Desde Australia, Gustavo Peña Quiñones reconstruye en Una mujer admirable la vida de su madre, María Luisa Quiñones de Peña: una educadora nacida en Chiquinquirá que quedó huérfana en la adolescencia, fundó un colegio a los 18 años, fue cofundadora del Gimnasio Germán Peña en Bogotá y dejó una memoria familiar que también pasa por Bucaramanga y Socorro.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Después de la cena, durante las vacaciones escolares, María Luisa Quiñones de Peña reunía a su familia alrededor de la palabra. Era una costumbre doméstica: una tertulia en la que contaba historias de Chiquinquirá, evocaba fragmentos de su vida e invitaba, a veces, a personajes y artistas que convertían esas noches en pequeñas funciones privadas.
Los hijos escuchaban. Entre ellos estaba Gustavo Peña Quiñones, quien muchos años después, ya lejos de Colombia y viviendo en Australia, volvería a esas escenas familiares para entender que allí había una historia que merecía ser contada.
“Ella en las vacaciones escolares organizaba después de la cena unas tertulias y contaba historias sobre Chiquinquirá, un poco sobre su vida y en ocasiones invitaba personajes y artistas que nos hacían muy amenos esos encuentros”, recuerda.
De esas memorias, de archivos familiares y de la gratitud de un hijo nació Una mujer admirable, el libro en el que Gustavo Peña Quiñones reconstruye la vida de su madre, María Luisa Quiñones de Peña y también parte de la historia del Gimnasio Germán Peña, el colegio que ella cofundó en Bogotá y dirigió durante casi 50 años.

Cuando Gustavo dejó de trabajar y migró a Australia, observó que en ese país muchas personas tenían interés por la lectura y por las historias reales de vida. Entonces comenzó a escribir sobre Colombia. Tenía avanzado un primer libro, al que tituló De la Tusa al Papel Higiénico, proyecto que también aparece en inglés como From Maize Cob to Toilet Paper, con el subtítulo Drug Cartels Destroy Democracies.
Pero en medio de ese proceso se detuvo. Miró hacia su propia historia familiar antes de hablar de Colombia en abstracto.
“Caí en cuenta de que era más lógico escribir sobre la persona que más ha influido en mi vida y que tenía una historia sobresaliente, llena de cosas buenas y que como mujer había superado situaciones muy complejas”, cuenta.
Esa mujer era su madre.
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María Luisa Quiñones de Peña nació en Chiquinquirá. La infancia no le dio demasiado tiempo para ser niña. A los 12 años perdió a su madre y a los 15 también a su padre. En plena adolescencia tuvo que asumir responsabilidades familiares que habrían doblegado a muchas personas adultas. Sin embargo, a los 18 años ya había fundado un colegio en su ciudad natal.

Ese gesto fue una declaración de destino: María Luisa dedicaría su vida a educar.
Más adelante dirigió la escuela anexa de la Normal de Occidente, en Pasto, y luego llegó a Bogotá, donde fue cofundadora del Gimnasio Germán Peña. Allí se concentraría buena parte de su vida, de sus esfuerzos y de su legado.
El colegio tenía apenas dos años de fundado cuando la tragedia volvió a tocar su puerta. María Luisa perdió a su esposo a los 42 años y quedó viuda, con cinco hijos pequeños y una institución educativa que todavía estaba en construcción, pero en lugar de retirarse ante la adversidad, asumió la dirección de su casa y de su colegio con una fortaleza silenciosa.
Para María Luisa, el Gimnasio fue una extensión de su vida familiar y para Gustavo, el lugar de sus recuerdos. Allí creció, estudió, observó a su madre tomar decisiones, resolver problemas, tratar con profesores, estudiantes y familias. Allí también vio cómo una institución educativa podía convertirse en comunidad.
Una mujer admirable es también una crónica del Gimnasio Germán Peña, de sus personajes, de sus rutinas y de la huella que dejó.
“Muchas personas que pasaron por el Gimnasio Germán Peña van a recordar muchos de los personajes del colegio, especialmente a Doña María Luisa”, dice el autor.
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La portada del libro confirma ese tono íntimo. En ella aparece una fotografía familiar en blanco y negro: María Luisa junto a los suyos. La imagen resume el espíritu de la obra: una historia privada que, al ser contada, se vuelve colectiva: tantas mujeres que sostuvieron hogares, colegios, comunidades y proyectos sin recibir el reconocimiento que merecían.

Y Gustavo Peña Quiñones se acercó a la escritura para dejar constancia. Es un hijo mirando hacia atrás para entender la dimensión de una mujer que hizo mucho más que criarlo. María Luisa educó, fundó, dirigió, resistió y acompañó a generaciones.
La escritura también le permitió a Gustavo Peña Quiñones reflexionar sobre el lugar de las mujeres en la historia familiar y social. Para él, la vida de su madre representa la de muchas mujeres extraordinarias que no siempre han sido nombradas con justicia.
“Siempre he creído que las mujeres son extraordinarias y poco han sido reconocidas”, sostiene.
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La publicación del libro ha sido una de sus mayores satisfacciones. Después del proceso de escritura, de la búsqueda para lograr publicarlo y del diseño de la carátula con ayuda de su esposa, ver la obra terminada significó cerrar un círculo emocional.
“No se imagina lo que uno siente al ver que se terminó la obra y que hay quienes se han interesado en leerlo”, cuenta.

Ahora trabaja en la traducción al inglés y espera que esa versión pueda publicarse próximamente. Desde Australia, la historia de María Luisa Quiñones de Peña empieza a cruzar fronteras, como si aquellas tertulias familiares después de la cena hubieran encontrado, muchos años después, nuevos oyentes.
A María Luisa le gustaba venir a Bucaramanga. Su hijo lo recuerda con afecto y comenta que una de sus hijas visitó la ciudad en diciembre y le dijo que estaba muy linda. Ese detalle, aparentemente pequeño, suma otra capa a la memoria: la de una mujer ligada a varios territorios, a Chiquinquirá, Pasto, Bogotá y también a los lugares que quiso visitar y recordar.
En esa geografía afectiva también aparece Socorro. Gustavo recuerda que su abuela Dolores Vega nació y vivió allí y que su casa quedaba donde estuvo el Club del Comercio de Socorro. Muchas veces viajó con ella por tierra y la parada en ese municipio era obligada. En Bucaramanga, cuenta, se quedaban en El Paraguitas, hoy Jardín Botánico Eloy Valenzuela, por invitación de su suegro, Jorge Vargas Cantillo.













