Indómita
Jueves 18 de septiembre de 2025 - 11:04 AM

Cocina Migrante llega a Bucaramanga: arte, comida caliente y memoria en la ruta del éxodo venezolano

El proyecto artístico Cocina Migrante llega a Bucaramanga con una exposición sobre la ruta de migración venezolana, comida caliente y hospitalidad en movimiento.

El "Foodtruck" de Cocina Migrante.
El "Foodtruck" de Cocina Migrante.

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

A las ocho de la mañana del 13 de septiembre, el Parque Lineal de Cúcuta despertaba con olor a guiso. No era un domingo de plaza ni una feria: era otra cosa. Celia Martínez, delantal negro, cuerpo entero en la cocina móvil, removía con paciencia una receta que sabía a casa, mientras una fila de cuerpos cansados se organizaba sin orden, sin ruido. El “foodtruck” de Cocina Migrante abría sin protocolo ni flash: primero la comida, después, quizás, las preguntas. Algunos se acercaban con la mirada hundida en el humo que subía de las ollas; otros tomaban los folletos que hablaban de números de ayuda, de mapas útiles, de cómo no perderse del todo en un país extraño.

A las diez del día siguiente, el camión empezó a subir el Páramo de Berlín. El aire se hizo delgado. El frío no tardó en cortar la cara. Y ahí, en medio de esa geografía implacable, el vehículo se detenía cada tanto: abría sus compuertas como quien abre los brazos. Un termo, una cuchara, un bocado. En cada parada, manos calladas agradecían sin decirlo. A las seis de la tarde, en la plaza frente al colegio del páramo, el camión se quedó abierto hasta que el frío pidió cierre. No era solo comida. Era una forma de estar. Una manera de decir “te veo”, en una ruta donde la gente suele ser invisible.

El 17 de septiembre, en el Parque Centenario de Bucaramanga, la escena cambió de fondo, no de tono. A esa hora, nueve de la mañana, los buses pasan rápido, los vendedores gritan, los oficinistas corren. Pero en una esquina, el “foodtruck” era otra velocidad. La del que viene desde lejos, desde muy lejos, cargando no solo sus pasos sino también el peso de lo que dejó atrás. Allí, un sorbo caliente, un pedazo de pan, una voz amable podían ser la diferencia entre seguir o rendirse.

Cocina Migrante es una acción artística y política que no necesita galería para existir, pero que ahora tendrá una: el 19 de septiembre, a las 7:00 p. m., se inaugura la muestra en el Museo Casa Galán, en Bucaramanga. Allí estarán las imágenes, los registros, los rastros de esa ruta. Y también estará el camión, encendido otra vez, repartiendo comida a migrantes y asistentes. Como si la obra dijera: “mirar no es suficiente”.

Corredor migratorio entre Bucaramanga y Venezuela. Foto suministrada/VANGUARDIA
Corredor migratorio entre Bucaramanga y Venezuela. Foto suministrada/VANGUARDIA

Entonces entra en escena su curador, Santiago Rueda, quien en un texto titulado Bitácora de una hospitalidad en movimiento escribe: “No busca resolver la crisis migratoria. Busca, apenas, recordarnos que nadie debería caminar con hambre bajo la lluvia. Que toda frontera es una pregunta. Y que, a veces, una sopa caliente es la forma más honda de decir: ‘bienvenido’.”

Rueda traza el mapa simbólico que va de Cúcuta a Bucaramanga atravesando no solo la geografía de niebla y asfalto, sino una línea invisible: esa que separa el país que expulsa del país que apenas acoge. En sus palabras, el camión no representa el éxodo, lo habita. No lleva ornamentos, sino ollas. No promete redención, solo una pausa. Dar sin esperar, acompañar sin juzgar.

Y sí, como dice Rueda, “el camión se convierte en un Aleph rodante”, un punto donde caben todos los mundos: el que deja la patria y el que abre la puerta. Cada plato servido es un acto de reconciliación entre países que alguna vez fueron uno.

La travesía también habla del territorio que la sostiene: Cúcuta, con su frontera abierta y cansada; el páramo, ese monstruo blanco que obliga a bajar la cabeza; y Bucaramanga, donde se cruzan las urgencias de llegada con los límites de la acogida. El proyecto no se queda aquí. Su ambición es clara: multiplicarse, migrar también como obra, acompañar otros exilios con otros fuegos.

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Cuando la tarde cae, lo que queda es la certeza de que a veces la dignidad cabe en una taza humeante, en una conversación breve, en un mapa doblado en el bolsillo.

El proyecto Cocina Migrante está a cargo de los artistas visuales Eugenio Merino (España) y Pierre Valls (Francia), creadores de la iniciativa, bajo la curaduría del colombiano Santiago Rueda. La propuesta cuenta con la participación de la chef Celia Martínez, encargada del menú colombo-venezolano y la producción de Ecoemprender. Es realizado en colaboración con la plataforma Juntos Aparte (en el marco de BIENALSUR), y con el apoyo institucional del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia y del Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga (Imct).

Hablamos con Eugenio Merino durante la preparación de la muestra. Nos dijo que a veces el arte no necesita paredes: solo saber mirar donde duele. Y quedarse ahí. Un rato más.

Las hallacas son parte de la gastronomía colombo venezolana. Foto suministrada/VANGUARDIA
Las hallacas son parte de la gastronomía colombo venezolana. Foto suministrada/VANGUARDIA

¿Cómo nació la idea de llevar un “foodtruck” al corazón del corredor migratorio colombo-venezolano?

“La propuesta surge de una inquietud frente a la migración en un contexto global, donde el corredor colombo-venezolano ocupa un lugar estratégico dentro del escenario sudamericano. La migración se ha convertido en una emergencia mundial, especialmente a raíz del éxodo venezolano provocado por la pobreza, la violencia, la inseguridad y la inestabilidad política.

Hace dos años comenzamos a trabajar con el curador Santiago Rueda, enfocándonos en las rutas que conectan Colombia y Venezuela, y desde ahí nació Cocina Migrante como una acción artística y política. Un proyecto que ha sido financiado por Ecoemprender".

¿Qué tensiones o desafíos enfrentaron al llevar el arte a un contexto tan duro como el Páramo de Berlín?

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“Las tensiones fueron múltiples. En lo personal, el reto consistió en mantener un trabajo respetuoso y ético, evitando reproducir violencias simbólicas. En lo territorial, influyeron factores como los controles policiales y las dinámicas de riesgo propias de la geografía. Pero el desafío mayor fue comprender y acompañar los riesgos que enfrentan los migrantes. En este sentido, el ”foodtruck" se convirtió en un acto político de hospitalidad y defensa de los derechos humanos”.

¿Cómo dialoga Cocina Migrante con otras formas de arte político o de intervención social?

“El arte político no se reduce a la denuncia: se expresa también en los procesos de producción, en el cuidado del equipo, en la selección de los colaboradores y en la manera de relacionarse con las comunidades. Cocina Migrante se sitúa en la intersección entre activismo, arte de acción y estética relacional. Al mismo tiempo, trasciende esa categoría al incorporar prácticas de resistencia, hospitalidad y colectividad, inscribiéndose en un horizonte más amplio de acción social y política”.

¿Qué reacciones tuvieron los caminantes migrantes?

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Las reacciones fueron profundamente emotivas. Muchos se sintieron reconocidos en el proyecto: al ver el logo y conversar con nosotros, repetían con alegría “esta comida es para nosotros”. La sorpresa fue aún mayor al descubrir hallacas en el menú, un platillo que inmediatamente les evocaba su hogar y sus recuerdos familiares. Lo que recibimos a cambio fueron gestos de gratitud, sonrisas y la sensación de que, aunque fuera por un instante, recuperaban un espacio de dignidad y pertenencia.

La identidad visual del proyecto, concebida como una “marca anticapitalista”, buscó precisamente esa cercanía: conectar de manera directa con los migrantes, evitando el exceso de diseño y tomando distancia del lenguaje publicitario convencional".

Pierre Valls. Foto suministrada/VANGUARDIA
Pierre Valls. Foto suministrada/VANGUARDIA
Eugenio Merino. Foto suministrada/VANGUARDIA
Eugenio Merino. Foto suministrada/VANGUARDIA

¿Qué papel juega la estética en la construcción de esta memoria migrante?

La estética es un puente entre historia, memoria y presente. El “foodtruck” funciona como un dispositivo visual y simbólico que cristaliza la experiencia migrante y conserva sus huellas. En este sentido, lo concebimos como un monumento conmemorativo móvil que mantiene viva la memoria de quienes recorren estas rutas, incluidos aquellos que han perdido la vida en el trayecto.

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¿Cómo se construyó el menú que se ofreció en el camino?

“El menú fue diseñado por la chef venezolana Celina Martínez. Queríamos ofrecer un plato digno y cargado de memoria, que no formara parte de otras acciones humanitarias. La hallaca, más allá de su sabor, tiene el poder de devolver a los caminantes una sensación de hogar y pertenencia”.

¿Qué ingredientes o recetas simbolizan esa fusión colombo-venezolana?

“La hallaca encarna esa fusión. Aunque de origen venezolano, su preparación en Colombia incorporó ingredientes locales y se elaboró en comunidad, convirtiéndose en un símbolo de mestizaje cultural y resistencia afectiva frente al desarraigo. Además, su historia misma habla de migraciones y mezclas culturales: desde los ingredientes traídos por romanos, árabes o castellanos, hasta el maíz y las hojas de plátano de los pueblos originarios. También refleja un trasfondo social, pues se dice que surgió de las sobras de los banquetes coloniales que los esclavos transformaban en alimento”.

¿Qué aprendieron de esta experiencia?

“Ante todo, que el arte contemporáneo debe concebirse como un proyecto civilizador, capaz de salir de los circuitos cerrados del arte contemporáneo para habitar, transformar y cuestionar el mundo. El arte se convierte aquí en herramienta de transformación social y de defensa de derechos humanos.

En lo personal (Pierre Valls), confirmo que el rumbo de mis proyectos es el correcto: se trata de trabajar con rigor y humildad, poniendo el arte al servicio de la vida y de quienes más lo necesitan.

Para mí, Cocina Migrante evidencia las grietas de un sistema que despoja sistemáticamente los derechos de una gran parte de sus ciudadanos.

En ambos casos, fue una lección de vida".

¿Cómo tradujeron esta acción móvil a una exposición en sala?

El dispositivo expositivo se articula desde la lógica del archivo más que desde la obra tradicional. La muestra busca narrar las etapas del proyecto: el trayecto, los encuentros y el contexto. El “foodtruck” estará activo durante la inauguración, prolongando la acción en la sala como pieza viva. Además, el registro en video permitirá mostrar la acción tal cual ocurrió, junto con la identidad visual diseñada: camisetas, empaques, adhesivos.

¿Cómo dialoga esta muestra con el arte contemporáneo latinoamericano en contextos de crisis?

“Vivimos en un mundo al borde del colapso y el arte contemporáneo tiene la responsabilidad de cuestionar esta realidad. En América Latina, es imprescindible comprender los procesos sociales, culturales y políticos de cada territorio para generar prácticas pertinentes y críticas frente al capitalismo global. Cocina Migrante se inserta en esta tradición latinoamericana que responde a las crisis desde la creación colectiva y la resistencia”.

¿Qué significa para ustedes trabajar desde el arte en contextos de frontera y emergencia?

“Siempre hemos trabajado en este tipo de contextos y, por ello, a pesar de las particularidades de cada territorio, sentimos una cierta familiaridad y, al menos, una preparación que nos permite afrontar mejor dichas realidades. Para nosotros trabajar en el lugar nos permite comprender mejor lo que ocurre, y por tanto, estar cerca de los hechos”.

¿Qué le falta al Estado para atender con dignidad estos tránsitos humanos?

“Lo que falta es voluntad política. Comprender lo que ocurre en las rutas migratorias no requiere grandes diagnósticos: basta con mirar de frente para reconocerlo. El verdadero reto está en actuar, protegiendo los derechos humanos y combatiendo la discriminación y la xenofobia en un mundo cada vez más inclinado hacia las extremas derechas y sus discursos de odio”.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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