Cultura
Miércoles 10 de septiembre de 2025 - 12:09 PM

La historia no contada de la diócesis de Barrancabermeja: una forma de resistencia desde la fe

El historiador William Elvis Plata, Osmir Ramírez Trillos y la politóloga Daniela Plata Rodríguez reconstruyen el papel de la diócesis de Barrancabermeja en medio del conflicto armado. Su nuevo libro revela cómo la Iglesia, lejos de guardar silencio, organizó comunidades, defendió a las víctimas y resistió la guerra con fe.

Mons, Jaime Prieto Amaya y sus colaboradores (2002 aprox.). Foto suministrada/VANGUARDIA
Mons, Jaime Prieto Amaya y sus colaboradores (2002 aprox.). Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

El padre Jaime Barba, hoy integrante del Instituto Sacerdotal “Sacerdotes del Prado”, no olvida la noche del 16 de mayo de 1998: “los paramilitares entraron al barrio El Campín y mataron a jóvenes que no tenían nada que ver con ningún grupo armado. Fue una masacre”, recuerda.

“Monseñor Jaime Prieto Amaya nos convocó a todos: sindicatos, comunidades, organizaciones. No podíamos quedarnos callados. Fue un momento de ruptura, pero también de resistencia colectiva”.

La herida fue aún más profunda cuando muchos de los cuerpos nunca aparecieron: “dicen que los arrojaron a un caño en San Rafael de Lebrija, donde había caimanes. La Policía y el Ejército sabían que eso iba a pasar… y aun así lo permitieron”, denuncia el sacerdote con voz pausada.

Barba también recuerda al padre “Bernardo López Arroyave”, asesinado por los paramilitares: “Fue injustamente señalado de estar con la guerrilla, cuando lo único que hacía era acompañar a las comunidades. Muchos pagaron con su vida por defender la paz”.

En medio del fuego cruzado entre guerrillas, paramilitares y Fuerza Pública, mientras cuerpos eran arrojados a caños y la ciudad se sacudía entre masacres y miedo, hubo una red silenciosa que resistía con otra arma: la fe. Una red tejida por sacerdotes, mujeres, campesinos y líderes barriales que, desde la diócesis de Barrancabermeja, decidieron no callar. Su historia, durante más de tres décadas, permaneció oculta entre archivos y voces rotas. Hoy, vuelve a contarse.

La historia no contada de la diócesis de Barrancabermeja.
La historia no contada de la diócesis de Barrancabermeja.

En los años setenta y ochenta, la ciudad vivió una efervescencia social difícil de encontrar en otros lugares del país. Paros cívicos, huelgas generales, tomas simbólicas y movilizaciones populares marcaron el pulso de una ciudadanía que no temía exigir. Pero también llegaron los golpes: represión, estigmatización, persecución. El sindicalismo fue visto como enemigo interno, y la USO, blanco frecuente de amenazas.

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En 1994, la diócesis de Barrancabermeja fue pionera en el país al crear una Pastoral de Derechos Humanos, dedicada a documentar abusos, acompañar a víctimas del conflicto y dialogar con instancias internacionales.

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En ese escenario, floreció una red de organizaciones sociales. Mujeres que se reunían en barrios populares para exigir el derecho a vivir sin miedo, campesinos que pedían tierra y justicia. Jóvenes que soñaban con una ciudad más digna. Nacieron entonces apuestas como la Coordinadora Popular, que logró articular voces distintas bajo una sola consigna: resistir.

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Pero la guerra no tardó en instalarse.

Primero llegaron las guerrillas. El Eln y las Farc hacían presencia en la región desde hacía décadas. Pero fue en los noventa cuando se desató la tragedia: con la expansión de los grupos paramilitares, el conflicto se volvió urbano, inmediato, imposible de ignorar. El 16 de mayo de 1998 quedó marcado como uno de los días más oscuros en la historia reciente de Barrancabermeja: los paramilitares ingresaron al barrio El Campín y masacraron a jóvenes que nada tenían que ver con actores armados. Veinticinco de ellos fueron desaparecidos. Muchos aún no han sido encontrados.

En medio del miedo, surgió una fuerza inesperada: la fe. La Diócesis de Barrancabermeja, bajo el liderazgo de obispos como Jaime Prieto Amaya, decidió no callar. Desde las parroquias, los centros comunitarios, los grupos juveniles, la Iglesia se convirtió en un actor que acompañaba, protegía, denunciaba. No se alineaba con ningún grupo armado: su único bando era el del pueblo.

Junto a ella se fortalecieron procesos como la Organización Femenina Popular (OFP), pionera en la defensa de los derechos de las mujeres en medio de la guerra; Credhos, que documentó violaciones de derechos humanos incluso bajo amenaza; y el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, que tejió caminos de reconciliación desde lo comunitario.

En esa ciudad arrasada por la violencia, hubo quienes se jugaron la vida por la paz. Sacerdotes como Bernardo López Arroyave, asesinado tras ser señalado injustamente de colaborar con la guerrilla. Campesinos organizados en la ATCC que se negaron a tomar las armas y fueron premiados por su valentía. Líderes barriales que decidieron no huir. Mujeres que, desde los barrios más golpeados, insistieron en organizar comedores, centros de escucha, refugios. En medio del terror, Barrancabermeja fue también ejemplo de dignidad.

Osmir Ramírez Trillos, William Elvis Plata y Daniela Plata Rodríguez, autores del libro. Foto suministrada/VANGUARDIA
Osmir Ramírez Trillos, William Elvis Plata y Daniela Plata Rodríguez, autores del libro. Foto suministrada/VANGUARDIA

Esa historia que hoy rescata el libro “Iglesia, resistencia y paz: El caso de la diócesis de Barrancabermeja, Colombia. 1970-2008”, escrito por los investigadores William Elvis Plata Quezada, Osmir Ramírez Trillos y Daniela Plata Rodríguez, con apoyo del Centro Nacional de Memoria Histórica y el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

“El trabajo surgió como un intento de recuperar del olvido una experiencia única en Colombia”, explica William Elvis Plata, historiador y coautor del libro. “Durante más de 30 años, la Iglesia en Barrancabermeja organizó comunidades, defendió derechos humanos y resistió el terror armado. Es una historia larga, sí, pero con un mismo fenómeno: la gente resistiendo colectivamente desde la fe”.

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El libro traza tres momentos fundamentales: en los años setenta, la pastoral social acompañó procesos de organización comunitaria y dignificación de la vida; en los años ochenta y noventa, el foco fue la defensa de derechos humanos ante la expansión paramilitar y desde 1993 hasta 2008, la Iglesia impulsó la reconstrucción del tejido social, en medio de los años más sangrientos de la historia reciente de Barrancabermeja.

Para Daniela Plata Rodríguez, politóloga y coautora del libro, este trabajo busca reescribir la historia de una ciudad que durante años fue estigmatizada por la violencia.

“La idea fue rescatar una memoria que no se conocía. Una memoria guardada en archivos, en relatos orales, en entrevistas. Había que volver a contar quiénes fueron esos actores religiosos, políticos y laicos que se jugaron la vida por la paz. Muchos de ellos fueron asesinados, amenazados o señalados injustamente por defender a la población civil”, dice.

Plata insiste en que el libro también busca “mostrar el papel de la Iglesia como un actor político, pero neutral. Muchos fueron señalados por oponerse a los paramilitares, al Ejército o a la guerrilla, pero no estaban con nadie más que con la gente. Su apuesta era la defensa de la vida en medio del fuego cruzado”.

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Más allá de una reconstrucción académica, el libro se plantea como un relato accesible, cercano. “Queríamos que lo pudiera leer cualquiera. Que la gente entienda que Barranca no es solo violencia o petróleo, sino también una ciudad de sindicatos, mujeres organizadas, comunidades de base, campesinos y sacerdotes que decidieron no rendirse”.

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25 años después de la masacre del 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja, aún hay más de 15 personas desaparecidas cuyo paradero sigue sin esclarecerse, según organizaciones de derechos humanos.

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Osmir Ramírez Trillos, teólogo e historiador, señala que el libro también visibiliza cómo la dimensión espiritual jugó un papel crucial en los procesos de resistencia.

“Las víctimas, muchas veces, mencionan la fe como ese soporte que les permitió volver a empezar, no derrumbarse, incluso perdonar. Sin embargo, pocos estudios se han ocupado de la resistencia animada por lo religioso. Este caso es especial: los obispos impulsaron procesos de diálogo, desarrollo comunitario, defensa de víctimas. No se limitaron a los rezos”, asegura.

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Ramírez destaca el valor pedagógico de esta historia para el país: “Es un caso que invita a pensar una ética de paz, una democracia participativa desde la base, desde lo que parecía imposible en medio del terror”.

Daniela Plata concluye con una afirmación contundente: “la paz también fue posible. Tal vez no en los grandes acuerdos, pero sí en lo micro: en los barrios, en los grupos de mujeres, en los clubes campesinos, en los movimientos civiles”.

“Barrancabermeja nos muestra que la paz no es una utopía lejana, sino una práctica cotidiana. Y que hay salidas colectivas a la guerra, salidas tejidas por la gente común y corriente que no se resignó. Queremos que el país y el mundo sepan que esta ciudad también fue ejemplo de resistencia civil”.

El libro será presentado en Barrancabermeja durante la Semana por la Paz, con la presencia de las comunidades protagonistas de estos relatos.

Mapa de la Diócesis de Barrancabermeja. Foto suministrada/VANGUARDIA
Mapa de la Diócesis de Barrancabermeja. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Es memoria contra el olvido”, concluye William Elvis Plata: “queremos que las nuevas generaciones sepan que en medio del dolor también hubo dignidad, organización y fe. Y que la Iglesia, cuando camina con su pueblo, puede ser fuerza de vida y de justicia”.

Hoy, cuando Barrancabermeja siente el doloroso eco de la violencia del pasado en la cabeza de personajes nuevos, la Diócesis sigue presente. El pasado 18 de julio, mediante un comunicado, aseguró su compromiso con la paz y la reconciliación en la región.

“Animamos con especial insistencia a las autoridades nacionales, departamentales y locales; a las organizaciones sociales, a los liderazgos comunitarios, a los sectores económicos, a las comunidades de fe, a los jóvenes, a las mujeres defensoras de la vida y a los medios de comunicación a unir fuerzas y voluntades. Cada quien, desde su rol, puede prestar un servicio concreto a la paz; brindar garantías, abrir canales, informar con veracidad, educar en la no violencia y vigilar el cumplimiento de los compromisos asumidos. La paz no es tarea de unos pocos; es patrimonio y responsabilidad de todos. Que en nuestros territorios nadie se sienta excluido de esta misión”, aseguró la curia en un artículo publicado por el periodista Juan Carlos Gutiérrez, titulado Los Padrinos de la Violencia en Barrancabermeja.

Más que nunca, el puente entre la fe y los tiempos violentos, se hace necesario.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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