Cultura
Viernes 22 de mayo de 2026 - 04:39 PM

El Juego de la Vida, el documental de Andrés Ruiz Zuluaga sobre desigualdad y movilidad social en Colombia

La película El Juego de la Vida, dirigida por Andrés Ruiz Zuluaga, acompaña durante 14 años a cinco familias colombianas. El documental, producido por Séptima Films en alianza con la Universidad de los Andes, explora cómo el origen social condiciona las oportunidades, las decisiones y el futuro.

El Juego de la Vida, el documental de Andrés Ruiz Zuluaga sobre desigualdad y movilidad social en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
El Juego de la Vida, el documental de Andrés Ruiz Zuluaga sobre desigualdad y movilidad social en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

Cuando Andrés Ruiz Zuluaga era niño, vivía en una finca donde la luz podía irse durante quince días. En esas noches sin televisión, sin aparatos y apenas con alguna radionovela de fondo, la familia jugaba cartas. Su papá, recuerda, hacía trampa. Y cuando alguien se molestaba, él se justificaba con una frase que años después volvería convertida en película: “La vida es tramposa”.

Esa idea, que en la infancia parecía una excusa doméstica para ganar una partida, terminó encontrando eco en una investigación sobre desigualdad, pobreza y movilidad social en Colombia. Allí Andrés se encontró con dos conceptos que le dieron forma a una intuición antigua: la “lotería de la cuna” y las “trampas de la pobreza”. Nadie escoge dónde nace, en qué familia, con qué oportunidades, con qué territorio, con qué cuerpo o bajo qué condiciones sociales. Pero cada persona, aun con esas cartas iniciales, intenta jugar.

De esa pregunta nace El Juego de la Vida, largometraje documental dirigido por Andrés Ruiz Zuluaga, producido por Séptima Films en alianza con la Universidad de los Andes y distribuido por Cineplex. La película llegó a salas de cine en Colombia el pasado 7 de mayo, después de un proceso de rodaje que se extendió durante 14 años y que siguió la vida de cinco familias en distintas regiones del país.

“Yo siempre pensé en hacer un documental desde el día uno”, cuenta Ruiz. En 2007 acababa de realizar Cuestión de química, trabajo con el que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, y estaba buscando un proyecto de largo aliento. Cuando conoció la investigación que seguiría durante varios años a familias colombianas, entendió que allí había una posibilidad cinematográfica. “Dije: esto es un documental de largo aliento, muy chévere”.

Andrés Ruiz Zuluaga, director de El Juego de la vida.  Foto suministrada/VANGUARDIA
Andrés Ruiz Zuluaga, director de El Juego de la vida. Foto suministrada/VANGUARDIA

La investigación era amplia y abordaba temas como pobreza, choques naturales, violencia, conflicto, embarazo adolescente y primera infancia. Había muchas rutas posibles. El director tuvo que descubrir, en medio del material, cuál era la película que quería contar.

Ese descubrimiento llegó mucho después. En 2022, al salir de la pandemia, el equipo hizo un primer ejercicio de montaje con algunas de las historias acumuladas. Cuando Andrés vio armada la historia de Mildred y Doni en una secuencia de tiempo, sintió que allí había una película. Luego vio la historia de Angie Daniela y pensó que había otra. “Dije: hay dos películas, pero vamos a hacer solo una”.

Sostener el proyecto durante tanto tiempo no fue sencillo. Ruiz habla de tres retos: el financiero, el vínculo con las familias y su propia permanencia dentro del proceso. La película no tuvo, desde el comienzo, un presupuesto independiente. El registro audiovisual dependía de la investigación académica, y él era, en principio, una persona encargada de documentar el proyecto para fines de divulgación. “Mucha gente dice: ¿quién financió la película? Nosotros nunca tuvimos un presupuesto independiente de la película”, explica.

Luego llegó la pandemia y alteró los tiempos. El proyecto, pensado originalmente en ciclos de seguimiento, se extendió más de lo previsto. Esa demora complicó la producción, pero también le dio a la película una dimensión mayor: el paso del tiempo terminó siendo uno de sus materiales narrativos más importantes.

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La película parte de una investigación académica, pero busca ir más allá de los datos. Como lo resume la rectora de la Universidad de los Andes, Raquel Bernal, en el material de prensa de la película: “Durante 14 años medimos datos, hoy entendemos vidas”.

El Juego de la Vida, el documental de Andrés Ruiz Zuluaga sobre desigualdad y movilidad social en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
El Juego de la Vida, el documental de Andrés Ruiz Zuluaga sobre desigualdad y movilidad social en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

Esa diferencia es clave. En el documental, la movilidad social no aparece como una línea recta hacia el progreso. Avanzar también puede significar perder, adaptarse, recomenzar, resistir o transformarse para seguir vivo. Por eso, para Ruiz, la frase “el que quiere puede” resulta insuficiente.

“No creo en esa frase”, dice. “Puede servir a algunos para motivarse, pero es una frase motivacional, nada más”. Para el director, la voluntad individual importa, pero no alcanza para explicar la desigualdad. Una persona puede esforzarse, tomar decisiones, insistir, pero el contexto también juega: el Estado, la estructura social, el lugar donde se nace, el género, el color de piel, una discapacidad o incluso la naturaleza pueden inclinar la balanza desde el comienzo.

“Hay cartas muy fregadas que te salen”, dice Ruiz. Su mirada no niega la agencia de las personas, pero sí cuestiona la idea de que el destino dependa únicamente de quererlo lo suficiente. Para él, como sociedad, el reto está en construir más empatía y hacer menos desigual la partida.

Ruiz recuerda que en 2019 una productora importante se interesó en el proyecto, pero propuso un acercamiento que a él no le convenció. Lo sintió cercano a la “pornomiseria”. Esa palabra marca una frontera ética: filmar la desigualdad no puede convertirse en explotar el dolor ajeno.

La película también se cruza con la historia personal del director. Andrés Ruiz decidió incluir su propia voz y su memoria en el relato. Esa decisión, dice, no fue banal. Al hacerlo, asumió que la película ya no tendría una mirada neutra, sino una mirada situada: la suya. “Si es mi mirada, tendrá que ser una mirada auténtica”, afirma.

En esa autenticidad aparece el niño que jugaba cartas durante los apagones, el padre que hacía trampa, la frase sobre la vida tramposa y la certeza de que, incluso cuando la partida es difícil, hay que encontrar una forma de seguir jugando.

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Ruiz cree, además, que el documental vive un momento de oportunidad. Aunque reconoce que la financiación sigue siendo uno de sus mayores obstáculos, considera que las nuevas tecnologías han abierto ventanas para contar la realidad desde otros formatos y plataformas. Para él, incluso algunos creadores digitales están haciendo hoy formas valiosas de documental. En un mundo saturado de ficción, maquillaje y superproducción, lo auténtico vuelve a tener fuerza.

“El cine nació siendo documental”, recuerda. Y por eso insiste en que una película documental también es cine, aunque todavía haya quienes pregunten si un documental puede ser considerado una película.

“Tenemos que aprender a tener conversaciones incómodas sin irnos a la violencia”, dice.

Publicado por: Redacción Cultural

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