillos llenos de obras de arte que realmente se podrían mirar durante horas y contempla también esos objetos que componen el mosaico de su legado familiar, los que fueron sembrando la semilla de su identidad artística.
Reconoce que hace calor, un calor que no había sentido en Bucaramanga, pero le parece bien. Está sentada de espaldas a la ventana, pero el trajinar de la avenida no la distrae. Es aquí donde cuenta las buenas noticias de este 2024, uno de sus años más importantes.
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Pero hay que comenzar por el principio. La maestra Beatriz González anunció esta semana que va a donar al municipio, a través del Instituto Municipal de Cultura y Turismo, algunas obras, entre originales y grabados, que estarán en una sala que se construirá en el cuarto piso del Teatro Santander. Además, habrá una sala para proyectar películas sobre la maestra y otra para los jóvenes y niños que aprenderán sobre su obra. Para ella el vínculo con el teatro es emocional: sus padres la llevaban de niña.

“Tengo la fortuna de haber nacido en la calle 33 con 21. El haber nacido aquí me permite crear cosas inspiradas en la luz de Bucaramanga y en los parques de la ciudad. Hay una cantidad de detalles que uno va guardando en su interior. Esta donación permite mostrar cómo un artista puede almacenar sus recuerdos y plasmarlos en obras de arte”, reconoce.
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A la maestra Beatriz González le gusta, en particular, el amarillo del edificio de la Gobernación de Santander, así como la cúpula de la Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia. Cuando era niña y vivía en calle 50 con 26, se asomaba al balcón para verla de lejos. Recuerda que fue el empresario Alfonso Silva, que tenía una fábrica de baldosines, entre otros negocios, quien donó al padre José de Jesús Trillos los materiales para la cúpula. Los colores verde oscuro y vinotinto sobresalen entre las baldosas y se grabaron en la memoria de Beatriz González. Más adelante, estos colores harían parte de su identidad como artista.
La donación que hará al teatro tiene como fin que desde ese espacio, que para ella significa tanto, se pueda estudiar el desarrollo de su obra.
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Un gran año para Beatriz González
De entre todos esos recuerdos que la emocionan, sonríe cuando se le pregunta por otro de los eventos más importantes de este año para ella: el Instituto de Arte de Chicago ha decidido no solo adquirir algunas de sus obras, sino también incluir una de ellas en su colección de exhibición permanente.
“Esto me parece muy importante. No sólo es relevante que adquieran una obra, ya que tengo obras en el MoMA y en muchos otros lugares, sino que una obra forme parte de la exhibición permanente. Me parece genial que la gente pueda ver a un artista latinoamericano tan lejos, en Chicago, y que traten de entender qué es lo que uno quiere decir”, explica.
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Y su obra ha querido decir tantas cosas sobre el país, sobre su forma de ver el mundo, sobre su anhelo de ir más allá del retrato, de lo formal, de lo que aprendió en la academia de arte. Beatriz González recibió parte de su formación en Bucaramanga. No la impactó el hecho de ser mujer, en parte, porque las mujeres de su época, “no se dejaron arrinconar”, por un oficio donde predominaban los hombres artistas.

“Creo en la mujer santandereana que ha salido adelante y que ha estado en cargos importantes y que no es una persona no se deja arrinconar. Inicialmente, una de las dificultades era encontrar una buena capacitación como artista. No había cómo destacar”, señala.
La maestra luego estudió en Bogotá con Martha Traba, pero no dejó atrás a su ciudad. “El Museo de Arte Moderno de Bucaramanga trajo mucha apertura para las mujeres artistas y pudieron exhibir ahí, yo entre ellas. Ha habido un movimiento fuerte de mujeres y yo sí creo que aquí había un respeto de las instituciones por el trabajo de la mujer”, reflexiona.
Y para culminar este año lleno de buenas nuevas para la maestra Beatriz González, las obras que actualmente se exponen en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad Autónoma de México, y que cierra en junio, se trasladarán a Holanda en octubre.
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“Esta retrospectiva ha sido muy significativa para mí. Hace unos cinco años, realicé una exposición itinerante que recorrió Europa. Recientemente, México decidió que querían más y el curador Cuauhtémoc Medina, junto con Natalia Gutiérrez, también curadora de esta exposición, me ayudaron en este proceso. La exposición es muy distinta a todas las demás. Concluye con dos paisajes gigantescos que creé, precedidos por un salón lleno de pequeñas lápidas. No recuerdo cuántas son, pero llenan todo el salón. Los paisajes representan a Colombia y la Costa”, dice Beatriz González. Está muy contenta con el resultado final.
Holanda no suele destacar por sus exposiciones de artistas colombianos, pero no es desconocido para la maestra Beatriz González. Su esposo y ella vivieron allí durante un año, en 1966, gracias a una beca que él obtuvo.

“Un día, un curador de Rotterdam se acercó a mí y quedó fascinado con mi conocimiento de la ciudad. Me recibieron en la Escuela de Bellas Artes y me proporcionaron un espacio para trabajar. Aprendí grabado allí, una experiencia sensacional”, recuerda.
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Hoy, está en una nueva etapa de su trabajo. No planifica, simplemente pinta lo que nace, lo que aparece. “Creo que hay aspectos importantes de la vida en Colombia que aún no se han explorado en el arte. Quiero retratar partes de Colombia que han sido pasadas por alto por otros artistas”.
Y, en esta casa donde habla sobre todo lo que tiene por hacer, sobre sus noticias, sobre sus memorias, reconoce que tras tantas entrevistas aún no se ha hablado lo suficiente sobre la influencia de sus padres en su pintura.
“Mi padre era un hombre muy inteligente. Y mi madre tenía un sentido del humor muy agudo y brillante. Estas dos características se combinaron en mí y entiendo que muchas de las cosas que hago provienen de haber convivido con ellos durante muchos años. Además, mis dos hermanos, Jorge y Lucila, son muy inteligentes.
A la maestra le gusta la música clásica, eso escucha. Al terminar de hablar, se levanta y va al balcón. En las noches, cuenta, le gusta estar allí, desde donde ve uno de los parques más emblemáticos de la ciudad. Y se refresca del calorcito bumangués cuando ya caen las horas que cierran el día.
















