Magazín cultural
Viernes 12 de diciembre de 2025 - 05:14 PM

Entre el Cañón y la Niebla: una exposición que honra los árboles que sostienen a Santander

Con una instalación que mezcla arcilla, fotografía y sonido, Liliana Rodríguez y Violeta Blanco exploran el valor estético y ecológico de tres árboles emblemáticos. Un homenaje a la ceiba barrigona, el guayacán amarillo y el yarumo plateado, guardianes discretos de los ecosistemas santandereanos.

Piezas elaboradas con arcilla de Oiba, Barichara y Málaga dialogan con paisajes sonoros y fotografía instalativa. / Fotografías por Lida Fernanda Prada
Piezas elaboradas con arcilla de Oiba, Barichara y Málaga dialogan con paisajes sonoros y fotografía instalativa. / Fotografías por Lida Fernanda Prada

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Entre el abismo cálido del cañón del Chicamocha y la bruma que se posa sobre las altas montañas del páramo, nacen árboles que han aprendido a sostenerse donde casi nada podría crecer. Son presencias antiguas y silenciosas que siguen sembrando la memoria de Santander en su corteza.

Para la artista plástica Liliana Rodríguez, quien recorrió estos paisajes con asombro y reverencia, cada uno de estos árboles es un guardián que resiste, acompaña y multiplica vida incluso en la adversidad. Movida por esa observación profunda, Liliana quiso convertirla en una obra que rindiera homenaje a estas especies y a los territorios que habitan.

En ese proceso creativo se sumó la ceramista Violeta Blanco, del taller Fuego Refugio, con quien consolidó un diálogo artístico que finalmente dio origen a Entre el Cañón y la Niebla. Lea también: Ruta museográfica para acercar la cerámica guane a Bucaramanga

En esta búsqueda, las artistas reinterpretaron las tres especies que representan cada tramo del paisaje: la ceiba barrigona, endémica del Chicamocha y hoy en riesgo de extinción, que encarna la resistencia del desierto; el guayacán amarillo, parte de la vida cotidiana de Bucaramanga y responsable de transformar la ciudad en un tapiz luminoso cuando florece; y el yarumo plateado, visible entre las montañas que conectan la ciudad con Berlín, donde brilla en los bosques de niebla con un resplandor casi místico.

Entre el Cañón y la Niebla es una exposición construida en colaboración a partir del reconocimiento de su valor ecológico y de su fuerza estética, y materializada mediante cerámica y otros dispositivos sensoriales. Hoy puede visitarse en la Casa Cultural El Solar de Bucaramanga.

Y es precisamente a partir de este encuentro que surge el llamado a detenerse a mirar la flora que nos rodea. “Muchas veces creemos no conocer estas plantas, pero cuando empezamos a verlas conscientemente, las encontramos por todas partes”, señala Blanco.

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El arte tiene la capacidad de trascender y de dirigir la mirada hacia aquello que solemos pasar por alto. Son elementos que han estado siempre ahí, que hemos usado durante miles de años, pero que pocas veces miramos con atención. Al reconocer sus formas, su estética y sus texturas, surge también el respeto

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Liliana Rodríguez, artista plástica

Liliana Rodríguez agrega que pese a nacer en diferentes pisos térmicos y ser distintos entre sí, los tres comparten una enorme importancia ambiental: protegen el territorio, atraen polinizadores, permiten el crecimiento natural de otras plantas y fortalecen los ecosistemas.

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“Nuestro interés surge entre la forma, la estética y el valor ambiental y cultural que representan. Es también una reflexión sobre cómo las y los bumangueses y santandereanos nos relacionamos con ellas”, agrega Rodríguez.

La cerámica y la semilla, un mismo ciclo

La semilla se convierte en el símbolo más poderoso de este proyecto. Es un pequeño universo donde reposa la promesa de un árbol entero. Germinación como acto de fe, como comienzo silencioso que seguirá resguardando insectos, aves, hongos, viento… formas de vida que encuentran en estas especies su refugio y su continuidad.

La obra está compuesta por semillas de cerámica, un paisaje sonoro y fotografía instalativa de gran formato, sublimada sobre velos de 1,50 m de ancho por 4,50 m de alto. Cada velo corresponde a uno de los árboles, acompañado de sus semillas y de un paisaje sonoro grabado in situ. Los parlantes tendrán sensores que activan el sonido al paso del visitante, creando un recorrido inmersivo por tres territorios diferentes.

Liliana Rodríguez y Violeta Blanco, ceramistas creadoras de la exposición, exploran en la obra la relación de los ciclos entre materia y naturaleza. / Fotografías por Lida Fernanda Prada
Liliana Rodríguez y Violeta Blanco, ceramistas creadoras de la exposición, exploran en la obra la relación de los ciclos entre materia y naturaleza. / Fotografías por Lida Fernanda Prada

Para Violeta Blanco, la arcilla y la semilla comparten un ritmo y un misterio similares, pues ambas nacen de procesos lentos y profundamente ligados a la tierra, así como contienen en sí mismas la posibilidad de algo que aún no existe.

Explica que la arcilla es resultado de un proceso geológico lento, la tierra transformándose a lo largo de siglos, y que trabajar con ella implica entrar en sintonía con ese ritmo pausado. Para las artistas, la semilla prolonga ese mismo gesto: ambos materiales contienen tiempo, memoria y posibilidad.

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Trabajar la cerámica implica trabajar con la tierra y con el cuerpo: un diálogo entre las manos, el corazón y un tiempo distinto. En ese ritmo, la semilla aparece como una apuesta al futuro y a la continuidad de la vida.

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Violeta Blanco, ceramista de Fuego Refugio

“Esa es la invitación de la tierra, una apuesta al futuro”, concluye Blanco.

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El propósito de las artistas es que la obra permita conectar con las plantas y con el territorio y que las personas empiecen a ver estos árboles de otra manera. “Lo mismo ocurre con la cerámica. Es un material tan común que se vuelve invisible, pero cuando trabajamos con él empezamos a reconocerlo en todas partes. Igualmente con las plantas, pues cuando aprendemos a verlas, se revelan en su belleza y en sus ciclos”.

Las especies clave de los paisajes santandereanos

La ceiba barrigona, guardiana del Chicamocha, crece despacio como quien aprende a sobrevivir en el cañón. Su tronco abultado almacena vida en medio de la roca seca, y tarda entre treinta y cincuenta años en alcanzar su forma adulta. Cada final de año florece, y entre marzo y abril deja caer sus semillas aladas para anclarse en la arena caliente. En los bosques secos es un pilar discreto, pues retiene el suelo, alimenta a la fauna y recuerda la fragilidad de su singularidad.

El guayacán amarillo, en cambio, es una ornamentación viva de una ciudad cálida como Bucaramanga. Su tronco recto sostiene una copa que se enciende antes de vestirse de hojas, y sus flores doradas atraen abejas y mariposas en un breve espectáculo que tiñe de oro y rosa hacia octubre y noviembre, así como en enero y febrero.

De sus cápsulas secas emergen semillas ligeras, con alas translúcidas que les permiten planear desde las copas en una caída suave y en espiral. Allí donde una toca la tierra, empieza una historia nueva.

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En las montañas frías, el yarumo plateado brilla como un espejismo entre la niebla. Sus hojas grandes, abiertas como manos, revelan un reverso blanco que destella con la luz. Crece rápido, coloniza lo que ha sido perturbado y ofrece frutos casi todo el año, alimento para aves, murciélagos y pequeños mamíferos que dispersan sin pausa sus semillas. Es un árbol pionero: abre camino, cura el suelo y prepara el terreno para que el bosque regrese.

La arcilla y la semilla se presentan como símbolos de procesos lentos, memoria y posibilidad futura. / Fotografías por Lida Fernanda Prada
La arcilla y la semilla se presentan como símbolos de procesos lentos, memoria y posibilidad futura. / Fotografías por Lida Fernanda Prada

La muestra, ganadora de la Beca de Creación Artística Bucaramanga Cree en tu Talento 2025, podrá visitarse hasta el próximo 26 de diciembre. Además, contará con una activación especial el 19 de diciembre, en la que se dialogará sobre la arcilla, el sonido, la translucidez del velo y las sensibilidades que dieron forma a esta propuesta.

La obra propone conectar con las plantas y con el territorio, para observar estos árboles de otra manera. Lo mismo ocurre con la cerámica, es un material tan cotidiano que suele volverse invisible, pero al trabajarlo se reconoce su presencia en todas partes. Del mismo modo sucede con las plantas: cuando se aprende a observarlas, se revelan en su belleza y en sus ciclos.

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