Cultura
Jueves 20 de noviembre de 2025 - 03:30 PM

Tejer la Tierra: una instalación que honra la memoria de la Nacuma

La instalación de Liliana Rodríguez transforma la sala del Libro Total de Bucaramanga en un espacio ritual donde la Nacuma y los elementos fundamentales de la naturaleza dialogan. Entre tejidos ancestrales, cerámica y sonidos del entorno, la obra propone una mirada sensible sobre la tierra.

La artista Liliana Rodríguez entre cerámica, fibras y tierra, núcleo poético de su instalación inspirada en la Nacuma. / Fotografías por Lida Fernanda Prada
La artista Liliana Rodríguez entre cerámica, fibras y tierra, núcleo poético de su instalación inspirada en la Nacuma. / Fotografías por Lida Fernanda Prada

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La presencia de los cuatro elementos, aire, tierra, agua y fuego, es el eje conceptual que sostiene “Tejer la Tierra”, la instalación de la artista Liliana Rodríguez, un viaje sensorial donde los oficios ancestrales se entrelazan con el arte contemporáneo.

Entre cerámica, tierra, fibras, sonidos y agua, su instalación rinde homenaje a la Nacuma (Carludovica palmata), una planta cargada de memoria y significado biocultural. Esta obra se encuentra en el Libro Total de Bucaramanga (calle 35 #9-81) y estará abierta hasta el próximo 28 de noviembre.

Para Rodríguez, integrarlos los elementos otorga una fuerza expresiva esencial al sentido de la obra. Cada uno responde a una relación directa con la Nacuma, planta que, en el territorio, actúa como indicador natural: allí donde crece, la tierra es húmeda y anuncia la presencia de agua subterránea.

Por ello, el agua se vuelve un elemento fundamental dentro de la instalación, íntimamente ligado a la función protectora que cumple la planta. Le puede interesar: Cortometrajes hechos en Santander se proyectarán en barrios de Bucaramanga: conozca la programación

El fuego, por su parte, aparece como fuerza transformadora. Es el elemento que convierte la arcilla en cerámica y la fija en un estado irreversible, recordando los procesos de cambio que atraviesan todos los seres vivos.

La tierra, entendida como origen y madre, se expresa tanto en el barro inicial como en el soporte que permite que la vida brote y transcurra.

El aire, finalmente, se manifiesta como principio vital que posibilita el intercambio, el aliento y lo etéreo. En conjunto, los cuatro elementos configuran el sustrato simbólico desde el cual la instalación adquiere su potencia conceptual.

Dialogar en este proceso con la etnobotánica sucedió para la artista, contrario a una simple idea, sucedió como un sentir. “Siempre me he sentido profundamente motivada a trabajar, desde el arte, con aquello que más me conecta: la naturaleza y las múltiples formas en que se relaciona con el ser humano. Desde las creencias y la alimentación hasta la sanación y lo místico, los seres humanos hemos mantenido históricamente un vínculo estrecho con las plantas, los árboles y, en general, con todo lo que conforma el mundo natural”, explica.

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En este marco, tejer la cerámica se convierte en un gesto profundamente simbólico: un acto de imaginar una relación distinta con la tierra, una relación cuidadosa, protectora y no extractiva. Este tejido no solo une materiales, sino que propone una ética del vínculo, invitando a repensar nuestra manera de habitar y relacionarnos con el territorio.

Con una mezcla de cerámica, tejido y sonido, Liliana Rodríguez construye un espacio donde los cuatro elementos evocan el ciclo vital de la Nacuma y las memorias que habitan el territorio. / Fotografías por Lida Fernanda Prada
Con una mezcla de cerámica, tejido y sonido, Liliana Rodríguez construye un espacio donde los cuatro elementos evocan el ciclo vital de la Nacuma y las memorias que habitan el territorio. / Fotografías por Lida Fernanda Prada

El proceso de creación también fue colectivo y estuvo marcado por el encuentro con la tejedora Argemira Ortiz, quien lleva más de treinta años trabajando la fibra de Nacuma en la vereda Las Flores, cerca de Zapatoca.

La artista cuenta que, junto a un grupo de mujeres interesadas en aprender la técnica, visitó su taller para conocer puntadas, modos de afinar la fibra y prácticas ancestrales del oficio. De ese aprendizaje surgió el tejido que envuelve las piezas cerámicas de la instalación.

Posteriormente, Argemira se vinculó como tallerista en la exposición, guiando a quince participantes que se acercaron con entusiasmo a este trabajo colectivo, históricamente realizado por manos femeninas. Le contamos: MAMB inaugura la XI edición de “Ahí Están Pintadas”, un homenaje a la fuerza creativa de las mujeres

Experiencia sensorial de la tierra

La memoria biocultural de la Nacuma se expresa tanto en lo visual como en lo sonoro. El espectador puede observar dos fases del ciclo de floración: las fibras que actúan como estambres para atraer polinizadores y, luego, su caída, que permite la apertura de la flor y la liberación de semillas sobre un círculo de tierra. Este gesto visual restituye la continuidad del ciclo vital.

Simultáneamente, el paisaje sonoro recrea los sonidos del ambiente que acompañan la experiencia de caminar por la naturaleza. Así, la instalación no solo se observa: se escucha, se reconoce y se recuerda. Cada elemento contribuye a una experiencia inmersiva que conecta al visitante con las memorias que habitan el territorio y con la posibilidad de una relación más sensible y respetuosa con la tierra.

La obra propone una reflexión profunda sobre la relación que mantenemos con la tierra y sus ciclos en un contexto marcado por la pérdida de saberes tradicionales, la aceleración del tiempo y la lógica extractiva que prima sobre el cuidado.

“Es un llamado a observar, a escuchar y a reconectar con aquello que históricamente nos ha sostenido, pero que hemos ido dejando de lado en medio de la prisa contemporánea. Una invitación a volver a atender lo esencial”, manifiesta Rodríguez.

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