Desde hace más de veinte años, los canastos de la familia Viviescas en Barichara, tejidos con bejuco Pedro Alejo, mantienen una tradición artesanal que ha ganado reconocimiento local y nacional, honrando el legado de su creador, Don Nico.
En un taller familiar de la vereda El Caucho, en Barichara, Eulalia Viviescas y su familia mantienen vivo un legado que nació casi por casualidad hace más de veinte años.
Allí, con manos pacientes, continúan la labor que inició su padre, Nicodemus “Don Nico” Viviescas, quien a sus 78 años descubrió la nobleza del bejuco Pedro Alejo, una fibra rústica que antes era considerada maleza y que él transformó en arte: la cestería artesanal.
“Mi papá solía decir que los trece años más felices de su vida los vivió haciendo sus canasticos”, recuerda Eulalia, conocida por su gente como Lala, quien permanece en su refugio artesanal, su casa y el lugar donde crece día a día esta herencia. “Amaba profundamente el oficio, lo consideraba suyo, de su autoría, y se sentía orgulloso de lo que hacía”, agrega. Lea también: Retazos: el cortometraje de una santandereana que conquistó SmartFilms 2025
Todo comenzó cuando Don Nico aceptó ayudar a su nieta con una tarea escolar: elaborar un canasto con materiales naturales. Recordó entonces una escena de su adolescencia, cuando había visto a unos campesinos trenzar bejucos cerca del río Suárez, y decidió intentarlo.
Tejer la naturaleza con las manos
De hecho, los indígenas Guane utilizaban estas ramas para construir puentes que cruzaban los ríos, uniéndolos con lazos de fique para formar las barandillas. También dominaban este arte, elaborando petacas y recipientes con caña brava y bejuco para transportar alimentos.
En la cestería se tejen fibras naturales como el bejuco, la caña y la hoja de plátano. Con herramientas sencillas, como un cuchillo, una piedra o incluso las uñas, los artesanos entrelazan las hebras mediante técnicas como el espiral, el torcido o el entrecruzado, dando forma a canastos, petacas y otros utensilios que acompañan la vida cotidiana.
Como toda la cestería, una hebra pasa por encima y la siguiente por debajo. Siempre debe llevar un número impar de hebras, porque solo así el trenzado se entrelaza correctamente. Lala explica que “si usamos pares, la hebra seguiría por la misma línea y no trenzaría. Por eso unas van hacia un lado y otras hacia el otro. Siempre son tres, seis o nueve. Con números pares no se puede, porque entonces la hebra no se cruza y no forma el tejido”. Le puede interesar: Raíces Invisibles: una experiencia sensorial que conecta el arte con la selva amazónica
Aquel primer canasto de Don Nico, hecho sin experiencia previa, dio origen a una nueva historia en su hogar y municipio.
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Al ver que el canasto era funcional, su hija le pidió que hiciera otros para sembrar plantas, y justo entonces una vecina vio los primeros canastos y decidió comprarlos todos. Poco después, una hotelera hizo otro pedido grande y, de voz a voz, la fama de los canastos se extendió por Barichara. En poco tiempo, las piezas comenzaron a exhibirse en hoteles, cafés y tiendas del pueblo.
Tras su partida en 2017, Lala y Diego decidieron mantener el trabajo. “No vayan a dejar acabar este taller que llevo tres 13 años luchando por él“, pidió el artesano.
Diego, quien aprendió desde sus 12 años a trenzar, se convirtió en el heredero natural del oficio. Él mismo ha llevado los canastos a ferias artesanales en Bucaramanga, Medellín, Pereira y otras ciudades. Con su formación en Ingeniería Industrial, busca crear un modelo logístico especializado en el transporte de artesanías, que le permita llevar sus productos a más rincones del país.
El taller, hoy lleno de canastos de todos los tamaños, lámparas, apliques decorativos y otros objetos tejidos, también recibe visitantes recomendados por hoteles y guías turísticos. Allí, Eulalia y su familia comparten sus saberes e invitan a los visitantes a tejer sus propios canastos, reviviendo con sus manos las historias que dan origen a esta tradición.
“Es muy bonito porque mientras tejemos, la gente nos cuenta sobre su país y nosotros les contamos nuestra historia. Se van felices, sienten que han hecho algo con sus manos y su corazón”, dice la artesana.
Recolectar el material sigue siendo una tarea ardua, pues el bejuco crece entre espinas y laderas. Deben acercarse a fincas cercanas y pedir permiso para tomarlas. Incluso, en ocasiones se trasladan a otros municipios para el mismo fin.
Su nombre científico es Bignonia magnifica, una planta originaria de Colombia, Ecuador y Panamá que habita en bosques húmedos, márgenes y zonas de sombra desde el nivel del mar hasta los 1.300 metros de altitud.
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Eulalia y los familiares que se han sumado a este proyecto aprendieron a recolectarlo, tratarlo y moldearlo antes de que se secara, para transformar cada fibra en un símbolo de memoria.
“Le doy gracias a Dios por habernos dejado este legado, porque hoy podemos trabajar desde casa en algo que no solo se hace con las manos, sino también con el corazón. Cada canasto lleva una parte de nosotros, y siempre pienso al hacerlo: ¿a dónde irá?, ¿hará feliz a quien lo reciba? Es un trabajo muy gratificante”.














