Una llamada inesperada, un álbum familiar y una fotografía estremecedora abrieron el camino para reconstruir la historia de Amalia Ramírez, la fotógrafa santandereana que retrató la Guerra de los Mil Días y cuyo nombre vuelve al país con el documental La luz por primera vez.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Cuando Alejandro Murillo llamó por primera vez a Martha Lucía Pardo, ella pensó que la buscaba por las fotos de su papá.
Su padre, Hernando Pardo Ordóñez, había muerto hacía quince años, a los 97. En sus últimos años, ya muy mayor, había aprendido a usar el computador y se había acostumbrado a subir a la terraza de su casa, frente al parque San Pedro, para tomar fotografías de los atardeceres. Martha Lucía creyó que ese desconocido que le anunciaba la llamada de un investigador quería hablar de esas imágenes: las fotos tardías de un hombre viejo que miraba la luz caer sobre Bucaramanga.
Pero no. La llamada venía de mucho más atrás.
Alejandro Murillo había encontrado en un libro sobre Málaga una fotografía de Amalia Ramírez que aparecía como parte de la colección de Hernando Pardo. A partir de esa pista empezó a buscar la conexión familiar. Así llegó hasta Martha Lucía, hija de Hernando, nieta de Alejandrina, prima hermana de Amalia.
Martha Lucía no sabía nada.
No sabía que en su familia había existido una mujer fotógrafa a comienzos del siglo XX. No sabía que esa mujer podía ser una de las pioneras de la fotografía en Colombia. No sabía que su nombre estaba vinculado a una de las imágenes más estremecedoras de la historia nacional: la pirámide de calaveras de Palonegro, tomada después de la batalla más sangrienta de la Guerra de los Mil Días.

“Yo no tenía absolutamente ninguna idea de la existencia de esa antepasada”, recuerda.
En su casa, sin embargo, había una pista. Un álbum antiguo. Un objeto familiar que había pasado de mano en mano sin que nadie lo leyera como archivo. Allí estaban los rostros de abuelos, primas, tías, parientes remotos.
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El hijo de Martha Lucía tenía una frase para ese álbum: “el árbol de los fantasmas de mi abuelo”.
Solo cuando Alejandro llegó a su oficina y ella pudo mostrarle el álbum, esos fantasmas empezaron a recuperar nombre, parentesco, historia. Allí aparecieron fotografías del padre de Amalia, de su madre, de miembros de la familia. Para Martha Lucía, la sorpresa fue doble: descubrir que una prima de su abuela había sido una mujer relevante para la historia de la fotografía colombiana y ver, al mismo tiempo, la emoción del investigador cada vez que encontraba una pieza nueva.
“La maravilla era la energía de él cada vez que encontraba un punto”, dice. “Para él fue como un tesoro”.
Ese tesoro familiar es uno de los caminos que sigue La luz por primera vez, el documental codirigido por Ibeth Rey y Frank Rodríguez que se estrenará este 28 de mayo en salas nacionales. La película reconstruye la historia de Amalia Ramírez, una mujer nacida en Santander, vinculada a Málaga, que durante décadas permaneció casi borrada de los relatos oficiales.
La imagen: una pirámide de calaveras y huesos en Palonegro, después de la Guerra de los Mil Días. Una fotografía que durante mucho tiempo circuló con atribuciones equivocadas o incompletas, pero que hoy aparece asociada al nombre de Amalia Ramírez. El documental vuelve sobre esa imagen para entender qué significa que haya sido tomada por una mujer en 1901.
Durante mucho tiempo, la fotografía colombiana, como tantos otros oficios, artes y profesiones, fue contada desde nombres masculinos. Los estudios fotográficos llevaban, casi siempre, el apellido del padre, del esposo, del dueño. Pero detrás de esos estudios también hubo mujeres: hijas, hermanas, esposas, aprendices. Mujeres que retocaban, posaban, revelaban, cargaban equipos, hacían retratos, aprendían el oficio. Mujeres que quizá tomaron fotografías que nunca pudieron firmar.
Esa pregunta fue la que atrapó a Natalia Pinilla, fotógrafa, activista y una de las presencias centrales del documental. Natalia conoció la historia de Amalia hace unos cinco años, a partir de un artículo que hablaba de ella como posible autora de la foto de las calaveras de la Guerra de los Mil Días. Desde entonces, junto con otras fotógrafas como Melissa Ortiz y Natalia Ortiz, empezó a preguntarse por el papel de las mujeres en la fotografía santandereana.
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Lo que encontraron al comienzo fue casi un vacío. Algunos datos. Muchas dudas. La versión de que Amalia era de Málaga. La idea de que había trabajado en el estudio fotográfico de su padre. La sospecha de que varias de sus imágenes pudieron haber sido firmadas por él y no por ella.
“Lo que más me impactó fue pensar cuántas mujeres no habrían trabajado con sus padres en los estudios fotográficos, quizás haciendo retratos, aprendiendo el oficio, pero sin firmar sus fotos”, dice Natalia.
Entonces, si ella fue la primera fotógrafa colombiana reconocida, ¿cuántas más pudieron existir sin que lo sepamos? ¿Cuántas mujeres aprendieron el manejo de la luz, de los químicos, de los fondos, de los cuerpos frente a la cámara, pero quedaron escondidas detrás de un apellido masculino? ¿Cuántas imágenes de la historia del país podrían haber sido hechas por mujeres que nunca tuvieron derecho a decir: esta foto es mía?
Pero había otra cosa que tampoco la dejaba tranquila: el camino hasta la foto.
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Natalia se preguntaba cómo había llegado Amalia a Palonegro. Cómo se había desplazado hasta ese lugar en una época en la que no había carreteras fáciles, ni cámaras livianas, ni ropa cómoda para las mujeres. Imaginaba los faldones pesados, las capas de tela, los caminos difíciles, el aparato fotográfico grande, probablemente una cámara de caja. Imaginaba la logística de cargar ese equipo hasta un territorio marcado por la guerra.
“Me ponía a pensar mucho en la aventura misma de ir a tomar la foto”, dice.
La luz por primera vez sigue ese hilo: el de una mujer que aparece y desaparece en los archivos. La película viaja por Santander, Norte de Santander y Madrid. Busca documentos, retratos, autorretratos, sellos fotográficos, testimonios familiares. Encuentra descendientes que no sabían del todo qué tenían guardado. Y en ese recorrido reconstruye tanto la historia de Amalia, como la forma en que una sociedad puede olvidar a una mujer que tuvo una cámara en las manos y fotografió uno de los momentos más impactantes de la historia de la región y del país.
En un circuito sobre patrimonio en Bucaramanga, Natalia Pinilla se encontró con Frank Rodríguez. Hablaron de Amalia. Frank, junto con Alejandro Murillo, también venía investigando esa historia. A Rodríguez le interesaba, además, el trabajo de Natalia con la fotografía experimental y análoga. La conversación fue creando una relación alrededor de Amalia, una especie de centro común al que empezaron a llegar preguntas, imágenes y hallazgos.
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El proceso cinematográfico fue liderado por Frank Rodríguez e Ibeth Rey, directores del documental.
En 2021, Natalia Pinilla, Melissa Ortiz y Natalia Ortiz crearon una colectiva llamada La Amalia. El nombre nació después del feminicidio de dos jóvenes de la Universidad Industrial de Santander y en medio de una pregunta que las acompañaba: ¿qué pasaba con las mujeres fotógrafas en Santander? Luego vino el Paro Nacional, las movilizaciones, las marchas. Ellas salieron a registrar lo que estaba ocurriendo.

La película propone ese puente va del archivo a la calle, del álbum familiar a las movilizaciones, del campo de batalla al presente.
Ibeth Rey y Frank Rodríguez vienen de una trayectoria ligada al documental y a la producción audiovisual en Santander. Rey, productora y directora nacida en Bucaramanga, es fundadora de Modoc S.A.S. y ha producido más de veinte cortometrajes para cine y televisión. Con La luz por primera vez asume su primer largometraje como codirectora. Rodríguez, también bumangués, es documentalista, guionista, montajista y docente de cine documental en la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Ha dirigido, montado y desarrollado cerca de treinta documentales para cine y televisión.
La película fue producida por Modoc S.A.S. durante tres años, en cinco ciudades de Colombia y en Madrid, España. Tiene una duración de 77 minutos, contó con un equipo de más de 16 personas y es una coproducción con Canal TRO y Casa Resonante. También recibió apoyo del Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga, la Gobernación de Santander, la Universidad Autónoma de Bucaramanga y Futuro Digital. La distribución está a cargo de Alterna Vista S.A.S.
Lo que me gusta más de la historia de Amalia Ramírez es que seguramente no estaba sola. Tal vez alrededor de ella hubo otras mujeres aprendiendo el oficio, preparando placas, haciendo retratos, mirando por el lente, esperando una oportunidad. Y del documental, entre lo que más me gusta además de su narrativa a la vez dinámica e íntima, es el título La luz por primera vez: una luz que cae, por fin, sobre una mujer que había permanecido demasiado tiempo en la sombra.
El 28 de mayo el documental llegará a las salas de cine.














