Magazín cultural
Viernes 13 de febrero de 2026 - 05:59 PM

De México a Santander, del ring a la calle

La máscara que Milton Afanador trajo de México no es folclor: es método y permiso para convertir el pudor en gesto político. Su regreso se ve en Primigenio (2026), con un autorretrato que revela el origen de su performance.

De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA
De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

La máscara de lucha libre, vista de cerca, parece un objeto simple: tela, costuras, un brillo barato que engaña a la cámara. Pero en la calle, en el espacio público donde todo se juzga, la máscara cambia de naturaleza. Ya no es souvenir: es un dispositivo. Un permiso. Una valentía prestada para atravesar el pudor y volverlo gesto; para convertir el gesto en política.

Eso es lo que regresa con Milton Afanador Alvarado, artista santandereano que durante años hizo de esa piel ajena una forma de habitar el mundo: ponérsela no para ocultarse, sino para decir, por fin, sin pedir disculpas. En el circuito local, su nombre aparece estos días en una doble entrada: acompaña como curador la rotación internacional de un proyecto de afiches de arte queer/cuir, y participa como expositor en Primigenio (2026), la muestra que abre la agenda del Museo de Bellas Artes Casa de la Cultura Custodio García Rovira en Bucaramanga, entrada gratuita, inauguración el 6 de febrero, sala abierta hasta el 27, con 28 artistas y cerca de 40 obras.

“Primigenio” se plantea desde un concepto que suena filosófico, pero se entiende con el estómago: lo primigenio como aquello que antecede lo construido; lo que late incluso cuando la vida urbana intenta disciplinarlo. Hambre, miedo, amor, placer, dolor. Un mapa emocional para recorrer la sala, dicen los curadores. Y lo resumen con una frase que funciona como manifiesto: “arte crudo y divino: un baile perpetuo entre el cuerpo y el alma”.

De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA
De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA

En esa curaduría, dirigida y co-curada por Juan Carlos Linares (Mausoleo) y B. Marcell Bohórquez, hay un gesto que Afanador lee como política sin pancarta: jóvenes que “se la juegan” por visibilizar la plástica regional y artistas con trayectoria que deciden respaldarlos no por nostalgia, sino por apuesta. La cadena de confianza como forma de sostener escena. Y es ahí donde su obra entra como una pieza que no se limita a “mostrar”: recuerda. En el catálogo, Afanador figura como artista visual, docente, curador y productor cultural con más de dos décadas de trabajo entre creación, investigación, pedagogía y gestión. Su pieza en Primigenio se titula “El Milton del Virreches – Autorretrato: el origen de mi performance” (fotografía, 34 x 25 cm) y registra acciones realizadas entre 2008 y 2010; el mismo documento la ubica dentro de la serie El Milton del Virreches y recuerda su circulación en el 14º Salón Regional de Artistas Zona Oriente.

Ese “autorretrato”, leído desde la lógica de Primigenio, deja de ser una pose para convertirse en otra cosa: memoria y desplazamiento. Un cuerpo que se cuenta a sí mismo en imágenes, con un pulso entre el viaje y el retorno.

La historia de esa máscara, su paso de objeto a herramienta, no nace en Bucaramanga. Afanador llegó a México por una pasantía y allí se entrenó en algo más que técnica: aprendió a mirar el espacio público como escenario. Su proyecto de entonces, recordado en una crónica de Vanguardia, consistía en registrar performatividad urbana, imprimir calendarios de bolsillo y repartirlos en el metro: una forma de arte que se mezcla con la circulación cotidiana, sin pedir permiso.

Luego vino Buenos Aires, y en ese tránsito la máscara mexicana dejó de ser un guiño exótico para volverse identidad portátil. Afanador cuenta que allí nació uno de sus proyectos más reconocibles: “El Milton del Virreches”, una performance en la que, con máscara puesta, señalaba cosas “parecidas entre sí”, una plaza de mercado, frutas, escenas familiares de ciudad, insistiendo en una idea simple y poderosa: somos semejantes, aunque nos entrenen para lo contrario.

De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA
De México a Santander, del ring a la calle. Foto suministrada/VANGUARDIA

Por eso, cuando hoy su obra reaparece en una exposición sobre lo primigenio, no entra como una anécdota simpática ni como un cosplay latinoamericano. Entra como un método de supervivencia: un cuerpo que se desplaza, se adapta, se reescribe.

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Afanador no viene de la nada: nació en Bucaramanga (1980), estudió Artes Plásticas en la UIS y se especializó en Buenos Aires, y ha expuesto dentro y fuera del país —una trayectoria que lo ubica entre quienes sostuvieron escena cuando sostenerla era casi un deporte de resistencia.

Lo que Afanador intuyó desde la práctica, la antropología lo ha dicho desde el oficio. Heather Levi, investigadora que pasó más de un año inmersa en la lucha libre de Ciudad de México, observó funciones, entrevistó luchadores y hasta se formó con un exluchador, plantea la lucha libre como performance cultural: un sistema simbólico donde circulan política, espectáculo e identidad. En ese universo, la máscara no es decoración: está ligada a la relación entre el luchador y el personaje, y a la economía del secreto.

Y en otra orilla del archivo, la fotográfica, el investigador Héctor Orozco Velázquez lo formula desde el borde del ring: cuando aparecen las máscaras, “irrumpe” un imaginario seductor donde el luchador representa fuerzas, animales o personajes, y el combate se ordena moralmente entre rudos y técnicos; desde ahí cambian las emociones del público.

Afanador traduce esa estructura a su propio territorio: la arena como teatro de clases, el grito como pertenencia, la coreografía como relato. Por eso el personaje no se queda en “lo pintoresco”. El Milton del Virreches es, al mismo tiempo, juego y herida: una figura que se mueve entre la risa y la clase social, entre lo popular y lo político.

Para entender por qué una máscara mexicana puede volverse herramienta en Bucaramanga, también hay que mirar el contexto: México no llega aquí como postal. México lleva décadas instalado en la vida cotidiana santandereana.

Ahí está la música: Vanguardia registró, en plena Feria Bonita 2012, una serenata con “tono muy mexicano” que reunió incluso 130 mariachis en una misma celebración.

Y años después, en pandemia, otra crónica de Vanguardia capturó la dimensión laboral de esa apropiación: Diego Forero, “El Potrillo”, recordó que el 14 de marzo de 2020 alcanzó a hacer “aproximadamente 7 serenatas” antes de que el silencio se tragara el gremio. También está la mesa: el auge reciente de la comida mexicana en Bucaramanga se ha narrado como experiencia cultural, no solo gastronómica. El chef mexicano Rodrigo Cortés Cano, radicado en la ciudad, lo explicó así: hay más apertura a nuevos sabores, redes sociales, migración y una familiaridad de base que permite adaptar platos sin borrar su marca. Y está el símbolo: el Día de Muertos, empujado por el cine y por intercambios reales, ya tiene altar y pedagogía local. En 2022, dos estudiantes mexicanas de intercambio llevaron esa tradición a la UDES; una de ellas, Sara Castro, lo resumió con una mezcla de entusiasmo y nostalgia: traerlo a Bucaramanga es emocionante, pero también triste porque en México se vive “en familia”.

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En ese paisaje, la máscara de Afanador no aterriza en un territorio vacío. Llega a un lugar donde México ya estaba: en canciones que se cantan para celebrar y para llorar; en oficios que sostienen hogares; en sabores que se vuelven costumbre; en altares que enseñan a recordar.

Por eso, más de una década después, la imagen de su autorretrato sigue encontrando lectura. Lo que entre 2008 y 2010 pudo ser exploración o impulso, hoy se ve desde un presente atravesado por migraciones, identidades en tránsito y nuevas generaciones que vuelven a preguntar lo mismo —con otras palabras, con otras heridas—: cómo se habita un cuerpo cuando el mundo insiste en pedirte máscara.

La paradoja de Afanador es que, en su obra, la máscara no tapa: habilita. No es para desaparecer, sino para aparecer con más fuerza.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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