El artista santandereano Rafael Zambrano presenta “ChicamochaE”, una exposición inspirada en el Cañón del Chicamocha que combina técnica neumática, memoria personal y contemplación del paisaje.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
“Imagínate esto: estás bajando hacia Cepitá, el calor del mediodía te empuja a mirar al suelo… y ves una piedra. Pero no cualquier piedra. Una que parece decirte: mírame, alzame, sácame. Y tú le haces caso“.
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Rafael Zambrano no lo cuenta como una metáfora ni como una idea poética. Lo dice con la naturalidad de quien ha aprendido a escuchar el paisaje. “Las piedras hablan, madrecita… solo hay que saberlas oír”, insiste. Y así nació ChicamochaE, una exposición que transforma el Cañón del Chicamocha en una experiencia sensorial, espiritual y artística.
La muestra, abierta en la Alianza Francesa de Bucaramanga, presenta obras en las que no hay pinceles, ni reglas académicas. Solo aire, pintura expandida, memoria y una conexión íntima con el territorio.
Zambrano lleva cuarenta años pintando, pero no siempre sobre lienzo. Su historia artística comenzó en talleres de pintura automotriz, mezclando tonos para motos, bicicletas y carros. De ahí aprendió a leer los metales, las perlas, los pigmentos. Pero fue con el tiempo, y con una pérdida profunda: la muerte de su madre a los 13 años, que el color se volvió también consuelo.
“Yo no pinto con pincel. Lo que hago es empujar el color con aire. Lo dejo correr. Lo dejo hablar”, explica. Su técnica se llama neumática y mezcla todo lo que ha aprendido en la vida: desde los pigmentos industriales hasta los matices del paisaje andino.
Pero lo más importante no está en la técnica. Está en lo que la inspira. “Cada vez que lavo una piedra del Chicamocha me sorprendo. Hay dulzura, hay vida. Esa roca tiene dentro el mismo ADN que yo. Porque la he caminado, la he tocado, la he vivido”.

El Chicamocha como madre, cuerpo y hogar
El artista no representa un paisaje: se funde con él. Para Zambrano, el cañón es un ser vivo. Tiene voz, energía, temperamento. “Ese cañón grita, hermana. Grita lo grande que es. Es el centro espiritual de Santander. Todo el que pase por aquí tiene que sentirlo”.
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Y no habla solo de rocas. Habla de chivos, de grillos, de las hormigas culonas que caminaba de niño por las veredas. Habla de su abuela, que vacunaba a pie en Umpalá y Villanueva. De los aromas a tabaco y canela. De la ceiba barrigona, del corozo, del mamón. “Eso es lo que uno pinta: el recuerdo. La historia que está en la tierra”.
ChicamochaE no es una exposición de un solo momento. Es un proceso de años, de recorridos a pie, en bicicleta, en silencio. Todo comenzó cuando el fotógrafo Freddy Barbosa, al ver una de sus obras, le dijo: “Esto se parece al Chicamocha”. Y en lugar de quedarse con la intuición, se fueron al cañón. Juntos tomaron fotos al amanecer, al mediodía, en la noche. Recogieron piedras. Observaron.
Y Rafael lo supo: esa era su misión.
“Vamos a seguir cinco años más, mínimo. Vamos a recorrer Capitanejo. Vamos a sacar de ese cañón lo más esencial: su vida”, dice. Y cuando lo dice, no suena a promesa. Suena a llamado.
Pero Zambrano no solo pinta. También acompaña. Durante años ha sido guía espiritual para personas con enfermedades terminales. Tiene un programa llamado Acompañamiento en el dolor y la esperanza. Dice que su fe, cultivada en la escuela de laicos de la Arquidiócesis, es parte de su arte.
Y en eso coincide todo: la pintura, la roca, el color, la respiración, el consuelo. Porque para él el arte es observar con el corazón. “Uno puede mirar muchas cosas, pero observar… eso es distinto. Observar es dejarse tocar. Y el Chicamocha te toca”.
“Esto es un regalo para Santander”, repite con humildad y orgullo. Y no lo dice como quien vende una obra, sino como quien comparte una vivencia. Cada trazo está hecho de memorias, de caminatas, de lágrimas, de aire. De fe.
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La exposición puede visitarse durante julio en la Galería Léopold Sédar Senghor. Pero más allá del lugar, el mensaje es claro: detenerse. Sentir. Volver a mirar la piedra, el polvo, el grillo, la ceiba, la roca caliente bajo el sol.
“El Chicamocha no se mira. El Chicamocha se respira.”
















