A sus 88 años, María Cristina Plata de Jaimes será homenajeada por su trayectoria en la educación y el gran legado que deja a Bucaramanga, reflejo de una vida dedicada a la labor docente con paciencia y amor.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
María Cristina Plata de Jaimes siempre ha sentido una gran una fascinación especial por las orquídeas. La belleza de estas flores, que revelan su complejidad con el tiempo y el cuidado, son una buena metáfora de la vida que ha cultivado con paciencia y esmero. Lea también: Ángela Patricia Janiot: la primera estrella de Bucaramanga
Sus manos, que durante años formaron a jóvenes en Bucaramanga, ahora cuidan con la misma dedicación cada hoja, como quien comprende que lo valioso requiere tiempo y amor.
Mientras haya respeto, todo marcha de maravilla, pero cuando este se pierde, se pierde todo, porque todos los seres humanos somos iguales.
María Cristina es en sí misma un legado para Bucaramanga, donde nació en 1936 como hija de Juan de Jesús Plata y Zoila Mantilla Salcedo, rodeada de seis hermanos. Desde pequeña, la educación fue un pilar fundamental en su vida. Se formó en el Colegio de la Santísima Trinidad, donde se graduó como Bachiller clásico el 19 de noviembre de 1954.
Y este año, su colegio le rendirá un homenaje especial el 22 de noviembre, conmemorando los 70 años de su graduación y reconociendo su trayectoria educativa.
Su hija, María Cristina, asegura que su mamá es “mujer con un carisma especial, que irradia permanentemente optimismo y alegría, organizada, con una capacidad increíble para enseñar con el ejemplo y corregir con sutileza, prudencia y amor”.

Una vida de perseverancia
Tras su graduación, María Cristina trabajó en la Electrificadora de Santander. Fue allí, entre números y archivos, donde conoció a quien sería su compañero de vida, Roberto Jaimes Durán, con quien se casó el 1 de agosto de 1959, marcando el inicio de una vida compartida llena de retos y satisfacciones. Con el tiempo, María Cristina y Roberto formaron una familia numerosa de nueve hijos que trajeron alegría y desafíos a su vida. Mientras cuidaba de ellos, siempre mantuvo vivo su deseo de prepararse profesionalmente. Su hijo, Luis Alfonso Jaimes Plata, recuerda cómo ella siguió adelante con sus estudios, incluso mientras se dedicaba a criarlos: “Durante el proceso de criarnos, estudió primero Historia y luego Trabajo Social en la Universidad Industrial de Santander”.
Todo comenzó en el Instituto de Historia, antes de que se estableciera la carrera formal en el campo. No era una licenciatura entonces, sino una formación dirigida a futuros docentes de Historia. Para ella, estudiar Historia era un sueño claro, un deseo que la acompañó desde siempre, así que decidió seguir ese camino. Los nombres de sus maestros, como el doctor Jorge Patillo Linares, Antonio Cacua Prada y Fray Alberto Lee Lopez, experto en archivística, resuenan todavía con gratitud en su relato. Las clases nocturnas le permitían compatibilizar el estudio con su vida familiar, pues por aquellos años ya era madre de ocho hijos.
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Son tantas sus enseñanzas, destacaría dentro de su personalidad dos grandes virtudes: la paciencia y la rectitud en su obrar.
Y con el tiempo, mientras su esposo, Roberto, realizaba una especialización en Japón, ella decidió matricularse en Trabajo Social, después de 15 años de haber terminado sus estudios. Recuerda cómo, al regresar él, se sorprendió al verla inscrita: “¿Y quién te ayudó?”, le preguntaba. Ella respondió: “Nadie, me presenté sola”. Fue un paso más en su camino de resiliencia.

Su legado como docente
La docencia fue otro de los escenarios donde María Cristina dejó su huella. Entre 1971 y 1973, se desempeñó como docente de Ciencias Sociales en el Colegio de la Santísima Trinidad, dirigido por las Hermanas Franciscanas. Más tarde, en 1978, asumió la dirección del Hogar Infantil Santa Teresita, donde trabajó hasta 1981, liderando la institución con dedicación y compromiso.
Poco después, la llamada del doctor Orlando Díaz Gómez, entonces rector de la UIS, trajo consigo un desafío: el puesto de rectora del colegio estaba vacante y ella debía asumirlo, aunque su escalafón docente no cumplía con el requisito de la octava categoría.
“Asumir esa responsabilidad era un gran reto”, recuerda con un brillo especial en los ojos. “El escalafón no me favorecía, pero el deseo de aportar y el apoyo de mis colegas me impulsaron a hacer los cursos necesarios y a dar el paso”.
La Fundación Colegio UIS se transformó bajo su liderazgo. Un espacio concebido para hijos de profesores y empleados, donde se respiraba el respeto y la igualdad, donde los hijos de todos, sin importar su origen, compartían los mismos sueños de aprendizaje. “Yo siempre les inculcaba que el éxito en la vida radica en el respeto por la dignidad humana”, afirma con firmeza.
El camino no estuvo exento de desafíos. Uno de los momentos más significativos de su gestión fue la adquisición de un lote propio para el colegio.
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Aquel sueño de un colegio estable y consolidado requería financiamiento, y tras tocar varias puertas, logró obtener un préstamo. “Cuando me paré ante la Junta Directiva, sentí que no creían en mí”, dice en un tono que denota el eco de esa vieja herida. “Pero el presidente me respondió: ‘Al contrario, María Cristina, esta es una muestra de la confianza que tenemos en usted’”.
En diciembre de 1999, tras varios años de perseverar, María Cristina presentó su renuncia con la satisfacción de haber cumplido su misión: “Misión cumplida”, dijo con orgullo.
Se retiró de la vida laboral y se dedicó a disfrutar de su hogar, su campo, sus hijos, sus nietos y a acompañar a su esposo Roberto. La vida, sin embargo, le deparó un doloroso adiós el 14 de mayo de 2008, cuando Roberto falleció. Aun así, María Cristina encontró la fortaleza para seguir adelante, rodeada del amor de su familia.
“Ella ha sido una persona con una calidad humana excepcional, siempre pensando en quién puede ayudar”, dice su hijo Luis Alfonso, con la vocería de su familia para este artículo.
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Esa bondad se refleja en su risa fácil, es sus palabras amables para con gente que acaba incluso de conocer, en su rostro tan diáfano, que transmite esa sabiduría de la experiencia de vida que deja huella.
A sus 88 años, su mente sigue ávida de lecturas. Su historia, tejida entre aulas, libros, proyectos y jardines, es un testimonio del poder de la perseverancia y la pasión por la educación.

















