Cultura
Jueves 05 de junio de 2025 - 03:12 PM

Cuando el cuerpo de las mujeres recuerda y el tiempo se deshilacha: una crónica sobre Liep

En el Teatro Santander, la actriz y directora santandereana Susana Ortíz abrió un umbral entre la memoria del cuerpo de las mujeres y el misterio, entre lo que fuimos y lo que aún no comprendemos. Y el resultado es impactante e imperdible.

Liep, cuando el cuerpo de las mujeres recuerda y el tiempo se deshilacha. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA
Liep, cuando el cuerpo de las mujeres recuerda y el tiempo se deshilacha. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Una mujer despierta en un espacio que no reconoce. El tiempo la ha cubierto de ropa, de años, de silencios. El cuerpo que habita ya no le responde con la agilidad de antes. Es suyo, pero le es ajeno. En esa niebla comienza Liep, un ritual escénico que no narra: invoca. Que no explica: sugiere. Que no actúa: se desnuda.

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La obra, dirigida y protagonizada por la actriz y creadora santandereana Susana Ortíz, es una danza lenta con la memoria de las mujeres. Una ceremonia donde las preguntas son más importantes que las respuestas. Allí, cada tela, cada sombra, cada voz, son fragmentos de una vida que se arma y se desarma como una muñeca de trapo cosida con hilos del alma.

Liep no se impone, susurra. En lugar de discursos, entrega atmósferas. En vez de certezas, lanza preguntas como piedras al agua: ¿Cuándo dejé de reconocerme? ¿Dónde habito ahora? ¿Qué queda de lo que soñé ser?

El cuerpo de una mujer no siempre fue suyo. Durante siglos, ha sido diseccionado, diagnosticado, crucificado. Lo llamaron impuro, lo llamaron frágil, lo llamaron histérico. No por lo que era, sino por lo que temían que fuera: libre, deseante, autónomo.

En la antigua Grecia, ya lo sospechaban: si una mujer sentía demasiado, lloraba, deseaba o se negaba, era porque su útero, ese órgano con voluntad propia, vagaba por su cuerpo provocando desequilibrio. Así nació la palabra “histeria”, del griego hystera, útero.

Durante siglos, la medicina, guiada por el dogma y el miedo, construyó alrededor de las mujeres una jaula de diagnósticos: cualquier gesto de autonomía, de deseo, de placerera clasificado como un trastorno. ¿Gritaba? Histeria. ¿No quería casarse? Histeria. ¿Le gustaba otra mujer? Histeria. ¿Se tocaba a sí misma? Peligro.

En la Europa del siglo XIX, miles de mujeres fueron recluidas en asilos por sentirse tristes, por amar fuera de las normas, por desobedecer a sus maridos. Les aplicaban duchas heladas, sangrías, electro shocksy a veces, como cura definitiva, la histerectomía: quitarles el útero, ese órgano culpable de su insumisión.

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Mientras tanto, los hombres discutían en manuales y salones médicos si las mujeres eran realmente capaces de sentir placero si lo fingían, como se finge un delirio. Y si lo sentían, ¡peor aún!, había que corregirlo.

Les prohibieron gozar, elegir, gritar, moverse. Les vendieron corsés que apretaban el cuerpo y discursos que apretaban el alma. Les dijeron que el deseo era enfermedad, y que el amor, si no dolía, no era verdadero.

Pero las mujeres recordaron. Recordaron con la piel, con la danza, con el parto, con la voz. Recordaron que no estaban rotas, sino silenciadas.

Hoy, cuando una mujer habla de placer aún hay quien desvía la mirada. Cuando elige su camino, aún hay quien le diagnostica egoísmo. Pero ya no hay marcha atrás: el cuerpo que les negaron ha sido reclamado.

La música, compuesta y tejida por Nicolai Chaparro, es la respiración de esa memoria: hay voces lejanas, melodías suspendidas, silencios que hablan. La escena vibra como un pecho herido y esperanzado, y el diseño de luces, a cargo de Richard Gómez, revela paisajes interiores más que decorados.

Los objetos, mínimos, sugerentes, son huellas de una infancia que no se ha ido. Y las interpretaciones vocales de Carlos Flórez, Laura Pérez y Daniela Amaya dan cuerpo a los fantasmas dulces y crueles de la protagonista, que no está sola aunque parezca abandonada.

Hay gritos, pero necesarios, en Liep. No hay efectos deslumbrantes ni verdades rotundas. Lo que hay es presencia: un cuerpo que tiembla, que carga una historia no lineal sino emocional. Susana Ortíz no interpreta: encarna a las mujeres y todo lo que a lo largo de nuestra vida tenemos que escuchar sobre nuestros cuerpos y nuestras elecciones. Susana se ofrece sin reservas, con una honestidad que no dramatiza, sino que pulsa. Ella no actúa el recuerdo, lo revive. Y en esa intimidad, cada espectador se ve a sí mismo: en la niña, en la madre que no fue, en la mujer que envejece sin avisos.

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La dirección de Diana Arévalo cuida cada detalle como quien borda a mano: sin prisas, sin adornos innecesarios, con amor por el trazo invisible. Cada escena parece tejida con hilos de lo real y lo soñado, y por eso duele y alivia a la vez.

Liep no quiere contar una historia. Quiere que recordemos la nuestra. Que nos sentemos a su lado en la oscuridad del teatro y escuchemos lo que el cuerpo aún guarda. Y cuando termina, sin estruendo, sin aplauso forzado, algo queda suspendido en el aire: una pregunta, un gesto, una nostalgia.

Es teatro, sí. Pero también es poema. Es carta no enviada. Es espejo empañado. Y es regalo: porque fue con entrada libre, como se ofrecen las cosas que nacen del alma.

En el Teatro Santander, Liep dejó encendida una luz tenue en quienes se atrevieron a mirar hacia adentro. Porque a veces, las obras no se entienden: se sienten. Y a veces, como en esta, lo que se siente se queda para siempre.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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