Desde una casa con naranjo en la vereda Calichal hasta una sala diseñada por Rogelio Salmona en La Candelaria, Tejidos de memoria y montaña traza el viaje de una artista santandereana que decidió narrar la provincia desde la belleza, la oralidad y la memoria.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Vi a Carmen antes de conocerla.
La vi en una ilustración de Fernanda Suárez Oviedo, dibujada como si hubiera salido de una memoria familiar para mirar de frente. Fernanda la había creado sin darle muchas pistas a su padre, porque quería sorprenderlo. Cuando le mostró la imagen, le preguntó quién era.
“Es mi tía Carmen”, respondió él.
La emoción de ese reconocimiento le confirmó algo que atraviesa toda su obra: la memoria, cuando se trabaja con amor, puede volver a tener rostro. Carmen, personaje del primer cuento de Tejidos de memoria y montaña, tiene ecos de una tía abuela de su padre. Como Custodia, inspirada en su bisabuela partera, pertenece a esa genealogía de mujeres campesinas que curaban con hierbas, atendían partos y sostenían la vida cuando tener un médico cerca era un privilegio.

“Esas mujeres luchaban con sus manos”, dice Fernanda. “Traían la vida al mundo, luchaban con la muerte. Eso me pareció extraordinario”.
Desde Carmen se abre el universo de Fernanda Suárez Oviedo: casas antiguas, mujeres sabias, animales, montañas, veredas, rumores y palabras que sostienen una provincia. Ese universo llegó al Centro Cultural Gabriel García Márquez, en La Candelaria, Bogotá, donde la artista llevó una parte de Málaga al corazón cultural de la capital. En el edificio diseñado por Rogelio Salmona, su exposición Trazos y relatos de provincia ocupa la media luna de la sala Débora Arango.
“Es un espacio maravilloso y un privilegio muy grande como artista poder estar ahí con la obra”, afirma.
La muestra reúne dos líneas de su trabajo. Por un lado, Tejidos de memoria y montaña, expansión visual de su libro de cuentos. Por otro, Rural Primigenia, una serie plástica dedicada al campo, los nonos y los símbolos rurales de su imaginario. Ambas nacen de una misma pregunta: cómo hacer visible una memoria guardada en las casas, los objetos, la tierra y los relatos de familia.
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A Fernanda la escritura le volvió por la casa de sus nonos, en la vereda Calichal, en Málaga. Había regresado desde Bogotá durante la pandemia, cuando una tía le dijo que esa casa estaba disponible, esperándola. Tenía ventanas de madera, techos altos, jardín, naranjo, aguacate y limones. Para ella, ese regreso fue una experiencia transformadora.
“Fue una reconexión de mis sentidos”, recuerda.
Volvió con sus hijas gemelas, Ana Valeria y Luciana, y quiso que conocieran la raíz de la que venía su madre. Mientras estudiaban virtualmente desde Málaga, sus clases ocurrían entre gallinas, conejos, huertas, pollitos recién nacidos y el campo entrando en la pantalla. Para las niñas, el encierro tuvo otra textura: chicharras al mediodía, luciérnagas en la noche, animales creciendo y una iniciación en la naturaleza.
Para Fernanda, fue también el comienzo de una obra. En Calichal reencontró saberes y prácticas tradicionales que sostienen la vida campesina: hacer queso, preparar arepas de maíz pelado, cuidar la huerta, sembrar romero. Esos gestos se volvieron una forma de recuperar el proceso, las manos y la raíz.

Ese universo atraviesa Tejidos de memoria y montaña, un retrato de la Málaga de los años 60 y 70, cuando la televisión, la radio, el cine y Cotrans empezaban a abrir el pueblo al mundo. En sus páginas, los lectores malagueños reconocen personajes, gestos, rumores y formas de hablar de una memoria común.
Fernanda narra una Málaga que despierta a nuevas sensibilidades sin perder sus raíces. Por eso Custodia y Carmen son esenciales: mujeres campesinas, espirituales y sabias, capaces de curar con plantas y sostener una memoria que no viene de los libros, sino de la vida. También por sus hijas crea personajes femeninos poderosos: mujeres luminosas e inspiradoras, aun en medio del dolor.
El libro está tejido como los pueblos: cada cuento puede leerse por separado, pero las historias se cruzan. Fernanda quiso que el lenguaje naciera de la oralidad, del voz a voz, del rumor de esquina.
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“Yo quería que se sintieran como desde la oralidad”, explica. “Como cuando uno llega a una esquina y le dice a alguien: ‘Oiga, ¿usted sí sabe qué pasó con Cruz?’”.

Ese tono cercano fue clave. Las historias parecen contadas al oído. Santiago, inspirado en Cruz Eliseo Mesa, concentra esa memoria de fugas, escándalos y versiones que pasan de boca en boca. Cruz fue amigo del padre de Fernanda y un joven adelantado a su tiempo: mejor bachiller de Colombia, estudiante de la Universidad Nacional y protagonista de una historia inolvidable en Málaga, al escaparse a Barcelona con la esposa de un médico reconocido.
“Es una historia tan fascinante que si yo la viera en una película o la leyera en un libro pensaría que es ficción”, cuenta.
Pero no lo era. Esa fue la semilla inicial de Tejidos de memoria y montaña.
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“Santiago está en la mitad del libro porque es el corazón del libro”, dice Fernanda.
Desde Santiago, las demás historias empezaron a tejerse. Su relato conecta a los personajes y abre paso a figuras como Tulita y Octavio, inspiradas en personas reales que pasaron de la memoria oral a la literatura. Al seguir las huellas de Cruz entre familiares, amigos, poemas y fotografías, Fernanda encontró no solo un personaje, sino una época de despertar cultural en Málaga, marcada por jóvenes rebeldes, talleres, poesía y arte.

“Uno a veces es una especie de canal como escritor”, dice. “Yo sentía que tenía que hacer esa historia, que tenía que narrarla”.
En ese proceso apareció Alejandro Murillo Salguero, quien investigaba la trayectoria artística del padre de Fernanda. Ella le mostró fragmentos sobre Cruz, él vio allí una potencia y después se convirtió en su editor. El libro pasó entonces del impulso íntimo a un proceso de edición profesional.
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Fernanda se presentó a una convocatoria casi sin expectativas, solo para obligarse a cerrar la historia. Y ocurrió lo que llama “el milagro”: ganó. Además, fue la única ganadora de literatura proveniente de una provincia. Para ella, eso confirmó que desde la ruralidad también pueden nacer obras con fuerza, belleza y profundidad.
Tejidos de memoria y montaña llega desde Málaga con casas campesinas, aves, abuelos, huertas, fogones y recetas heredadas. Pero Fernanda no quiso hacer solo un libro para leer, sino un libro-objeto: una pieza para tocar, oler, mirar y sentir.

“Mi intención era que fuera un objeto, un libro que fuera explorado y sentido”, explica.
La portada, forrada en tela y serigrafiada a dos tintas, exigió un trabajo minucioso. También eligió tintas e impresión litográficas para darle aroma, textura y peso. El resultado es un objeto 100 % santandereano, bello y cuidado, acompañado por los íconos y sellos creados por la diseñadora Melissa Ortiz Murcia.
La memoria se expande en Rural Primigenia, donde el maíz, los animales carroñeros, las flores y los objetos religiosos se transforman en esculturas, ilustraciones e instalaciones. Obras como Nueva Granada, El Sangrado Corazón de Jesús y El pájaro hablan de guerra, fe, dolor, resistencia y memoria regional.
“Rural Primigenia es homenaje a ellos, a los nonos, es homenaje al campo”, dice Fernanda.
No se trata de llevar lo rural a la sala como curiosidad, sino de reconocer su dignidad. La obra abre una conversación sobre García Rovira, una provincia muchas veces invisibilizada, pero fértil en arte, literatura, música y memoria.
“El arte siempre va a ser una gran posibilidad para transformar conciencias y transformar narrativas”, afirma.
Mientras el libro viaja por Bogotá, Bucaramanga, Europa y Estados Unidos, Fernanda sigue trabajando en el taller, entre resina, moldes, tinta, tela, papel y palabra. La materia cambia, pero la pregunta permanece: cómo darle forma visible a una memoria. Esta vez, la montaña no se quedó quieta.















