Natalia Litvinova es poeta y editora. Nació en Bielorrusia en 1986 y vive en Buenos Aires desde 1996, donde imparte talleres de poesía. Acaba de recibir el premio Lumen de novela por su obra Luciérnaga. Así comienza.

Publicado por: Redacción Vanguardia
Natalia Litvinova, escritora bielorrusa afincada en Buenos Aires (Argentina), ha sido galardonada con el II Premio Lumen de novela, dotado con 30.000 euros y la publicación en todo el territorio de habla hispana, por la obra Luciérnaga, presentada con el título La niña de los brazos de acero y bajo el seudónimo de Darina.
Natalia Litvinova es poeta y editora. Nació en Bielorrusia en 1986 y vive en Buenos Aires desde 1996, donde imparte talleres de poesía. Publicó varios libros, entre ellos Todo ajeno (2013), Siguiente vitalidad (2016), Cesto de trenzas (2018), La nostalgia es un sello ardiente (2020) y Soñka, manos de oro (2022). Su obra ha sido publicada en Alemania, Francia, España, Chile, Brasil, Colombia y Estados Unidos. Luciérnaga, ganadora del Premio Lumen de Novela 2024, es su primera novela.
Así comienza la novela:
CORTE
No quería nacer en otoño en un país radiactivo. Pero el médico me sacó a través de un corte realizado con bisturí, y con mis pies toqué la tragedia, mientras que con las manos intentaba aferrarme a las entrañas de mi madre.
El tajo de mamá no cerró bien. Era demasiado largo y su organismo no tenía las vitaminas suficientes para curarse. Y aunque ya pasó mucho tiempo, cuando le cuento algo gracioso, al reír, ella se agarra de la panza como si fuera una granada a punto de estallar, y me pide: «Basta ya, me voy a descoser y se me van a salir las tripas».
Los primeros años de mi vida coincidieron con la recesión económica y el fin de la Unión Soviética. En los almacenes desaparecieron el jabón, los corpiños, el papel higiénico, el aceite, los pañales, la leche. Las góndolas de licores y conservas se llenaron de repollos y los mercados se transformaron en un huerto arrasado. La vida se convirtió en una extensa fila de espera; a cada familia se le entregaban cupones para los productos que podían adquirir cada mes, los más valiosos eran los de los cigarrillos y el alcohol. El vodka era un bien preciado y en nuestra familia nadie tomaba. Mamá canjeaba los cupones de vodka con los vecinos por los de aceite o manteca, y así pasó del anonimato a ser popular en el barrio: la llamaban «mujer con hijos que no bebe», «la que destila cupones» y «la patrona de los borrachos».
Mientras en la tele mostraban a un hombre rompiendo a martillazos el Muro de Berlín, mi madre y sus amigas sacaban de los baúles las cortinas de seda, sábanas y manteles de encaje que les habían dado sus madres para que pasaran de generación y generación. Y con eso nos cosían ropa, a nosotros, sus hijos todavía sin memoria.
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MI NACIMIENTO
Me obsesionan los comienzos. Hubo un origen para todo: alguien apretó un botón, una rodilla rozó otra, una boca probó lo que no debía. Cada inicio conlleva un descubrimiento y también su fatalidad. La memoria acumula los recuerdos, pero los tergiversa y empaña. La memoria tiene sus propias reglas, y yo tengo la escritura. Me obsesionan los comienzos porque están perdidos.
Desconozco la hora en que nací. Mi madre no la recuerda y la partida de nacimiento se perdió en alguna de las mudanzas o sin darme cuenta la metí en una bolsa con basura. Le digo que me quiero hacer la carta astral y que para eso necesito saber la hora exacta, pero mamá no la recuerda porque casi se muere después de la cesárea. En 1986, la Unión Soviética, a punto de desintegrarse, era una bestia que se arrastraba hacia su final y devoraba a su paso lo que podía. No le interesaba que las mujeres parieran en buenas y dignas condiciones.
Mamá discute desde su asiento, agita el brazo como si dirigiera una orquesta que no puede afinar. Estoy en su vientre y ansío la transgresión. Exijo nacer rápidamente para verla luchar contra ese ejército de inútiles dentro del autobús que intenta entorpecer mi entrada a este mundo. Quiero ver a mi diosa eslava, maldecida con un embarazo que finalmente la hará feliz. Observarla secarse el sudor del cuello, con las piernas mojadas por el líquido que me estuvo alimentando nueve meses, el pelo ondulado embelleciéndole los pómulos, las mejillas enrojecidas y los ojos tan verdes como si una malaquita se hubiera partido dentro de ella aquel 10 de septiembre.
Mamá me cuenta este episodio a medias y con resquemor. Pasaron treinta y seis años, ella se vació de mí y se volvió más reservada, sumida en su tristeza. Pero yo sé leer lo que sus labios no quieren expresar, el temblor de sus manos reposadas en sus rodillas son el código morse que ahora descifro.
Me contó que aquella mañana se sintió mal y, cuando empezaron las contracciones, llamó a la fábrica de fósforos donde trabajaba papá. Le informaron de que estaba atendiendo una emergencia en un sector donde se produjo un incendio. Entonces, tomó el bolso que había armado hacía un mes y fue hacia la parada. Fue en ese preciso momento cuando rompió aguas, ante la mirada de todos, justo cuando llegaba el autobús. La mujer que estaba detrás sintió compasión e intentó secarle las medias con un periódico. Mamá la espantó como a una mosca. Miró al conductor y él negó con la cabeza. Mamá le mostró el boleto y se subió al primer escalón. Él señalo su panza diciéndole que no una vez más, amagó con levantarse para echarla pero la fila de gente gritó que avanzara y mamá aprovechó y lo hizo. Se sentó al lado de una anciana que tejía y le pidió a un hombre de traje que le hiciera el favor de pasar su boleto por la maquina controladora. La miró con desgano, bostezó cerca de su cara, tomó con brusquedad el boleto, lo pasó por la maquinita que colgaba en la pared y se lo devolvió. Mamá hizo un bollo y lo tiró al piso.
Mamá, ¿qué ropa te habías puesto ese día? ¿Un vestido amplio y grueso, y ese abrigo de color coral que me gustaba porque cuando te lo ponías te destacabas como un caracol marino entre piedras?
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¿Olía a flores cerca? ¿Cómo eran, de qué color? Quiero saber qué nombre me podrías haber puesto en honor a ellas.
¿Y cómo fue el trayecto en el autobús, al lado de tantos indiferentes, mientras otros querían que te bajaras, como si fueras a contagiarles peste?
Cuando el autobús giró, ¿viste el parque del Palacio Gómel y el palacio amarillo de Rumiántsev-Paskevich que años después aparcería en el billete de 20.000 rublos?
¿Viste manzanas tiradas en la vereda junto a los árboles frutales que contrastaban con su belleza entre los edificios grises?
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¿Los cerezos te recordaron a la mermelada que te preparaba tu madre, los carozos que escupías por la ventana y te escondías?
Cuando los abedules y los cerezos quedaron atrás, observaste una fábrica en llamas. ¿Pensaste en papá, gritaste? Una anciana se persignó a tu lado.
El autobús pasó junto al río Sozh, cerca de ese terraplén donde te sentabas con tus amigas al salir del trabajo. No muy lejos, los estudiantes que se egresaban dejaban grabadas sus iniciales en el puente. Estiraste el cuello para verlo y el río te pareció un cordón umbilical.
También viste la escuela nacional de danza y a unas niñas bailando en las escaleras mientras sus madres hablaban. Desde lejos se confundían con pájaros pequeños.
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Miraste el titular del diario que leía el hombre de enfrente: «A trece kilómetros de Novorosíisk se hundió el buque Almirante Nakhimov, orgullo de la URSS».
Las ramas de un castaño golpearon el techo del autobús. Extendiste las piernas y pateaste al hombre y a la chica de pelo alborotado que leía una revista de moda. El hombre notó que tus medias estaban sucias y se tapó la nariz. La anciana que tejía te pidió que no la movieras porque arruinarías lo que había tejido hasta ese momento. Usó una voz aniñada para explicarte que padecía de artrosis y que por eso todo le costaba el doble.
Te levantaste echando la panza hacia delante y le gritaste al conductor: «¡No más paradas, vamos directo al hospital!»
El hombre de traje se paró tapándose los genitales con el maletín y exclamó: «¡Todas las paradas se cumplen, tengo que llegar a la oficina!». La anciana bajó las agujas y te sugirió que parieras atrás, en la fila de asientos libres.
Me habría gustado estar ahí, viéndote discutir. Tiraría del hilo rojo de la bufanda, agachada entre los asientos. Enredaría los pies de los que gritan, se asquean, hablan de fútbol y de los chismes, desperdician el momento en el que el país se rompe y yo nazco.

HOSPITAL
Mamá desenvolvió la tela que me aprisionaba y observó mis extremidades. Besó mis manos y perdí la calma. Luego, colocó su pulgar en mi párpado y me serené. Introdujo el dedo índice en mi boca, me acarició la nuca, apretó el lóbulo de mi oreja. Sacó un marcador de la cartera y dibujó una cruz en la planta de mis pies. Me envolvió rápido, y cuando la enfermera entró a la habitación, mamá me dio otro beso y me entregó. Pasaron pocos minutos antes de que la enfermera regresara conmigo en brazos:
—¿Usted le dibujó algo en los pies? —dijo furiosa mientras me daba palmadas en la espalda.
—¿Acaso alguien más estuvo con mi hija además de mí?
—No.
—Entonces sí, fui yo.
—¿Por qué lo hizo? No puede pintarle los pies con un marcador a una recién nacida.
—Lo hice para marcarla, para que no me la cambien por otra.
—Eso es un disparate.
—Leí en los diarios que cada vez hay más casos de robos e intercambios de bebés en los hospitales de todo el país.
—En los diarios escriben cualquier cosa para entretener a la gente
—¿Usted se entretiene con una noticia así?
—Señora, sabe a lo que me refiero —la enfermera titubeó y giró hacia la ventana con tal agilidad que yo podría haber salido volando. Mamá se sobrepuso en la cama, pero el dolor la devolvió a la posición anterior.
—Quizás ya me la cambiaron y la marqué tarde.
—¿Por qué cree eso?
—No me la dejaron ver. No vi su cara ni bien nació. Se la llevaron tan rápido que pensé que algo no estaba bien con ella y nadie me dio explicaciones.
—Acá hacemos las cosas así. Y quiero recordarle que si se altera y hace fuerzas, se le va a abrir la cesárea.
—Podrán coserme de nuevo y sin anestesia. Porque todavía me queda. ¿Le avisaron que casi me muero porque se pasaron con la anestesia?
—No.
—Desperté con la garganta irritada y seca. Grité pidiendo agua y esperé durante horas. Hoy casi me muero dos veces, de anestesia y de sed.
















