Cultura
Viernes 04 de julio de 2025 - 06:58 PM

Donde el río habla: reportaje sobre la pesca artesanal en el Magdalena Medio

En Llanito, Barrancabermeja, la pesca artesanal resiste frente al olvido y la crisis ambiental. Memoria Viva, de Jaime Arnache, retrata este oficio milenario que aún sostiene a cientos de familias ribereñas en Santander.

Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

I. Una red entre el agua y la memoria

A orillas del Magdalena, la historia no está en los libros. Está en el barro. En el aire espeso que se cuela entre las ciénagas. En la forma en que el sol se derrite sobre el agua. En Llanito, corregimiento de Barrancabermeja, la vida todavía se mide por las lunas del río. El día arranca con el crujir de la canoa. Con el silbido agudo de la atarraya cortando el silencio. No es postal. Es memoria viva. Vestigio de un mundo que se niega a desaparecer.

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Jaime Arnache lo sabe. Y por eso dispara. Su cámara no documenta: resiste. Luz, sombra, dignidad. Así cuenta lo que el país olvida.

Su proyecto Memoria Viva es más que una serie fotográfica: es un acto político y poético. Un intento por detener, aunque sea un segundo, el olvido que amenaza con tragarse la pesca artesanal, esa práctica milenaria que ha sostenido a comunidades enteras y que hoy se debate entre la precariedad y la extinción.

“Pescar no es solo tirar una red. Es saber leer el agua, interpretar sus señales, respetar sus tiempos”, dice don Diógenes Carlos Potes Castrillo, pescador de toda la vida. Lo dice sin alardes, con la calma de quien ha dialogado más con el río que con los hombres. Sus manos, endurecidas por años de faena, son su propio archivo: en cada pliegue hay una historia de barro, sustento y supervivencia.

Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA

II. El río enferma, la pesca desaparece

La pesca artesanal no muere sola. La arrastran muchas corrientes. Contaminación. Sobrepesca. Alimento vuelto industria. Instituciones sordas. Saberes que se van. “El río está enfermo”, dicen los pescadores. Ya no canta. Ya no avisa cuándo llega el bocachico. No trae vida. Trae basura.

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Los jóvenes, al ver esto, se marchan. Prefieren probar suerte en las ciudades, lejos del agua que ya no da. Abandonan las redes, los anzuelos, las madrugadas. “Muchos no quieren esta vida porque no ven futuro. Porque sienten que no vale la pena conservar algo que el mundo se empeña en olvidar”, comenta Yelisa Potes, líder ambiental y guía del Llanito.

Ella ha sido pieza clave en la preservación de este oficio. Lidera procesos comunitarios, gestiona talleres para niñas y niños, documenta las historias de los pescadores. Sabe que lo simbólico también se defiende con acciones concretas: “Nuestra cultura no puede quedar como un recuerdo triste. Hay que compartirla, sembrarla otra vez”.

Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suminisrada/VANGUARDIA

III. Entre la canoa y el calandro

En Colombia, la pesca artesanal representa cerca del 80 % del pescado fresco que se consume. Pero no todas las redes son iguales. Elías Botero, Pescador deportivo desde hace 35 años, distingue dos prácticas: la pesca artesanal de subsistencia, la que alimenta hogares, respeta los ciclos, devuelve al agua lo que no necesita, y aquella que, aun siendo artesanal, está integrada al mercado nacional, con dinámicas más intensivas y a veces menos sostenibles.

“Una cosa es salir a pescar para el almuerzo y otra muy distinta es llenar la canoa para surtir una plaza de mercado”, explica. “Hay pescadores responsables, que devuelven peces pequeños, que respetan los desoves, pero también hay quienes usan calandrias y dejan las redes toda la noche. A veces lo que sacan ya viene dañado”.

La regulación es ambigua, la protección estatal escasa. Y eso pesa. “El pescador no siembra, solo saca. Pero también porque no tiene cómo”, insiste. “¿Dónde están las políticas que nos ayuden a sembrar el río otra vez?”.

Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA

IV. Políticas, patrimonios y paradojas

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Desde 2019, la pesca artesanal ha sido reconocida en Colombia como Patrimonio Cultural Inmaterial en varias zonas ribereñas del Magdalena. La FAO y la ONU dedicaron el 2022 al reconocimiento de este oficio en todo el mundo. Incluso hay comunidades en proceso de ser inscritas en la lista de patrimonio de la Unesco. Pero en la práctica, todo eso sigue siendo un ideal distante.

Hay esfuerzos. En la Amazonía, liderazgos como el de Lilia Java promueven normas comunitarias, siembran árboles, regulan artes de pesca. En Santander, colectivos han creado planes participativos de salvaguardia: organizan vedas, limpian ciénagas, construyen acuerdos sobre el uso del agua.

Y las mujeres, históricamente invisibles en estos relatos, están en todas las etapas: preparan, pescan, venden, lideran. Son memoria viva y fuerza del presente.

Pero la amenaza sigue latente. El cambio climático altera los ritmos del agua, reduce especies, confunde a los peces. La pesca industrial arrasa sin distinción, mientras el pescador artesanal lanza su red como quien reza una oración.

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Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA

V. Una imagen para no olvidar

En las imágenes de Jaime Arnache, el agua no es fondo: es protagonista. La red vuela en cámara lenta. La canoa se convierte en altar. La silueta del pescador parece fundirse con el paisaje. La fotografía, aquí, no es ornamento: es testimonio.

Memoria Viva no idealiza. No romantiza. Sabe que detrás de cada retrato hay cansancio, incertidumbre, resistencia. Pero también belleza, dignidad, esperanza. En una de las imágenes, don Diógenes aparece lanzando la atarraya con una fuerza que no corresponde a sus años. “El río todavía nos da”, dice. “Pero hay que aprender a escucharlo otra vez”.

Y quizás esa sea la enseñanza más urgente: que el agua no se hereda, se cuida. Que la pesca no es solo alimento, sino lenguaje. Que un pueblo que olvida sus ríos se seca por dentro. Y que, mientras exista alguien que eche la red con amor y memoria, aún hay posibilidad de salvación.

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Hoy, más que nunca, se necesita volver la mirada a los márgenes, donde habita el saber profundo. Escuchar a quienes han vivido del río sin exprimirlo. Reconocer que sin pescadores, sin sus cantos, sus nombres y sus gestos, también desaparecen los territorios.

Memoria Viva no solo documenta. Propone. Llama. Pide pausa. Y en un mundo donde todo parece correr, esa es quizá su mayor potencia: obligarnos a mirar de frente lo que aún vive, aunque esté en peligro.

Porque no es solo la pesca lo que se pierde cuando se seca una ciénaga. Es la memoria de un país entero. Y hay redes que, aunque viejas, aún pueden salvarnos.

Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA

VI. Santander: pesca ribereña y tejido comunitario

Aunque rara vez figura en el foco nacional, Santander, y en particular las zonas ribereñas de Barrancabermeja y Puerto Wilches, forma parte esencial del ecosistema de pesca artesanal en el Magdalena Medio. Allí, entre caños, ciénagas y afluentes del gran río, persiste una cultura pesquera viva, aunque amenazada. Según datos de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), el departamento cuenta con múltiples asociaciones de pescadores artesanales formalmente registradas. Solo en Puerto Wilches operan organizaciones como Aspeswill, Corpesmag, Asoped, Aspaac, Amulpeasog, Asopebew y Asopescil, que desde 2020 y 2021 agrupan a cientos de pescadores locales comprometidos con la sostenibilidad del oficio y la defensa de sus territorios.

Aunque los datos específicos para Santander aún son limitados, la región aporta de manera significativa al volumen de pesca artesanal que, a nivel nacional, representa cerca del 80 % del pescado fresco que se consume en Colombia. También hace parte de ese universo de unas 35.000 a 40.000 familias que dependen del río Magdalena para vivir, no solo como fuente de alimento, sino como territorio cultural.

En el departamento, varias de estas prácticas han logrado integrarse al programa nacional de formalización y articulación de asociaciones liderado por la Aunap. Esta estrategia ha permitido que organizaciones locales accedan a mercados más estables y a programas de fortalecimiento productivo, claves para sostener una actividad que lucha por no desaparecer entre la crisis ambiental y la desatención institucional.

Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA
Fotografía: Jaime Arnache- Suministrada/VANGUARDIA

VII. Patrimonio, planes y salvaguardia en Santander

Santander se suma al esfuerzo nacional por reconocer y proteger la pesca artesanal como Patrimonio Cultural Inmaterial, alineándose con el Plan Especial de Salvaguardia (PES) impulsado por la Fundación Alma junto a comunidades ribereñas. Este plan, que abarca 30 municipios en 10 departamentos, incluye a los territorios santandereanos del Magdalena Medio y articula dimensiones clave como soberanía alimentaria, educación, arte y gobernanza del agua.

Más que una declaración simbólica, el PES plantea acciones concretas: vedas participativas, educación ambiental, preservación de prácticas tradicionales como la pesca con atarraya y el fortalecimiento de liderazgos comunitarios, tanto femeninos como masculinos, que sostienen el tejido social en estas riberas. En una región marcada por la contaminación, el cambio climático y la presión de la pesca industrial, estos mecanismos de salvaguardia son herramientas vitales para defender no solo un oficio, sino una forma de vida.

VIII. Retos locales y oportunidades desde Santander

En Puerto Wilches y Barrancabermeja, los retos de la pesca artesanal van más allá del acto de lanzar la red: pasan por el acceso a recursos técnicos, la mejora de infraestructuras y la sostenibilidad ambiental. Aunque no existen cifras públicas precisas sobre las capturas locales en toneladas, el panorama es claro: el río Magdalena, que décadas atrás producía hasta 70.000 toneladas al año, hoy apenas ronda las 10.000. Una caída drástica que habla del deterioro del ecosistema fluvial y de la urgencia de actuar.

A nivel nacional, el crecimiento del sector pesquero y acuícola es significativo, 81.000 toneladas de pesca y 192.000 de acuicultura en 2023, con cerca de 113.000 pescadores formalizados, y abre una ventana de oportunidad para Santander. Pero aprovecharla requiere fortalecer la organización comunitaria y la articulación con programas estatales.

Las asociaciones que ya operan en el departamento podrían acceder a apoyos para capacitación, modernización de motores, diseño de vedas sostenibles y sistemas de trazabilidad, herramientas que han mostrado resultados positivos en otras zonas del Magdalena Medio. El desafío está en tejer redes no solo sobre el agua, sino también entre instituciones, comunidades y políticas públicas que reconozcan el valor estratégico y cultural de esta pesca que resiste.

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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