Magazín cultural
Martes 18 de noviembre de 2025 - 05:36 PM

La cocinera santandereana que convirtió su finca en escuela secreta del maíz

En una finca de Matanza, Santander, la cocinera tradicional Marta Ramírez Mecón convierte el maíz criollo, la cocina campesina y las historias de familia en una escuela viva de memoria rural a través del proyecto Memoria que Alimenta.

La cocinera santandereana que convirtió su finca en escuela secreta del maíz. Foto suministrada/VANGUARDIA
La cocinera santandereana que convirtió su finca en escuela secreta del maíz. Foto suministrada/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Marta Ramírez Mecón no necesita escribir para conservar la historia: la cocina es su cuaderno, el maíz criollo su alfabeto. Desde su finca El Pomaroso, en la vereda Ciagá del municipio de Matanza (Santander), esta cocinera tradicional guarda semillas nativas, preservar recetas heredadas y transmitir, a quien quiera escuchar, los saberes que la tierra le enseñó.

Por eso, cuando lideró el proyecto Memoria que Alimenta, tuvo la idea de invitarnos a mirar de cerca lo que estamos olvidando. A través de dos encuentros vividos en octubre de 2025, Marta convirtió su finca en una escuela rural donde la siembra, el fogón y la palabra tejieron una experiencia inmersiva que reconectó a las personas con la memoria alimentaria de la región.

La propuesta, ganadora del Programa Departamental de Estímulos Santander 2025, apostó por un gesto sencillo y poderoso: volver al origen. Y en este caso, el origen es el maíz.

Cada sesión arrancaba al aire libre, caminando entre surcos de maíz criollo. Marta guiaba el recorrido como quien cuenta una historia que ha vivido muchas veces. Hablaba del cuidado de las semillas, del vínculo con los ciclos de la naturaleza, de cómo se siembra no solo para cosechar sino para recordar. Allí, entre plantas vivas, los participantes hacían una siembra simbólica que les conectaba con la raíz campesina que habita en muchas memorias, aunque esté dormida.

La cocina llegaba después y era mucho más que un espacio para preparar alimentos: era un escenario de transmisión cultural. Con molino manual, hojas de plátano y fuego lento, los asistentes aprendían a preparar platos como el sancocho de chorotas o los tamales santandereanos. Pero lo que más se cocinaba allí eran historias: Marta narraba anécdotas, contaba enseñanzas de sus mayores, hilaba sabores con afectos. Cada receta era una cápsula de tiempo.

El fogón se extendía hacia la conversación. En un círculo de palabra, los participantes compartían historias familiares, evocaban a sus abuelas, hablaban de cultivos perdidos o sabores de infancia. Y mientras la chicha y el guarapo pasaban de mano en mano, se tejía una memoria colectiva donde cada voz sumaba un fragmento de historia rural.

Al final de cada jornada, quienes participaron se fueron con semillas criollas, recetas, técnicas transmitidas y una nueva conciencia sobre el valor de los saberes campesinos. Se fueron con el compromiso de cuidar, replicar y contar lo aprendido.

Memoria que Alimenta es una forma de hacer memoria con las manos. Al poner en diálogo la cocina, la tierra y la palabra, el proyecto activó una pedagogía del cuidado que trasciende el evento puntual. Y al hacerlo, recordó que el patrimonio cultural se encuentra también en una mazorca bien cuidada, en una olla al fuego, en una historia dicha al calor del guarapo.

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whatsapp acá.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad