Un proyecto artístico liderado por Pierre Valls, Eugenio Merino y Santiago Rueda explora el corredor migratorio entre Cúcuta y Bucaramanga, con especial énfasis en el páramo de Santurbán.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
La mujer llevaba una cobija terciada al hombro y una bolsa plástica con un par de zapatos rotos. Iba acompañada de su hijo de seis años, que arrastraba una chaqueta de adulto. Habían salido de San Antonio del Táchira cinco días atrás y ahora, mientras subían hacia el páramo de Santurbán, el frío les calaba los huesos. Se detenían cada tanto a tomar aire. No hablaban. Solo caminaban.
A un costado del camino, un hombre observaba en silencio. No era policía ni guía. Era un artista. Pierre Valls, franco-español radicado en México desde hace una década, acompañaba a un grupo de investigadores en el corredor migratorio entre Cúcuta y Bucaramanga. No llevaba lienzos ni cámaras; solo una libreta pequeña y la certeza de que allí, en ese terreno quebrado y húmedo, se trazaban rutas invisibles que también eran arte.
“Los migrantes crean su propia cartografía”, diría después. “Cada paso es una decisión forzada. El cuerpo, la geografía y la urgencia dibujan un mapa que no aparece en los sistemas oficiales”.
Valls es doctor en Artes Visuales por la Unam y actualmente cursa un posdoctorado en Geografía. Su obra se mueve en los márgenes entre arte, territorio y conflicto. Su arte es una forma de interceder, de traducir lo real, de incomodar.
En septiembre, junto al artista español Eugenio Merino y el curador colombiano Santiago Rueda, pondrá en marcha un proyecto artístico en el páramo de Santurbán, uno de los tramos más hostiles, y simbólicos, de la ruta migratoria que conecta Venezuela con el centro de Colombia. El propósito: explorar cómo la geografía impacta los cuerpos que cruzan, y cómo esos cuerpos producen, a su vez, nuevas formas de habitar y resistir.

Bucaramanga, ciudad frontera
La iniciativa parte desde Bucaramanga, ciudad donde Valls ya ha desarrollado proyectos junto al curador Santiago Rueda y la Cooperativa Ecoemprender. Allí trabajó sobre el tráfico de cabello humano, rastreando el trayecto económico y simbólico del pelo que muchas mujeres venden para sobrevivir. “Es también una forma de despojo”, dice. “¿Qué significa desprenderse de una parte de tu cuerpo para poder comer?”.
Bucaramanga ocupa un lugar clave en el mapa migratorio de Colombia. No es solo paso ni solo punto de llegada. Es origen, tránsito y destino: de aquí parten migrantes colombianos y venezolanos hacia el norte; aquí hacen escala quienes cruzan desde Cúcuta; y aquí también se quedan muchos, levantando nuevas formas de vida en condiciones precarias.
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“Muy pocas ciudades operan así”, señala. “Por eso trabajar aquí es esencial para entender la migración no como evento aislado, sino como estructura”.
La propuesta que presentará en la charla “Arte de migración”, este 17 de julio en el espacio de Café Libro de la Biblioteca Pública Gabriel Turbay, junto a Santiago Rueda, se aleja del arte de representación tradicional. En su lugar, propone pensar desde prácticas colaborativas, vinculadas al territorio y al testimonio. Obras de artistas de Asia, África y América Latina que no solo muestran, sino se involucran.

Valls distingue claramente entre el arte autónomo, ese que se produce en el taller, se vende en el mercado y queda atrapado en un circuito cerrado, y el arte instituyente, que interviene en lo real. “Somos como periodistas”, dice. “Solo que, en lugar de artículos, usamos instalaciones, fotografías, performances. Pero la intención es la misma: contar lo que pasa, amplificar lo que no se quiere oír”.
Su apuesta es política y poética. Y también utópica. Cree que el arte tiene la capacidad de transformar, no solo representar. Que no se puede dar la espalda a las violencias de la época: la migración, el despojo, el feminicidio, la destrucción del territorio.
“Es importante entender que el territorio tiene agencia. El páramo dice cosas. No se trata solo de cruzarlo, sino de leerlo”, explica Valls. Y en esa lectura, el arte puede ser clave: no para embellecer el dolor, sino para hacerlo visible, para registrarlo con una sensibilidad que no excluya la crudeza.














