En Charalá, Santander, la obra Bajo el mismo Guayacán transforma el conflicto armado en un acto de memoria y reconciliación a través del teatro, la música y la denuncia social.

Publicado por: Redacción Cultural
La tarde clara en Charalá del pasado 27 de junio. La Casa de la Cultura respira memoria. En escena, Bajo el mismo Guayacán. No es solo teatro. Es una herida abierta que se narra, una historia brotada del surco comunero, con voces que no olvidan. Luis Libardo Bayo Flórez dirige. Y el pueblo, por fin, se cuenta a sí mismo.
La obra fue creación Colectiva de Geraldine Sánchez Bayo y Sandra Acosta.
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La obra es el fruto de un proceso comunitario liderado por la Asociación Cabildo Indomestizo Guane y respaldado por la Secretaría de Gobierno de Charalá, con el apoyo del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Su nombre evoca un árbol fuerte y florecido, como símbolo de resistencia, testigo de la historia de un pueblo que se rehúsa a olvidar.
“La obra nace a partir de la necesidad de participar en estos espacios de cultura de paz que promueve el Ministerio”, explica Sandra Acosta-Martínez, actriz, gestora cultural y una de las protagonistas de esta iniciativa. “Con el maestro Bayo nos sentamos a recopilar la historia de Riachuelo, sus mujeres, sus niños, los comuneros. Recogimos sus voces, digerimos todo ese dolor y lo convertimos en una propuesta que busca invitar a la reflexión, que permita transformar la violencia en palabra y en escena”.

Un pueblo que se cuenta a sí mismo
Riachuelo. Corregimiento de Charalá. Allí, la violencia política dejó cicatrices que aún arden. En escena, un abuelo con alma de rebelde. Una familia campesina rota por la guerra. Una joven que empieza a entender lo que nunca le dijeron. Sus silencios. Sus ausencias. Juntos dibujan un país que duele. Pero que aún sueña con sanar.
La estructura narrativa alterna momentos de humor costumbrista con escenas cargadas de simbolismo. La obra inicia con la aparición de un fantasma, una gran máscara blanca, que recorre el escenario como si flotara sobre los recuerdos. “Es una sátira”, dice Sandra. “Un preludio que mezcla ironía con verdad, para hacer más digerible el dolor. Se burlan de los defectos humanos, de las mezquindades del poder, pero también se nos hace un guiño: aquí nadie se salva de la historia”.
Dos campesinos y su hija. La madre quiere contar. Las violencias. Las desapariciones. El padre, en cambio, guarda silencio. Ese choque, palabra contra sombra, es el corazón de la obra. ¿Callar para proteger? ¿Hablar para sanar?
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En escena, las máscaras de los desaparecidos flotan como fantasmas. Y luego, las palomas. Decenas. Hechas de papel, pero cargadas de futuro. Vuelan sobre el escenario como si la paz, por fin, tuviera forma.

Bajo el mismo Guayacán también es una obra musical. Las canciones no son simples acompañamientos: son detonantes emocionales. “El maestro canta El abuelo de Fausto, y cuando la escucho me doy cuenta de que sigue vigente, como si no hubiera pasado el tiempo”, dice Sandra. “Geraldine, Diamond Gera, canta América de Calle 13, y su interpretación estremece. No se cantan completas, pero se escogen fragmentos clave que nos ayudan a mostrarle al público lo que aún ocurre”.
La banda sonora se convierte en una segunda voz de la obra. No ilustra; interpela. Resuena con los cuerpos en escena, y con los cuerpos ausentes de quienes ya no están. La música, como la memoria, no busca respuestas fáciles, sino preguntas incómodas.
“La obra abarca un largo tiempo”, reflexiona Sandra. “Desde los comuneros hasta nuestros días. Para mí, el ser humano ha sido muy violento desde siempre, pero también puede cambiar. Esta obra es nuestro granito de arena para cultivar ese cambio. Para que recordar no sea un castigo, sino un acto de amor y justicia”.
Un guayacán que sigue floreciendo
Cuando cae el telón, el silencio pesa. No es un silencio de vacío, sino de digestión. El público no aplaude enseguida. Se queda quieto. Piensa. Reconoce. Bajo el mismo Guayacán no pretende dar respuestas ni ofrecer catarsis inmediata. Su propuesta es otra: invitar a la comunidad a mirarse al espejo, a reconocerse con sus heridas, a sembrar diálogo donde hubo pólvora.
“Sin memoria no hay futuro”, sentencia uno de los personajes. Y es allí donde la obra cobra todo su sentido. En una región donde el olvido ha sido estrategia y el miedo, herencia, esta creación escénica se planta como símbolo: el arte como vehículo de sanación, la palabra como acto político y el teatro como espacio de reparación.
Charalá, tierra de comuneros, vuelve a alzar la voz. Esta vez, no con fusiles ni proclamas, sino con máscaras, canciones y guayacanes que, obstinadamente, siguen floreciendo.
















