El Quinteto Astor Piazzolla ofreció tres noches memorables en el Teatro Colón de Bogotá con un poderoso homenaje al legado del maestro del Nuevo Tango.

Publicado por: Redacción Cultural
No fue solo una noche de tango. Fue una ceremonia. Una evocación de todo lo que Astor Piazzolla significó y aún significa. En el majestuoso Teatro Colón del Centro Nacional de las Artes, el Quinteto Astor Piazzolla se presentó los días 15, 16 y 17 de mayo para rendir homenaje a ese compositor que no solo reinventó el tango, sino que lo convirtió en un idioma universal.
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Allí, bajo la cúpula del teatro más emblemático del país, no hubo espacio para la nostalgia tibia ni para el tango domesticado. Lo que vibró en cada acorde fue la intensidad de una música que supo ser rebelde, sofisticada y profundamente emocional. Un tango que ya no llora en la esquina del arrabal, sino que dialoga con Bach, respira jazz y se atreve con la disonancia.
Astor Piazzolla rompió esquemas. Su Nuevo Tango fue, para muchos, un escándalo. Hoy es una escuela. El quinteto que lleva su nombre no solo interpreta su obra: la honra, la actualiza, la hace respirar otra vez. Pablo Mainetti (bandoneón), Matías Feigin (piano), Serdar Geldymuradov (violín), Armando de la Vega (guitarra) y Daniel Falasca (contrabajo) no tocan: dialogan con cada partitura, revelan sus capas, sus heridas, su belleza punzante.
Ganadores de dos Latin Grammy, han recorrido los escenarios más importantes del mundo, y esta presentación en Bogotá marca el inicio de una gira por Europa. Pero el concierto en el Colón fue más que una parada en la ruta. Fue un encuentro. Un reencuentro. Porque en Colombia, la obra de Piazzolla ha encontrado una audiencia devota, capaz de reconocer en su música una forma de resistencia estética.
Desde los primeros compases de “Escualo” hasta el estremecedor cierre con “Libertango”, el quinteto llevó al público por un repertorio que no ha perdido ni un gramo de fuerza. “Oblivion”, “Adiós Nonino”, “Tanguedia”, cada obra fue interpretada con una precisión quirúrgica, pero también con una sensibilidad que evitó el riesgo de lo museal. Porque este no fue un concierto para recordar a Piazzolla: fue para volver a sentirlo.
La música, como la memoria, se volvió cuerpo. El bandoneón de Mainetti rugió como si reclamara justicia. El violín de Geldymuradov lloró y cantó. El contrabajo de Falasca sostuvo la tensión con una elegancia profunda. Y entre todos, la certeza: Piazzolla sigue entre nosotros.
La gira internacional que inicia con este concierto no busca encerrar a Piazzolla en una vitrina. Su propósito es todo lo contrario: abrir puertas, cruzar fronteras, llevar su legado a nuevos oídos. El repertorio cuidadosamente seleccionado para esta serie de conciertos lo confirma: estamos ante una obra viva, mutante, capaz de conmover a quien la escuche por primera vez y de redescubrirse en cada interpretación.
En una época donde lo efímero reina, el Quinteto Astor Piazzolla nos recordó que hay músicas que no pasan. Que hay legados que no se heredan: se defienden, se reencarnan, se tocan con las entrañas. Y esa noche, en el Colón, el Nuevo Tango volvió a nacer.















